Psicología

Noelia Samartín, experta en neurociencia: “Es importante desmitificar que en 21 días se genere un hábito”

La especialista en neurociencia y psicología clínica cuestiona en su libro ‘Has venido vivir’ los hábitos milagrosos, así como la presión y las exigencias.

Noelia Samartín, experta en neurociencia: “Es importante desmitificar que en 21 días se genere un hábito”
Marta Rodríguez Peleteiro
Redactora de Tikitakas
Su trayectoria en Prisa comenzó en AS, en 2006, en la sección de Cierre. Posteriormente asumió la coordinación de la revista AS Color y la redacción de los blogs Match Point y Erratas de Campo. En 2017 pasó a formar parte de PrisaNoticias, en el control de producción de El País y AS, y volvió a AS a finales de 2022, como redactora de Tikitakas.
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La promesa es tentadora: repite algo durante 21 días y lo convertirás en un hábito. Pero no es verdad. “Es importante desmitificar el hecho de que en 21 días se genere un hábito, porque la investigación dice que no”, afirma en charla con AS la psicóloga y experta en neurociencia Noelia Samartín. “Los hábitos tardan en consolidarse, en que los metas en tu rutina sin que generen esa pregunta de ‘voy a negociar conmigo si voy al gimnasio o no’, entre 18 días y 260 y algo, o sea, casi un año”.

La diferencia, subraya la autora del libro Has venido a vivir. Deja de hacer para ser. Sin presión, sin perfección. Solo tú (Bruguera), es abismal. “Depende del tipo de hábito, de tu afinidad y de la fricción que genere en tu vida actualmente, es decir, del esfuerzo que tengas que hacer para implementarlo”. También influye “cuánto te gusta ese hábito y cuánto refuerzo tienes después, cuánto tardas en recibir ese beneficio por el cual te estás esforzando”.

Para Samartín, el problema de la cifra mágica no es solo científico, sino emocional: “Esto es importante tenerlo en cuenta para no desesperarnos. En 21 días probablemente no esté esa consolidación, porque tarda muchísimo más”.

El peligro de las fórmulas universales

Su libro no es un recetario de rutinas perfectas. De hecho, nació de otra inquietud más profunda: “Para mí fue sobre todo la sensación de ahogo, de culpa y de no sentirnos suficientes que compartimos. La he sentido yo, la he compartido con mi grupo de amigas y la veo en consulta en muchísimas personas. Fue la primera chispa de decir: necesitamos hablar de esto”. Por eso pide cautela ante cierta literatura de bienestar. “Creo que hay que diferenciar. Hay libros escritos por personas muy expertas, con formación científica, que aportan mucho. Pero es importante hacer un filtrado: cómo está escrito, quién lo escribe y la bibliografía que sustenta el discurso”.

Y aun así, advierte, el riesgo sigue ahí: “Lo peligroso es leerlos sin tener en cuenta tu contexto o tu individualidad, intentar encajar sí o sí en un molde que no sabes si es para ti”. Pone un ejemplo claro: “Está muy bien decir que tenemos que ir al gimnasio, pero si no llegas a fin de mes, a lo mejor la cuota no está en tus prioridades y sentirte culpable por ello no tiene sentido si lo observas desde un contexto”.

Cuando el autocuidado se convierte en obligación

La culpa es, precisamente, uno de los ejes de su reflexión. “El autocuidado nos lo venden como que es nuestra responsabilidad, pero que si no conseguimos los beneficios de estas conductas, la culpa es nuestra porque no lo estamos haciendo bien”. Ese mensaje tiene consecuencias. “Cuando nuestra expectativa es cumplirlo porque creemos que está en nuestro control, el no hacerlo implica que dañe directamente nuestra identidad: ‘no soy suficiente’, ‘no soy tan fuerte’, ‘soy un desastre’”. Y entonces se activa un mecanismo muy primario: “La culpa aparece para decirnos: ‘Lo que estás haciendo va a ser mal visto por tu grupo y te van a rechazar’. Necesitamos ser parte del grupo”.

El resultado es una rueda que se repite. “La culpa nace de una responsabilidad que hemos asumido como enteramente nuestra cuando es muy contextual y que nace de una necesidad biológica”. Para salir, propone algo incómodo: “Tenemos que pagar el peaje de sentirnos culpables. Ver que no sucede nada por no tener una rutina perfecta y empezar a construir desde lo que realmente necesitamos, no desde la necesidad de agradar”.

Flexibilidad frente a disciplina rígida

Frente al mandato de la disciplina constante, Samartín reivindica la adaptación. “Debemos vivir una vida humana y lo que más define al ser humano es la capacidad de adaptación”. Sin embargo, explica, “intentamos mantenernos lo más estáticos posibles porque nos da seguridad y mantiene nuestra identidad. Pero la vida cambia, el contexto cambia”. Por eso invita a revisar las rutinas cuando empiezan a pesar: “Cuando empieces a sentir que te agota, que no puedes más, no es momento de cambiar todo, pero sí de parar, observarte y ver qué necesitas”.

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En lo personal, vivir más y exigirse menos tiene dos claves. La primera: “Permitirte cambiar de opinión. Muchas veces nos aferramos a decisiones que tomó una versión anterior de nosotros y quizá algo ha cambiado y por eso nos cuesta sostenerlo”. La segunda es radical en su sencillez: no hacer nada. “Tener momentos donde no hagas nada. Al principio va a llevar a la culpa porque no estamos siendo productivos, pero si te acostumbras a no hacer nada durante diez minutitos al día, a observar por la ventana sin el móvil, empieza a aparecer un espacio donde empiezas a comunicarte contigo mismo”. A esos huecos los llama “oasis de silencio”. Y los considera esenciales: “Son el punto número uno para saber hacia dónde dirigirte. Sin estos espacios seguimos en la rueda de hámster”.

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