REAL MADRID

Miguel A. Belinchón: "Gente como Ramos, Cristiano o Messi tienen algo de Picasso o Dalí"

Miguel Ángel Belinchón es uno de los artistas urbanos más cotizados del momento. Es amigo de Ramos y de él recibió un encargo especial.

Miguel Ángel Belinchón
Marco Ruiz
Nació en Granada en 1977. Licenciado por la Universidad Europea, entró en AS en 1999, por tanto, es canterano y ‘one club man’. Tras hacer la información del Atlético dos años pasó a formar parte de la sección del Real Madrid, de la que ahora es su Redactor Jefe. Cubrió la Eurocopa de 2008, tres Mundiales de Clubes y una final de Champions.
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Pintor o artista urbano… ¿Qué prefiere?

Me gusta decir artista plástico. Pinto, hago esculturas, grabados, litografías… Pero sigo pintando en la calle, claro.

¿Qué diferencia a un artista urbano de uno convencional?

Muchas cosas, la más importante, que el artista urbano está acostumbrado a trabajar en la calle con ruido, con bullicio y con gente que le molesta, y ha de estar atento a las autoridades. El artista convencional trabaja relajado, porque cierra la puerta de su estudio y se acabó.

Obvio…

Como lo es también que el grafiti en la calle es un medio de expresión en el que casi siempre hay un mensaje de protesta. También se puede hacer pintura con mensaje social en un estudio, claro, pero a eso está más ligado el arte urbano.

¿Con qué disfruta más usted?

Me gustan las dos cosas por igual y necesito las dos cosas. Ahora estoy trabajando en mi estudio, aquí fresquito, y empiezo a sentir la imperiosa necesidad de pintarme algo en la calle para pasar calor. Cuando pintas en la calle suelen ser murales grandes y requieren mucha más energía, más esfuerzo, tiempo y materiales.

¿El arte callejero también tiene su reglas?

Sinceramente ya no existen, cada uno hace lo que le apetece. A mí me gusta utilizar un símil para explicarlo. Hay personas que conducen sin el carnet o que lo hacen como kamikazes. Y hay otros que respetan los límites de velocidad. Pues un coche y un spray tienen en común eso, para mí, que son herramientas que unos utilizan de una manera y otros, de otra.

¿Le costó mucho a usted vivir de su arte?

Pues sí. Y he de decir que yo soy autodidacta. Empecé con el grafiti. Y le eché muchas horas al spray. Al tiempo trabajaba con un tío mío para poder pintar y mejorar mi técnica. Hasta que conseguí vivir de esto pasó un tiempo, sí. Pero ahora la gente compra la obra que a mí me gusta…

Eso es importante para un artista, hacer lo que le gusta.

Yo sé que es difícil. A mí me está funcionando lo vanguardista.

¿Cómo definiría su estilo?

PostNeoCubismo…

¿Cómo llegó hasta él?

Fue de casualidad, en 2016, en un evento solidario en Málaga que organizaba El Pimpi, que es un espacio muy importante y emblemático en Málaga. Me invitaron para que pintara un mural en un evento solidario. Como está a la espalda del museo Picasso lo que hice fue interpretar un cuadro de Picasso pintando a mi hija. Y lo hice a mi estilo. Utilizando el cubismo con el realismo que yo hacía y con mis toques de grafiti. Y me di cuenta de que me lo estaba pasando muy bien y de que funcionaba. Realismo con cubismo era algo que nadie antes había hecho, y fue una galería de Barcelona la que le puso el nombre.

Usted ahora es referente… ¿Cuáles fueron los suyos?

Desde que soy pequeño Dalí y Velázquez. Luego Picasso. Y también sigo a muchos artistas del grafiti, que es con lo que yo empecé, a gente como Daim, que es alemán, Ces, de Nueva York, el Niño de las Pinturas de Granada… No acabaría nunca porque tengo a muchos grafiteros que son referencia, y muchos de ellos son actuales.

¿Le cambió a usted la vida que se supiera que Ramos le compraba arte?

Hombre, da visibilidad. Y eso que todavía no ha salido a la luz el cuadro (risas).

¿Hasta dónde puede contar de ese encargo?

Hombre, ya se ha publicado que el cuadro es La última cena de Da Vinci. Pero he leído por ahí que está pintado Marcelo y no es verdad.

¿No aparece?

Y no puedo decir nada más por razones obvias. Pero vamos, que los que están con él no son los doce apóstoles.

¿No lo son?

No, no...

¿Cómo conoció a Ramos?

Por Luján Argüelles, una presentadora de Cuatro. Ella tiene una obra mía que compró en una exposición en la galería Fernando Latorre de Madrid en 2013. Se ve que años después se mudaron y vendieron los cuadros. Y uno de ellos era mío. El de una mujer a la que le tira una cuerda del pelo y otra de la lengua. A Ramos le gustó mucho. Y quiso saber quién era el artista y quién había vendido esa obra. Llegaron a la galería y vieron otra obra de esa colección y también la adquirieron. Y el siguiente paso fue que quiso conocerme para hacerme un encargo…

¿Cómo fue ese momento?

Pues fui allí a Madrid, a su casa, y…

¿Usted es futbolero?

No cien por cien, porque me gustan todos los deportes… Pero sí conocía a Sergio, claro (risas).

¿Y cómo es ese momento de tenerlo frente a frente por primera vez?

