Opinión

Aday Mara, el detector de optimistas

Una temporada brillante en Michigan ha transformado el presente y alterado, muy para bien, las perspectivas de futuro para Aday Mara en Estados Unidos.

Aday Mara, en la Final Four de Indianápolis
MICHAEL REAVES
Juanma Rubio
Redactor Jefe de la sección de Baloncesto
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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Desde que salió de Zaragoza e hizo viaje a la NCAA, el camino ahora -nuevos tiempos- de casi todos los talentos especiales del baloncesto europeo, incluido el trayecto del pasado verano de UCLA a Michigan, de la soleada California al industrioso Midwest, Aday Mara no ha dejado de medir 2,21 ni de tener una envergadura de más de 230 (inacabables) centímetros. No es el único ingrediente, las condiciones físicas, para ser un jugador de baloncesto diferencial, pero sí es uno casi siempre necesario, la base que se tiene o no se tiene. Y Mara la tiene: también 21 años que cumple precisamente hoy. Sucede, con los jugadores como él a los que esperamos frotándonos las manos desde que son unos críos, que el tiempo se nos pasa volando. Queremos que sean su mejor versión por la vía rápida, que confirmen que pueden ser únicos, y buenísimos, antes de tener edad para sacarse el carnet de conducir.

Si los plazos se alargan o los caminos no son rectos, nos cansamos de esperar y buscamos al siguiente fenómeno, al nuevo unicornio -este sí que sí- en la era de los unicornios; de los jugadores que están cambiando el baloncesto porque son una especie de equipo completo en un solo cuerpo. El caso más obvio es Victor Wembanyama, que incluso ha dejado atrás ese rango y está saltando al de alienígena: un gigante de brazos imposiblemente largos que aterroriza a los rivales en defensa y puede, en ataque, botar como base, tirar como un alero y, desde luego, bajar alley oops a los que nadie más podría llegar. Ni en el mundo real ni en Space Jam. Ni Mara ni nadie se acerca a Wembanyama, claro, pero el francés sirve como recordatorio pluscuamperfecto, la Mona Lisa de una obviedad, de cuánto importa esa mezcla genuinamente privilegiada de materia primera, físico, y toque: saber jugar, tener el baloncesto en la cabeza, seguir las coreografías de la pista y convertir lo diferente en arma. En los mejores casos, de efecto devastador.

Cuando Mara llegó a Estados Unidos tenía 18 años y un cuerpo en el que parecía que todavía no encajaba del todo bien, como un traje que le quedaba demasiado grande. Pero cuando hacía click, y ese era el rastro de miguitas de pan que convenía seguir, enseñaba flashes de baloncesto superlativo. Del de ayer y del de siempre; también el de hoy porque la NBA ha pasado de una época en la que parecía territorio vetado para gigantes, con muchos aleros intercambiables en defensa y baterías inacabables de tiradores exteriores, a otra en la que esas ideas, radicales como todas en su embrión, se han readaptado, suavizado. El small ball ya no es un catecismo que aparta a los pívots y desprecia el rebote porque, siempre es así y el juego acaba enseñando sus mil caras, han aparecido equipos que han ganado de otra manera y se ha regresado a la certeza obvia de que no se pueden poner puertas al mar: hay muchos baloncestos. Y, en todos, lo único que importa es contar con los ingredientes adecuados.

Todavía en formación, física y seguramente emocional, y casi con sensaciones de estudiante de Erasmus, Mara se vio en la histórica UCLA, la casa de Lew Alcindor (después Kareem Abdul-Jabbar, claro) y Bill Walton. El Monte Olimpo de los pívots. Allí se topó con el tozudo Mick Cronin, un entrenador que ni sabía que hacer con un jugador como él ni tenía ganas de descubrirlo. Que tenía otro baloncesto, uno de pívots más pequeños y móviles, en la cabeza. Mara jugó poco, con el ceño fruncido de Cronin en el cogote cada vez que cometía un error pero con las gargantas del Pauley Pavilion, suelo sagrado en el baloncesto estadounidense, rugiendo en cuanto ponía un tapón o firmaba uno de esos mates suyos que hacen que la canasta parezca de mini basket. Los aficionados de los Bruins querían creer en unicornios. Cronin, no.

