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La juventud no es suficiente

Liga de campeones | Olympiacos 2 - Real Madrid 1

La juventud no es suficiente

La juventud no es suficiente

Ganó el Olympiacos, pero cumplieron los jóvenes. Sergio Ramos adelantó al Madrid. Rivaldo dio la puntilla. López Caro aportó sensatez, que es mucho

También hay categorías en las derrotas. Las hay desconcertantes, hirientes y aceptables. Las hay que provocan furia y las hay que invitan a estrechar la mano del contrario, incluso la del compañero. Así fue la derrota de ayer, aceptable, adecuada para estrechar todas las manos que salieran al paso porque no había nada que reprochar ni que reprocharse, todos igual de sudados y todos con los mismos kilómetros en las piernas, idéntico el esfuerzo y el abatimiento. Perder así no es irritante, porque se dio cuanto había y si algo faltó tuvo más que ver con la experiencia, que enseña a replegarse o a matar, aunque salpique la sangre.

López Caro, entrenador debutante, no sale bendecido por una victoria, pero tampoco herido por la derrota. Y tal vez sea mejor que trabaje así, sin que nadie le atribuya poderes mágicos ni flores en el trasero. Los vapores del éxito se suben pronto a la cabeza y lo que necesita el Madrid en estos momentos en un hombre sensato, a ver si contagia al entorno.

De momento, la primera alineación de López Caro fue absolutamente lógica, lo que ya es un buen inicio. Y no me refiero tanto a los nombres, obligados por las ausencias, como a la disposición de los jugadores en el campo.

Disciplina. El Madrid jugó con alas, ordenado y con las líneas juntas, sin extravagancias. Admito que con los galácticos a miles de kilómetros de distancia es más fácil que predomine el sentido común. Pero no me resisto a consignar esta maravillosa novedad. Y es que, desde esa coherencia táctica, el equipo no se debate entre la dramática alternativa de la inspiración propia (Ronaldo o Ronaldo) o el sartenazo ajeno. Hay otras posibilidades intermedias: tocar el balón, controlarlo, esperar, protegerse, comportarse, en fin, como un equipo de fútbol.

Así, durante la primera parte, se tuvo la posesión del balón durante la mayor parte del tiempo, disfrutando cada futbolista de esa normalidad que permite encontrar al compañero en el lugar esperado. Supongo que debió ser un placer especial para aquellos menos acostumbrados, como Sergio Ramos, Robinho o Baptista.

Que el Madrid comenzara dominando al Olympiacos tenía mucho mérito, dada la juventud del once y el supuesto ardor de los griegos, más ardorosos en la grada que en el césped. A excepción de Gravesen, ningún futbolista pasaba de los 25 años y algunos de los muchachos del Castilla tenían una edad inferior al dorsal que lucían en la espalda. Había, además, siete españoles en la alineación, tres madrileños.

No pretendo poner en duda la valía de extracomunitarios, extranjeros y demás forasteros, como tampoco niego la valiosa aportación de algunos treintañeros. Pero es indudable que el joven futbolista nacional ofrece un extraordinario nivel de compromiso que tiene que ver con su vinculación sentimental al club desde la infancia y no hace falta haberse vestido de blanco para conocer la importancia del escudo. Pero ayuda ser español. Y deberían tenerlo en cuenta quienes diseñan la renovación del equipo.

Si esa chavalería dio una buena impresión en la primera mitad fue, en parte por su forma de plantarse en el campo, y en buena parte por sus ganas de hacerlo bien, en este caso el acierto es una cuestión independiente. Lo mejor que se puede decir de algunos chicos es que no se desentonaron. No lo hizo De la Red, ni Soldado, ni tampoco Balboa, cuyos desbordes propiciaron algunas de las mejores ocasiones del Madrid.

Se podría decir que, rodeado de muchachos de su edad, hasta Robinho pareció más integrado. No sería de extrañar que en sus problemas de adaptación haya influido también su repentina inmersión en un vestuario demasiado sofisticado. El paso de la cañería oxidada al jacuzzi también provoca jet-lag. Diogo fue otro de los que se vio favorecido por ese baño de juventud, aunque se hace cada vez más evidente que se trata de un futbolista correcto, pero sin burbujas.

Estoy por asegurar que al aficionado le resulta más fácil sentirse identificado por un equipo así, menos brillante, pero más estable, más esforzado. Y me refiero al aficionado de toda la vida, no al japonés que se aproxima por vez primera y que se irá en cuanto sople el viento en contra.

Sergio Ramos confirmó las buenas vibraciones al adelantar al Madrid con un magnífico cabezazo. Que el centro al área fuera de Raúl Bravo demuestra que la solidez del bloque mejora a todos los futbolistas.

Poco tiempo después, Baptista estrelló en el larguero un lanzamiento de falta y algunos minutos más tarde Soldado cabeceó fuera un estupendo balón que le había enviado Diogo. El Madrid era dueño del choque y el Olympiacos se veía completamente superado, viejo en la comparación, con un portero canoso, un Dani desconocido y un Rivaldo que ya no parece un viejo futbolista, sino un viejo jugador de fútbol sala.

Sin embargo, en la segunda parte cambiaron las cosas. El Olympiacos robó la pelota más por oficio que por calidad y el Madrid la perdió por los motivos inversos. Por causa de ese empuje, empató un tal Bulut, que logró su primer gol de la campaña y el 20º que consigue en once temporadas, lo que nos descubre que no es un ariete. Nacido en Alemania, nacionalizado turco y empleado en Grecia, Bulut enganchó una volea formidable que podría ser la única que engancha en su vida, vista su forma de moverse por el campo.

Revelación. El Madrid, que ya jugaba a la contra, mejoró con la entrada del joven Adrián Martín, que exhibió lo que más se espera de un debutante: descaro. De una jugada suya nació otra de las mejores oportunidades del Madrid, que desperdició Soldado por no disparar con la izquierda. Esa pierna es uno de los puntos débiles del delantero.

Los griegos, a los que su entrenador debió leer la edad de sus adversarios, siguieron avanzando metros y Rivaldo comenzó a cobrar protagonismo. Después de fallar una ocasión clamorosa, el brasileño logró el tanto de la victoria después de una internada del impetuoso Touré, que se llevó a Sergio Ramos por delante. El gol no mitiga lo lastimoso que es ver todavía en activo a un futbolista que fue tan extraordinario y que está tan acabado.

Aunque los aficionados griegos celebraron la victoria como si de una final se tratara (era su primer triunfo en el grupo), no se puede extraer ninguna trascendencia de lo ocurrido. De hecho, es un capítulo aparte que no tendrá continuación en el próximo compromiso liguero, contra el Málaga y con los galácticos de vuelta. Entonces será complicado que López Caro mantenga la sensatez.

No importa no ganar, fue una derrota aceptable, apta para estrechar todas las manos. Pero la victoria hubiera servido para establecer una esperanza, para creer en esos chicos, en los chicos del entrenador. Es necesario que haya al menos una alternativa en los tiempos de crisis. Y la hay: la sensatez.