Tricampeón mundial
Freire entra en el club de Binda, Van Steenbergen y Merckx


Verona es la ciudad del amor, de Romeo y Julieta, de Shakespeare Y a partir de ahora, al menos en ciclismo, será también la ciudad de Óscar Freire. Aquí comenzó su leyenda en 1999. Entonces era un desconocido ciclista de 23 años que conducía un Opel Corsa. Cinco temporadas después, a la edad de 28 y propietario de un BMW M3, el cántabro ya es un mito de este deporte, porque ayer aprovechó el influjo mágico que Verona ejerce sobre él para igualar el récord de tres Mundiales que ostentaban el italiano Alfredo Binda y los belgas Rik Van Steenbergen y Eddy Merckx.
Freire es al Mundial lo que Indurain o Armstrong al Tour. Un especialista, el hombre-arcoiris. Es el alma del equipo, el jefe dentro y fuera de competición. Gracias a aquel triunfo de 1999, España ha cambiado de mentalidad en esta carrera y ha perdido los complejos hasta el punto de empequeñecer a la potente Italia en su propia casa.
Cierto es que Italia sufrió la retirada de Paolo Bettini, que se golpeó la rodilla derecha, después de sufrir una avería, con la puerta del coche de su equipo o con el manillar. Su lesión es misteriosa, porque el propio italiano ha ido cambiando la versión quizá para no perjudicar a algún mecánico. Su abandono dejó a Italia descabezada, con Basso, Cunego y Paolini como alternativas. Pero su baja no debe servir de excusa, porque Freire ya ha ganado oros con el italiano en carrera: en Lisboa 2001, Paolo fue plata.
Motivos. Si Óscar venció ayer fue por otras dos razones. Una, porque le tiene tomada la medida al maillot arcoiris. Y dos, porque el seleccionador, Paco Antequera, ha conseguido formar un equipo unido, sin individualidades, donde el único objetivo es el bien común. Ya se demostró el año pasado, cuando a Freire no le importó quedarse a dos velas, mientras Astarloa y Valverde cazaban el oro y la plata. La prueba de que ese espíritu sigue vivo es que Valverde, que podría haber aspirado a medalla, renunció a sus opciones para lanzar a Freire en un sprint frente a rivales de la talla del alemán Zabel (plata), que ayer sumó su 18º segundo puesto del a el italiano Paolini (bronce) y el australiano OGrady (4º).
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El trabajo de Valverde fue decisivo. Al igual que la labor de la locomotora Nozal, después de que Basso y Boogerd lanzaran el primer ataque serio a dos vueltas del final; o la de Horrillo y Eladio en la primera mitad de la carrera; o la de Luis Pérez, Mancebo y Serrano en el tramo final; o la de Zaballa en la parte intermedia; o la de Iván Gutiérrez como ángel de la guarda de Freire Ayer sólo fallaron Astarloa, lejos de la forma que le coronó campeón mundial; Flecha, invisible en su debut, y Rubiera.
Para que un equipo funcione, también debe haber un líder que remate. Y Freire no se escondió. En la última subida al repecho de Torricelle respondió en primera persona a un ataque de Basso. Ahí se formó un grupo de seis con Cunego, Boogerd, OGrady y Valverde. Parecía la fuga buena, pero Alemania enlazó por detrás con Zabel. El grupo creció a 18 ciclistas, pero España era mayoría con cinco. Y volvió la magia de Verona.