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La tragedia de Karamoko: huyó de la guerra huérfano, fue vendido a la mafia, naufragó…

El joven futbolista relató en La Gazzetta dello Sport cada detalle de su sobrecogedora vida. Afortunadamente ahora se dedica al fútbol profesional.

El joven futbolista del Padua, Cherif Karamoko.
Padua

La historia de Cherif Karamoko (19 años) es trágica desde que tiene uso de razón. El futbolista africano del Padua Primavera, que ha conseguido debutar en la Serie B italiana, relató en La Gazzetta dello Sport cada detalle de su sobrecogedora vida hasta llegar a ser futbolista profesional, desde cómo murió cada miembro de su familia hasta cómo le secuestraron.

La muerte de su padre: "Crecí en Guinea, en una ciudad desgarrada por los conflictos étnicos, especialmente en época de elecciones. Mi padre era el imán del vecindario y una noche otro grupo étnico atacó nuestra casa. Mi padre y mi hermano intentaban defender a la familia con las armas que tenían. Hubo un tiroteo. Mi padre moriría en el hospital tres días después y mi hermano huyó por miedo a ser interrogado".

Su madre murió: "Dos años después mi madre murió por una enfermedad y mi hermano volvió. Se había ido a trabajar a Libia para mandarnos dinero a mi hermana y a mí. Solía jugar al fútbol descalzo o con zapatos de plástico. Cuando se rompían ponía un cuchillo en el fuego y los fundía para repararlos".

A Libia con su hermano: "Mi hermano le dijo a mi hermana que quería irse y que me llevaría con él, pero nunca dijo que quería embarcarse. Mi hermana dijo que quería ir a Marruecos, pero yo me fui con él a Libia. Nos estuvimos escondiendo de ciudad en ciudad".

Fue secuestrado: "Así es como funciona. El conductor se lo vende a las bandas, le hacen prisionero y le piden dinero a su familia. A mí me llevaron a una casa en la que comía un sándwich al día. Dormíamos sentados porque había demasiada gente y no podíamos lavarnos. Mi hermano trabajó para pagar 2.000 euros por mí. Pero no podía irme porque estaba débil, desesperado y llorando. Me dijo que nos íbamos a Italia. El viaje de El Gatrum a Trípoli es extremadamente peligroso. Las calles estaban llenas de bandas que te golpeaban, te quitaban todo y te encarcelaban. He conocido a familias cuyos miembros han pagado cuatro veces para sacarlos. Personas que no tienen nada. A mí me costó dos o tres meses. Paramos unas semanas esperando a que las carreteras fueran seguras porque los conductores cambiaban de coche para no ser reconocidos y tomaban caminos pequeños por el desierto. Y a menudo meten a la gente en el maletero, incluso a tres o cuatro personas juntas".

Esperando un bote: "Cuando llegamos a Trípoli estuvimos dos meses apilados en una casa. Cada bote hace un viaje a la semana y esas personas no saben lo que es la humanidad. Si un barco se rompe lo llenan de todos modos. En los botes de 60 personas viajan hasta 200 y si no quieres subir te disparan en el pie. El mío estaba lleno con 100 personas y subieron a otras 43. Las opciones son subir o una bala. Mi hermano y yo fuimos juntos, el mar estaba revuelto y el barco tenía un agujero".

El naufragio: "El agua entró y todos querían alejarse del agujero. Comenzó una pelea por la caja con chalecos salvavidas. Antes de irnos lo habíamos cerrado diciendo que había uno para todos pero solo había cinco. La pelea hizo que la barcaza cayera. Nos agarramos a la boya pero comenzó a bajar. Algunos vaciaron la gasolina en el mar para usar los barriles como retención, pero la gasolina quema la piel. Yo me la tragué. Y mi hermano me regaló un salvavidas. No pensaba en la vida o la muerte y me dijo que debía vivir y ser futbolista. Nos quedamos desde las nueve de la mañana hasta la tarde hasta que llegó la nave de rescate".

Su hermano murió para salvarle: "Llegamos a Reggio Calabria y me llevaron al hospital. Pregunté dónde estaba mi hermano y me dijeron que los 23 a los que habían salvado estábamos allí. Me dijeron que mi hermano murió. No tenía madre, padre, ni hermano, pero tenía a Dios".

Comía basura: "Durante los primeros meses dormí y comí mal, no fui a la escuela pero quería entrenar. A veces comía de los cubos de la basura. Un día organizaron una fiesta para los chicos de las cooperativas y conocí a Mimmo. Me dio dinero por primera vez, 20 euros. Me dio ropa, zapatos...".

Denunciaron las condiciones en las que vivían: "En la cooperativa me dijeron que un niño tiene derecho a ir a la escuela, comer bien y vivir dignamente. Mis amigos no lo sabía y cuando se lo dije decidimos ir a la comisaría. Hay cooperativas que cogen dinero pero luego no lo gastan. Un agente nos dijo que resolverían la situación si volvíamos a casa. La cooperativa quería echarme y ese mismo día nos mandaron a mis amigos y a mí cerca de Padua".

Asma: "Fui autodidacta con el italiano y el profesor me inscribió en octavo. Mientras seguía jugando al fútbol, pero la gasolina que tragué en el mar me había dado asma. El médico me dijo que no podía jugar, le rogué que no lo contara en la nueva cooperativa y me recetó unas pastillas para poder seguir jugando. Un día hubo un torneo y fui el mejor, marcando siete goles".

Y por fin llegó a ser profesional: "Tras nueve meses en los que solo entrenaba, comencé a jugar gracias al presidente del Primavera, Boscolo Meneguolo. Pensé que no era bueno pero me enseñaron las tácticas y ahora lo pongo en práctica. Cuando comencé a entrenar con el primer equipo todos me dieron botas, sudaderas y me trataron como a un hermano. Vi que un par de botas de las que me dieron costaban 150 euros y recordé cuando reparaba los viejos con un cuchillo. Pensé que todas mis oraciones habían sido respondidas y lloré de alegría".