"Puse a Pirri de nueve y les metimos 5-0"
Antonio Ruiz era el ayudante de Miljanic en aquel Madrid de la temporada 1974-75 que logró remontar un 4-0 a Las Palmas en los cuartos de final de la Copa.Ruiz, que ganó como jugador cuatro Copas de Europa (1957-1960), fue el psicólogo que lideró la remontada en el Bernabéu.


Cuente a los madridistas cómo pudieron levantar aquel 4-0 en El Insular.
Las Palmas tenía un magnífico equipo con gente como Pepe Juan, Castellano, Germán, Páez, Félix o Juani. De hecho, a los veinte minutos ya íbamos 3-0 y yo temí lo peor. Pudimos acabar 7-0...
¿Qué sucedió después?
La noche fue muy larga en el Hotel Reina Isabel. Los chicos se metieron en las habitaciones y Miljanic y yo estuvimos hablando en el hall hasta la seis de la mañana. Lo peor es cuando me dijo que dimitía. Que se iba.
¿Así por las buenas?
Sí. Ni siquiera haber sido campeón de Liga le consolaba. Le comenté que era un disparate, pero me obligó a telefonear al gerente a esas horas para que le diligenciaran un billete de avión Madrid-Belgrado que debería salir al día siguiente. Era una locura, pero Miljanic decía que era una vergüenza para él y para el Madrid este descalabro.
¿Y cómo pudo arreglarlo?
Le sacamos el billete para tranquilizarlo, pero le dije que no comentase nada y le saqué un compromiso: 'Usted me deja que lleve al equipo esta semana porque yo sé como preparar el partido de vuelta para meterles 5-0'. Él dijo que sí, aunque casi se echa atrás cuando le comenté que en esos seis días que quedaban para la vuelta no íbamos a entrenar ni un solo día.
¿También se volvió loco usted?
No. Los chicos estaban con las piernas machacadas, porque esa temporada llegamos a entrenar hasta tres veces al día, algo que yo jamás había visto. Por eso corríamos como aviones y en la Liga le sacamos 12 puntos al Zaragoza, ya es casualidad, y 13 al Barça.
¿Cómo se trazó la estrategia con los jugadores?
Primero, en el avión de vuelta a Madrid me reuní con Pirri y Grosso, los dos capitanes. Les dije que descansasen ese lunes en sus casas pero que el martes nos íbamos concentrados al Arcipreste de Hita de Navacerrada seis días, hasta el partido de vuelta que se jugaría en el Bernabéu el domingo. Me decían: "Míster, seis días concentrados es mucho". Pero la disciplina de aquel Madrid era férrea y se resignaron. En la conversación intervino Valentín, un amigo de Grosso que era sastre. Me dijo que si eliminábamos a los canarios nos regalaba un traje a cada uno. Le repliqué: "Pues ya puedes ir tomando las medidas a todos".
¿Cómo les recuperó la sonrisa para que estuviesen comprometidos con tantos días recluidos en la sierra?
Sencillo, sustituí los entrenamientos por paseos por la montaña y partidillos de fron-tenis y pesca. Todos se lo tomaron como unas minivacaciones. Recuerdo a Sol pescando truchas con la mano. La siesta era obligada, los chicos podían pedir que les sirvieran el desayuno en las habitaciones, por la noche íbamos juntos al cine... En seis días nadie tocó un balón. Se desintoxicaron de fútbol. El domingo bajamos a Madrid y Miljanic, por primera vez desde el 4-0, se dirigió a la plantilla: "Sólo os pido que dejéis alto el pabellón del Madrid. Sacar vuestro orgullo".
Y llegaron por fin al Bernabéu.
Antes de empezar el encuentro me dirigí a Pirri y le dije que se subiese al ataque desde el primer minuto para jugar de nueve junto a Santillana. Él jugaba de volante y no quería desobedecer a Miljanic, pero le obligué asumiendo la responsabilidad de mi decisión.
Y por fin rodó el balón.
En diez minutos Santillana metió tres y Pirri el quinto. Al marcar Pirri ese gol del delirio, con el Bernabéu abarrotado, le llamé y le dije que volviese a su sitio. Pero Miljanic me miró sonriendo: "Tranquilo, Antonio. Da igual. Que siga la fiesta".
Siga, siga...
Hubo algo curioso. Sinibaldi, entrenador de Las Palmas, afirmó en la víspera del encuentro que si el Madrid remontaba el 4-0 se quitaría el sombrero. Pues tras lograr Pirri el 5-0 todo el estadio cantó a coro: "El sombrero, el sombrero".
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Al contrario. Saqué el billete de la chaqueta en el vestuario, lo rompí en diez pedazos y le dije: 'Míster, ahora sabrá lo que ha sido, lo que es y lo que será el Real Madrid. Aquí no existe la palabra imposible". Me dio un abrazo y se fue del Bernabéu con la cabeza alta...



