Salud

Sonia Lucena, psiconutricionista, alerta sobre el Ozempic: “Hay un daño menos visible y muy relevante para los hombres activos”

Esta experta en psicología y nutrición, además de creadora del Método Five, pone el foco en los peligros de estos medicamentos tan de moda para la obesidad.

Sonia Lucena, psiconutricionista, alerta sobre el Ozempic: “Hay un daño menos visible y muy relevante para los hombres activos”
Débora Paz
Redactora en Tikitakas
Natural de O Porriño, Pontevedra. Graduada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Comenzó su aventura en As en 2017 en el departamento de redes sociales. Tanto te habla del salseo del momento como de fútbol sala.
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Ozempic, Wegovy, Mounjaro, Zepbound. Conviene empezar por los nombres, porque ya no son desconocidos ni exclusivos de un contexto médico cerrado. Hoy forman parte de la conversación pública, aparecen en consultas, congresos, artículos científicos y también en el mundo del fitness. Y conviene decirlo desde el principio, sin suavizar el mensaje: estas inyecciones no están pensadas para mejorar el rendimiento, proteger la masa muscular ni optimizar el físico de un hombre activo. No son una herramienta para “definir” ni un atajo inteligente para verse mejor rápido. Son fármacos con una indicación clínica concreta, y sacarlos de ahí tiene consecuencias.

Todos estos medicamentos pertenecen a la familia de los agonistas del GLP-1 (y en algunos casos también del GIP). El GLP-1 es una hormona que el propio cuerpo produce de forma natural en el intestino cuando comemos. Su función es avisar al cerebro de que hay alimento entrando, ralentizar el vaciado gástrico y favorecer la sensación de saciedad. “Es un sistema fisiológico normal, útil y perfectamente ajustado cuando el cuerpo funciona en equilibrio”, así lo explica Sonia Lucena, psiconutricionista y creadora del Método Five, en declaraciones para AS.

Esta voz experta insiste en que el problema no es el GLP-1 en sí, “sino qué ocurre cuando se amplifica su efecto de forma artificial”. Estos fármacos no imitan una subida puntual de saciedad tras una comida, sino que mantienen el sistema activado de manera continua. “El resultado es una supresión muy potente del apetito y una reducción marcada de la ingesta energética, muchas veces sin que la persona sea plenamente consciente de cuánto ha dejado de comer”, añade Lucena.

Aquí está el punto clave que suele pasarse por alto: no regulan el apetito, lo silencian. Y el hambre no es un defecto del cuerpo ni un enemigo que haya que eliminar. Es una señal básica de disponibilidad de energía. “Cuando esa señal desaparece, la necesidad no desaparece con ella. El cuerpo simplemente entra en modo adaptación”, reconoce.

¿Y cómo se adapta el cuerpo cuando recibe menos energía de la que necesita? Ahorra, reduce gasto, prioriza funciones vitales y empieza a recortar aquello que considera prescindible para sobrevivir a corto plazo. La masa muscular es uno de los primeros tejidos en entrar en esa lista porque mantener músculo es metabólicamente caro y cuando el cuerpo percibe escasez energética, no duda en sacrificarlo.

“Esto no es una opinión ni una postura ideológica. Los estudios con Ozempic, Wegovy y otros fármacos similares muestran que una parte relevante del peso perdido corresponde a masa magra, especialmente cuando no hay una alimentación suficiente ni un entrenamiento de fuerza bien estructurado. Traducido al lenguaje que entienden los hombres que entrenan: no todo lo que pierdes es grasa, y lo que se va no siempre es lo que te sobra”, sigue explicando Lucena.

Falta de energía

En la práctica, el patrón se repite. Al principio, la báscula baja rápido y eso refuerza la decisión. Pero a las pocas semanas empiezan a aparecer señales claras: menos fuerza en el gimnasio, peor recuperación, sensación constante de fatiga, entrenamientos que antes eran asumibles y ahora se hacen cuesta arriba. Algunos hombres reducen cargas sin entender por qué. Otros abandonan el entrenamiento porque “no tienen energía”. No es falta de disciplina. Es falta de combustible.

Cuando comes muy poco de forma sostenida, el entrenamiento deja de ser un estímulo adaptativo y se convierte en un estrés añadido. Sin energía suficiente no hay construcción muscular, solo desgaste. Con el tiempo, la pérdida de músculo arrastra también una caída del metabolismo, lo que paradójicamente aumenta el riesgo de recuperar peso cuando el tratamiento se interrumpe.

A esto se suman efectos secundarios que ya están descritos en la literatura médica: náuseas persistentes, vómitos, problemas digestivos importantes por el enlentecimiento del vaciado gástrico, deshidratación que puede comprometer la función renal y alteraciones en vesícula y páncreas. Pero hay un daño menos visible y muy relevante para los hombres activos: la desconexión corporal. Si no sientes hambre, si no sabes cuándo necesitas comer más para rendir mejor, si no identificas bien la fatiga o la falta de recuperación, pierdes una herramienta básica de autorregulación.

¿Para quién sí puede ser óptimo el uso de Ozempic y sus derivados?

Para personas con obesidad clínica diagnosticada, con un índice de masa corporal elevado y/o con patologías asociadas como diabetes tipo 2, síndrome metabólico o alto riesgo cardiovascular, siempre bajo supervisión médica. En estos casos, el objetivo principal no es estético ni deportivo, sino reducir un riesgo de salud mayor. Incluso entonces, el tratamiento debería ir acompañado de una intervención nutricional adecuada, trabajo de fuerza adaptado y seguimiento profesional.

Lo que no es un uso óptimo es emplear estos fármacos en hombres normopeso o ligeramente pasados de peso, activos, que entrenan y cuyo objetivo es verse más definidos o “secar” rápido. En ese contexto, el riesgo de perder músculo, fuerza y rendimiento supera con creces cualquier beneficio aparente.

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Además, estos medicamentos no están pensados para usarse de forma indefinida. Con el tiempo el cuerpo se adapta, el efecto se atenúa, el apetito reaparece y, si no ha habido un cambio real en hábitos, el peso suele volver. El músculo perdido, en cambio, no siempre lo hace, si el precio de bajar peso es perder músculo, fuerza y rendimiento, no estás avanzando. Estás retrocediendo, aunque la báscula diga lo contrario.

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