Balonmano | Barcelona 29 - Ciudad Real 27

El Barcelona celebra la Séptima muy polémica

El arbitraje se cebó en los jugadores manchegos.

<b>HEPTACAMPEONES.</b> David Barrufet ya es el jugador español más laureado.
Enrique Ojeda
Redacción de AS
Actualizado a

Una final tan bella y fratricida, porque uno de los dos conjuntos españoles tenía que perder, tuvo en la pareja arbitral a unos invitados de piedra que no aceptaron el papel de comparsas en un enardecido Palau, más apasionado que nunca, y asumieron su cota de protagonismo innecesario.

El Barcelona levantó su Séptima, merecida; el Ciudad Real se quedó a las puertas, de forma injusta. Lo que hubiese ocurrido con un arbitraje con idéntico criterio para ambos ataques, nunca se sabrá. Pero el Ciudad Real sí puede sentirse por lo menos traicionado por la supuesta imparcialidad de los colegiados.

El choque fue un espectáculo, con dos equipos lanzados a muerte en pos del título. El Barcelona salió como un caballo desbocado, con sus lanzadores mostrando que forman una primera línea excepcional, aunque no fuese el partido de Jerome Fernández, pero sí de Nagy, sí de Iker Romero, sí de Jeppensen, y del pivote Skribic. Lanzaban como si no hubiese portero.

La réplica, automática: Dujsebaev asumió toda la responsabilidad como si necesitase borrar su mal juego del primer partido, y le acompañó Stefansson. Sólo faltó la colaboración ofensiva de Alberto Entrerríos, inédito en la primera parte.

Ese era el asunto: Alberto lanzaba presionado siempre por la defensa, y no había faltas, su equipo no recuperaba la posesión. El Barcelona, sin embargo, sí repetía posesión en sus ataques; esa fue la tónica del partido, incluso del penalty decisivo del partido, que transformó después Iker Romero.

Todo por decidir.

Aún así, al descanso ganaba el Barcelona por dos goles (17-15) con un ataque más que los manchegos. Todo seguía en el aire; se mascaba que aquel ritmo era imposible de mantener.

Lo que vino después parecía que era un calco a los últimos tropiezos del Barça en su cancha, cuando sus estrellas se agotan y el equipo se desmorona sin orden. El Ciudad Real salió acelerado, parecía más entero, más metido en el choque, más seguro de sí mismo, con Hombrados dandole la respuesta a Peric.

El Barcelona estaba fundido, pero sacaba fuerzas de una reserva desconocida. El Ciudad Real ahora, por fin, corría, y llegaban sus goles al contragolpe que en la primera mitad eran monopolio del Barcelona.

Un cuarto de hora que parecía decidir el encuentro, cuando el Ciudad Real se adelantaba por fin con dos goles (23-25). En plena euforia, sin embargo, llegó la gran depresión, el peaje a ser un debutante ante el mejor club del balonmano mundial.

En quince minutos el Ciudad Real sólo logró dos goles, sufrió la exclusión de Ortega, y seguidamente la expulsión de Pajovic que ni fue falta (Hombrados detuvo el penalti), y cuando al Barcelona le excluyeron a Dominikovic (28-27), para compensar se fueron Prieto (un tiro suyo en seis metros pudo cambiar la final) y Stefansson, y el Ciudad Real acabó con cuatro; Iker marcó el penalty (¡tan dudoso!) del triunfo y Dujsebaev, con 20 segundos, desaprovechó la réplica vertiginosa, que era el tanto que valía la final.

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