Deportados a una pesadilla: mexicanos son deportados de EEUU y descubren sus pueblos controlados por narcos
Deportados tras años en Estados Unidos regresan a pueblos que ya no reconocen con calles tomadas por narcos y la amenaza de violencia como nueva “ley”.
La nostalgia del regreso a casa se ha convertido en un shock brutal para miles de mexicanos que fueron deportados desde Estados Unidos y creían reencontrar un México familiar. En lugar de plazas repletas de vida, mercados vibrantes y calles donde se podía caminar sin miedo, muchos se topan con un paisaje dominado por la presencia de grupos criminales armados, que imponen su autoridad y transforman, sin aviso, los lugares que alguna vez fueron sus hogares.
Adrián Ramírez, de 45 años, pasó más de dos décadas lejos de su pueblo en el occidente del país. Después de ser devuelto por las autoridades estadounidenses, decidió regresar para reencontrarse con sus raíces. Lo que encontró, sin embargo, fue un escenario irreconocible; la discoteca donde solía bailar de joven estaba cerrada, los puestos de tacos que antes estaban repletos de gente, al caer la noche quedaban vacíos antes del toque de queda, y al caer la oscuridad eran los hombres armados, no las familias ni los vendedores, quienes imponían su ritmo en las calles, comentaron para Los Angeles Time.
Deportados a una pesadilla...
“No es el mismo México de mi infancia”, confiesa con voz baja. “Antes había alegría, libertad… ahora hay ojos que te observan, armas en las esquinas y miedo en cada esquina”. Este fenómeno no es aislado. Según análisis militares, los grupos criminales más allá del narcotráfico tradicional han extendido su influencia hacia la extorsión de comercios locales e incluso el control de industrias agrícolas como la producción de aguacate o limón, imponiendo “impuestos” ilegales sobre productos básicos como tortillas, pollo o cigarrillos.
La situación coloca a los migrantes deportados en una vulnerabilidad extrema, pues no solo regresan con menos redes de apoyo y recursos que quienes jamás salieron del país, sino que también destacan entre la población por su acento, su manera de vestir, lo que los convierte en blanco de extorsiones y secuestros por parte de los cárteles que buscan “impuestos” o rescates.
Historias como la de María Ávila, quien trabajó décadas en Estados Unidos con la ilusión de retirarse en su querido rancho en Zacatecas, ilustran la traición que sienten muchos; tras años de sacrificios, al volver se encontraron con casas saqueadas, vecinos muertos o desaparecidos y un entorno donde los sueños de tranquilidad quedaron hechos trizas ante la violencia desbordada.
Para las autoridades locales, el desafío parece desbordante. La presencia de grupos armados ha erosionado no solo la seguridad, sino también la confianza de quienes pensaban que, al cruzar la frontera hacia el sur, reencontrarían no solo familiares, sino memoria y paz. Hoy, esa búsqueda se enfrenta a un enemigo que no se ve en las estadísticas de deportación, pero que domina con puño de hierro las plazas y los caminos de regreso a casa.
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