No pueden permitirse la indolencia

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Decía Torres el jueves que "ahora es el momento de demostrar que merecemos esta camiseta". Con la UEFA abandonada a algún truco más propio de un prestidigitador que del actual Atlético, no cabe otra que suavizar el momento final de mirar a la cara del aficionado y decirle que, de nuevo, se vuelve con las manos vacías. El Atlético se ha desmoronado como un postre de gelatina sobre esa línea que marca la exigencia entre un equipo imberbe y un purasangre con los ollares encendidos que no falla en la recta final.
La desilusión apunta a los jugadores y a algunos fenómenos paranormales. Compruebo con vértigo que el Atlético es el más amonestado de la Liga con 108 amarillas y nueve rojas. Y eso que Bianchi decía que no atizaban lo suficiente. A ojo me salen Osasuna, Valencia, Sevilla y hasta el Zaragoza como los que más y mejor examinan los tobillos. Es grotesco pensar en el Atlético como un matón de bar con una barra de metal en el bolsillo. Las miradas se vuelven hacia un colectivo arbitral, que seguro no sale a cercenar las posibilidades del Atlético, pero sí vierte un tufillo de venganza en cada partido. Última prueba: la pose desafiante de Lizondo cuando mandó repetir el penalti del Celta.