A mí me gustan las personas que son humanas, no los ídolos. La gente que tiene talento y lo desarrolla en su trabajo. Y Sergio es un gran ejemplo. Es una persona normal y corriente, y eso me gustó. Me dio mucha confianza para que yo hiciera el trabajo como quería. Y cuando recibió la obra…

Debe de ser un momentazo, ver la cara que pone el cliente ante algo tan especial.

Y el cuadro lo colgamos entre los dos. Ramos se moja, y es humilde, humano… Se portó muy bien conmigo. En hacer esa obra tardé un mes entero, nunca me llevó nada tanto tiempo. No es un cuadro normal. Está recortado en madera. Y cada cabeza está recortada en una pieza diferente de madera en relieve. Es una chulada. Y el cuadro es enorme…

¿Cuánto mide?

3,20 de ancho por 1,60 de alto. Y es pesado… Pero me encantó. Disfruté con él como hacía tiempo que no disfrutaba con un trabajo.

¿Por qué quiso Ramos La última cena de Da Vinci?

No tiene nada que ver con nada raro... Es algo icónico, de humor, más que de tener un mensaje detrás.

¿Lo ha puesto en su salón?

Sí...

Tenemos la imagen de un Ramos de raza… ¿Tiene también sentido artístico?

Pues le diré que sí. Y tiene criterio para decir lo que le gusta y lo que no. Un criterio propio. Y ahora mismo se está educando mucho en el arte, está yendo a exposiciones, a ferias, conociendo a coleccionistas y a artistas… Se está empapando porque le gusta de verdad. Y esto es verdad, y no se sabe de él.

También le compran a usted arte Helguera y Bruno Soriano, del Villarreal. ¿Se va a convertir en el artista de los futbolistas?

Yo creo que no (risas). Pinto para músicos, directores de cine... Tengo clientes de muchas índoles, como Santiago Segura del mundo del cine. O de la música como Deadmau5, DJ Nano o el rapero Residente de Calle 13. También del mundo del espectáculo como la tatuadora Kat Von D… Hay mucha gente interesada…

Lo del fútbol es algo anecdótico...

Y tampoco me gusta que me encasillen.

Pero en 2016 estuvo en la Eurocopa de París, pintando a Cristiano…

Si, sí… Era un evento de la UEFA con una asociación, la Place, en el centro de París. Me llamaron para preguntarme a quién quería pintar. Yo dije Ramos, mi colega. Pero no estaba entre la selección que habían hecho. Y dije Cristiano, que era su compañero. Lo pinté en un día y se expuso. Y muy bien. Fue con spray.

¿Cuando pinta a un personaje así, intenta mirar en su interior?

Bueno, lo de Cristiano fue un rollo de urgencia. Se hizo con foto. Pero si pinto a alguien busco algo más. Conociéndolo salen cosas que no saldrían de otro modo, la imagen adquiere fuerza. Es la suma de lo que él lleva dentro y lo que yo llevo dentro.

¿Qué le inspira Cristiano?

Es un luchador. Inspira sacrificio. Pero ya le digo, no le conozco.

¿Y Messi?

Le diría lo mismo. Son hombres con un talento que han desarrollado a base de esfuerzo.

¿Ramos?

Gente como Ramos, Cristiano o Messi son comparables a un Dalí o un Picaso, es gente que ha creído en ellos mismos y han llegado a lo más alto. En el caso de Ramos, al que sí conozco, inspira una humildad y una humanidad que no sabía que tenía antes de conocerlo. Esa cercanía y el cariño que le da a la gente que tiene alrededor, cómo trató a mis hijos…

¿Qué vida tiene el arte de la calle? ¿Siempre es finita?

Claro, y vale menos porque desparece. A no ser que sean murales hechos en un aeropuerto o en un teatro, que son lugares que se protegen y se cuidan. Pero los que pintamos en la calle sabemos que esa obra suele desaparecer.

Tiene su lógica…

Mire, hay un ensayo en el Reina Sofía titulado: “Cómo y por qué proteger murales de Benin”. Y sin embargo nadie lo pone en práctica (risas). Es el eterno problema que tenemos los artistas plásticos en la calle. En Nueva York, por ejemplo, hay murales de Keith Haring que se van restaurando cada equis años para que no se pierdan.

¿Cuál es la obra más cara que ha vendido usted?

De un cuadro… Sobre los 20.000 euros.

¿No piensa en lo que podrá valer cuando usted ya no esté?

Prefiero que valga más antes de morirme (risas). Pero bueno, tengo tres hijos… Es una evolución continua y progresiva. Mi obra no ha subido de un día para otro un montón. Veo arte que vale millones de euros, obras que no se merecen ese valor, y dices: “¡Yo soy barato!”. Y más con el estudio, el esfuerzo y el trabajo que tiene una obra mía.

¿Y de qué depende eso?

Del márketing, no hay otro misterio. De que tengas un padrino que apueste por ti y que haga que tu cotización suba. Es lo que pasó con gente como Andy Warhol. Incluso hay algunos que utilizan una estrategia, comprar sus propios cuadros en una exposición. Si lo haces dos veces la gente dice: ¡Se vende todo! Y la obra sube… Se sorprendería…

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¿Y usted?

Yo me he hartado de trabajar, de viajar, de pelearme con la vida… Le doy a cada obra toda mi energía y no tengo a 15 asistentes trabajando para mí. El que compra un Belin, es un Belin 100%.

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