En otros tiempos puede que Mara ni hubiera dado el salto a Estados Unidos, y desde luego podría haber cerrado la puerta a ese lado del Atlántico tras esa frustrante primera experiencia. Pero ahora, con el transfer portal que permite saltar de universidad en universidad y llevarse por el camino más dinero del que estaría ganando en Europa, mucho más, se fue a Michigan porque, sobre todo, allí había un entrenador que sí creía en él. Que ya había jugado con quintetos grandes y muchas ideas para exprimirlos con las anteriores versiones de los Wolverines y tenía en la cabeza todas las cosas que quería probar, y hacer, con Mara en pista. Dusty May no solo ha formado -con el español como ancla- el mejor frontcourt (alero-ala pívot y pívot) de la temporada en College, también ha sacado una versión muchísimo mejor de un Mara que, en paralelo, ha enseñado ya muestras sostenidas y muy validas, de las que pesan de verdad, del jugador que puede ser.

Pero con un físico y unas cualidades tan particulares como las suyas, hacen falta optimistas como May y no agoreros como Cronin. Ese es el mensaje: Mara ha demostrado que podía ser una estrella de College, que podría convertirse en un jugador de verdad dominante en Europa, que la Selección tiene una (otra) joya entre manos para un futuro que pinta mucho mejor que el presente; y que, también, la NBA sí puede ser su sitio, el siguiente escalón lógico. Otra vez, se buscan optimistas. Una franquicia que apueste por él, con paciencia y un rol que tiene que ser claro aunque de entrada no sea grande. Y un entrenador que fantasee con cómo usaría a un jugador así, que dibuje en su cabeza las defensas en drop que le harían temible cerca del aro y las finalizaciones en ataque que pocos jugadores perfeccionan ya. Porque no ha estado de moda ser pívot, de los de vieja escuela, en los últimos años.

Mara será primera ronda de draft, casi seguro. De hecho, tiene ahora más opciones de rebasar el número 20 que de rondar el 30. No sería nada extraño que, en cuanto pasen las primeras elecciones, las más obvias, y llegue ese momento en la que con menos certezas se aplauden más los riegos, las franquicias vean más tentadores esos 221 centímetros con potencial intimidador y pinceladas de talento innato, del que no se enseña pero sí se trabaja, en ataque. Es obvio que el aterrizaje puede ser duro y que Mara tendrá muchos problemas si tiene que meterse en un sistema de cambios defensivos que le deje vendido en la línea exterior; que su desplazamiento lateral será problemático y que los físicos y el ritmo de la NBA pueden llevar a un punto de estrés altísimo a un cuerpo y un estilo como los suyos.

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Pero también lo es que el potencial es inmenso y que más allá de épocas y libretos, al baloncesto se gana con jugadores diferentes, únicos, que exprimen su potencial allí donde se les quiere, y se los utiliza, como son y por lo que son. La tercera temporada en College de Mara ha explicado que no todo sucede siempre a híper velocidad y que conviene disfrutar del camino hasta cuando este apenas se vislumbra; y, sobre todo, que Mara puede ser tan bueno como pensábamos cuando era casi un niño y que en su siguiente paso necesita, lo repito otra vez, un optimista para el que juegue feliz. Así, sin el pesado miedo a que las cosas puedan acabar yendo mal, existe una fórmula, la ecuación del unicornio, para que el techo de Mara sea, definitivamente, el cielo. Si acaba siendo así, siempre recordará que en gran parte habrá sido gracias a este año en los Wolverines, el reinicio con la maleta llena de ideas de Dusty May.

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