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3

HUESCA 0 - 3 ATLÉTICO

El Atleti ve luz en la niebla

Ganó con autoridad en El Alcoraz con goles de sus dos laterales (Lucas y Arias) y Koke en su partido 400 con el Atleti. Debuts Mollejo y Joaquín. Muy bien Enric Gallego.

Nada cicatriza mejor la herida en fútbol que una victoria. La mancha de mora que con otra se quita pero con hierba y balón. Y tenía prisa el Atleti por coser y olvidar. La Copa, el Girona. Lo hizo en Huesca, El Alcoraz, bajo la niebla espesa. Comenzó el partido con ésta ya cayendo fina y Lemar pidiendo balón, quería ser faro. No le había costado al Cholo su once: sólo tenía 11 jugadores de campo del primer equipo, tanta lesión, sólo Juanfran se quedó en el banquillo, rodeado de chavales.

Guadaniesco a menudo, Lemar desde el minuto uno pedía balón, no se escondía, todo comenzaba en su bota, moviéndose por el centro más que por la banda. Pero Santamaría detuvo un remate de espuela de Correa en sus buenos minutos y justo después comenzarían los del Huesca. Aguerrido, le pondría al Cholo el corazón en la garganta tres veces seguidas. Primero Pulido, con un balón que envió a la madera. Luego Rivera, pero Giménez le quitó la pelota cuando iba a tirar. Más tarde con Enric Gallego. Y aquí fue necesario Oblak.

Porque debutaba el delantero en el Huesca y en Primera, con 32 años, sin extrañar ni al equipo ni la categoría, y eso que hace no tanto le tocaba alternar fútbol con andamio o camión. Tres días después de llegar del Extremadura, era titular y una tortura por alto para un Godín incapaz, siempre superado. En una de esas buscó al Cucho Hernández para dejarle mano a mano con Oblak, que aguantó y aguantó para cerrar y parar. Otro milagro más a sus manoplas. Esa es la diferencia entre él y todos los demás, cualquiera: hace que hasta lo imposible parezca fácil.

Bajaba entonces la niebla, espesísima, como el nitrógeno que lanzaban los cañones en las discotecas de los años 90. Y Lemar, perdido bajo ese inmenso efecto megatrón, aún estará preguntándose cómo, solo, le estampó la pelota en el cuerpo a Santamaría, toda la red ante él. Le volvería la luz en la jugada siguiente para hacer poesía con un pase a Koke. Al espacio, el canterano recogió y envió a Lucas que, en el segundo palo, remató y batió. Es enero y aquí está, no en Alemania. Este gol puede ser su propia mancha de mora a la grada.

El Huesca se iría al descanso con dominio inocuo, sin bandas, sin presión, sin verticalidad. Cucho estaba incomodísimo en la derecha, sólo Enric seguía siendo un dolor para Godín. Todavía estaba allí la niebla, cuando el partido regresó. Tan densa que, de ella, podían emerger futbolistas, un balón o Jack El Destripador. El fútbol se intuía más que verse, pero Grizi se puso los antinieblas después de que Correa errara otra vez mano a mano ante Santamaría: cambió el juego para la incorporación de Arias en la banda contraria. Golpeó el colombiano en el aire, para marcar con un voleón. Ayer le tocaba el gol a los dos laterales.

Quiso rebelarse el Huesca, equipo mucho mejor que lo que dice la tabla, colista, con dos disparos sobre la portería de Oblak. Uno lo sacó Giménez, enorme Comandante, el otro, un disparo de Moi Gómez, se marcharía al córner y se lo tragaría la niebla. El Atlético se había cosido la herida y ahora tocaba llenar la última media hora de buenas noticias.

Porque celebraría Koke que cumplía 400 partidos con el Atleti, tan joven, 27 recién cumplidos, añadiendo a la asistencia de antes el gol. Sólo tuvo que recoger el rechace de una pelota de Grizi al larguero y vóilà: futbolistas como él explican un escudo. Al segundo, Simeone le llamó. “¡Cambio!”. Se iría Koke, entraría uno de los chicos del banquillo para hacer historia: Víctor Mollejo, 40 a la espalda, primer jugador del siglo XXI en jugar en Liga con el Atleti. Tuvo, incluso, una ocasión. Fue antes de otro debut, el de Joaquín, cuando la niebla ya había empezado a levantarse y el Atleti se iba con su herida de Copa remendada. Y olvidada.