Así se hacía el doping de Estado

Embarazos con inseminación artificial seguidos de abortos terapéuticos para aprovechar el aumento de fortaleza en los primeros meses de gestación; consumo masivo de anabolizantes; amenazas de perder todo tipo de privilegios sociales y económicos si los atletas se negaban a pasar por estos tragos; inyecciones de orina limpia en la vejiga del deportista dopado para evitar así que su trampa sea detectada; malformaciones en los hijos de deportistas retiradas; enfermedades, incluso la muerte...
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Es el Museo del Horror de la antigua República Democrática Alemana, que practicó un sofisticado dopaje de Estado con el fin de triunfar deportivamente y aumentar así su prestigio internacional. Lo consiguió, básicamente, en atletismo y natación, y más en la categoría femenina que en la masculina, porque dopar mujeres era mucho más fácil y rentable que dopar hombres.
El sistema tenía su centro en el laboratorio Kreischa, cerca de Dresden, pero también en la universidad de Leipzig. El primero cayó junto con el Muro de Berlín. Todo respondía a una planificación estatal. A los jóvenes se les administraban hormonas para acelerar su desarrollo, sin contar para nada con los padres (ni con ellos), y, luego, la ingesta masiva de dopaje iba indisolublemente unida a la pertenencia al equipo nacional... y a recibir dólares, a viajar al extranjero, a tener derecho a un coche, a una mejor casa en un país depauperado. Y también el derecho a enfermar y tal vez a morir.
