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Didí patenta la folha seca (1957)

366 HISTORIAS DEL FÚTBOL MUNDIAL | 21 DE ABRIL

Didí patenta la folha seca (1957)

Didí, inventor de la 'folha seca', posando con la camiseta del Real Madrid.

Diario AS

Waldyr Pereira, Didí, fue un gran interior brasileño, pieza esencial del Brasil campeón del mundo en 1958 y 1962. Militó en el Fluminense y en el Botafogo, al que regresó tras una breve estancia en el Real Madrid. Tenía un gran pase en largo, de precisión milimétrica difícil de alcanzar con los balones de la época, que parecían gualtrapas. Pero se le recuerda sobre todo por su forma de lanzar los tiros libres, conocida como folha seca, consistente en pegarle al balón de tal forma que ascendía mucho, tomando una trayectoria que parecía que le iba a hacer salir muy alto, para luego cambiar y bajar bruscamente, en un trazado dificilísimo de interceptar para los porteros.

Para el Mundial de 1958, Brasil tuvo que eliminarse a ida y vuelta con Perú. En Lima empató a uno; en el partido de vuelta, en Río, todo iba encaminado al empate a cero cuando, a poco del final, Didí marcó con un tiro libre que se hizo célebre, y que daría lugar al bautizo periodístico de folha seca, que a veces se ha escrito también folha morta, porque alude a cómo caen del árbol las hojas secas o muertas. Con el tiempo, Didí explicaría que tras una grave lesión de tobillo no podía golpear el balón como antes en los tiros libres, porque le dolía, y se dio cuenta de que si lanzaba con el pie horizontal, golpeaba de punta con la zona de los tres últimos dedos del pie, por el medio del balón, girando un poco hacia arriba el pie según lo metía, el balón tomaba esa trayectoria. De aquel defecto del golpeo surgió esa forma de tiro, que le hizo célebre.

Didí pasó por el Madrid la temporada 1959-1960, pero no cuajó. Era un jugador de enorme clase, pero sin el espíritu de trabajo que pedía Di Stéfano. «Yo era el delantero centro, él era el interior, y resulta que yo tenía que alimentarle a él de balones.» El gran Madrid de aquellos años se basó en el movimiento constante y solo Puskás, por su tremenda capacidad goleadora, pudo actuar en espacios más cortos. Didí estuvo solo un año, en el que jugó dieciocho de los treinta partidos de liga y ninguno de la Copa de Europa. Tampoco de Copa, en la que no podían jugar extranjeros. Su situación empeoró aún más cuando su esposa, doña Guiomar, que escribía en un periódico brasileño, mandó una crónica diciendo nada menos que a su marido le hacía la guerra la prensa madrileña porque estaba pagada por todos los jugadores del Madrid menos, precisamente, por él. Aquello colmó la paciencia del club y Didí regresó a Brasil.

Pero en España quedó el recuerdo de sus folhas secas, la primera de las cuales la marcó en el Trofeo Carranza nada más llegar. Y poco más tarde en partido de liga ante el Espanyol, en el Bernabéu, celebradísimo, con Vicente como portero, que luego vendría al Madrid. Di Stéfano le preguntó el secreto de su pegada, pero no quiso revelárselo. A base de fijarse en los entrenamientos, llegó el momento en que trató de imitar ese tipo de disparo, pero solo consiguió una versión aproximada con la que le hizo un gran gol al Milán en la Copa de Europa de 1964.

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