Psicología

María Calle, psicóloga: “Incrementa el malestar emocional y favorece el abandono temprano de los objetivos”

Formular propósitos desde hábitos realistas, ajustados a la vida cotidiana, favorece procesos más sostenibles y reduce el riesgo de frustración.

María Calle, psicóloga: “Incrementa el malestar emocional y favorece el abandono temprano de los objetivos”
Marta Rodríguez Peleteiro
Su trayectoria en Prisa comenzó en AS, en 2006, en la sección de Cierre. Posteriormente asumió la coordinación de la revista AS Color y la redacción de los blogs Match Point y Erratas de Campo. En 2017 pasó a formar parte de PrisaNoticias, en el control de producción de El País y AS, y volvió a AS a finales de 2022, como redactora de Tikitakas.
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Al empezar el año, muchos contenidos en redes giran en torno a objetivos personales y cambios rápidos. La insistencia en rutinas idealizadas acaba reforzando la idea de que enero es el momento de reinventarse. Aunque plantearse objetivos puede resultar positivo, esta narrativa también puede generar un efecto contrario en algunas personas, con un aumento de la ansiedad y la autoexigencia, junto con la sensación de no estar a la altura.

Así lo explica la psicóloga de Blua Sanitas María Calle: “Enero concentra muchas expectativas y una fuerte presión por mejorar, pero cuando los propósitos se formulan como transformaciones globales o inmediatas, se activa un patrón de autoevaluación constante que incrementa la ansiedad y reduce la motivación a medio plazo”.

Las redes sociales amplifican este fenómeno al mostrar versiones parciales y cuidadosamente seleccionadas de la realidad. La exposición continuada a mensajes de éxito, disciplina constante o bienestar permanente puede distorsionar la percepción de lo que es razonable y alcanzable en el día a día. En este contexto, la comparación constante favorece un diálogo interno más crítico y una evaluación negativa de los propios avances.

El problema no está en proponerse cambios, sino en hacerlo desde estándares externos, poco realistas y no adaptados a la vida de cada persona. Cuando el foco se sitúa en cumplir una imagen ideal, física o personal, se prioriza la validación externa frente a las necesidades propias. Ese desplazamiento incrementa el malestar emocional y favorece el abandono temprano de los objetivos”, advierte María Calle.

Otra perspectiva

Ante este escenario, los expertos recomiendan abordar los propósitos de año nuevo desde una perspectiva más realista y cuidadosa con la salud mental, con prioridad para los procesos sostenibles a largo plazo frente a los resultados inmediatos. Así, plantear metas concretas y acotadas, como introducir pequeños cambios en la rutina diaria, facilita la adherencia y reduce la presión. Los hábitos progresivos permiten avanzar sin exigir transformaciones radicales ni inmediatas (por lo general, irreales).

Además, limitar la exposición a contenidos que activan comparación o malestar protege la autoestima. Puede ayudar acotar una franja horaria, silenciar cuentas que refuercen estándares poco realistas y priorizar perfiles que muestren procesos completos, no solo resultados. Además, es esencial mantener un filtro que proteja de tomar por real y obligatorio todo lo que nos llegue.

Por otro lado, hay que aceptar que el cambio no es lineal. Los retrocesos forman parte de cualquier proceso de mejora. Normalizarlos evita la autoexigencia excesiva y favorece una relación más amable con uno mismo, clave para sostener los propósitos a medio plazo. Así como priorizar el autocuidado frente a la perfección. Ajustar el plan a la energía disponible y reservar espacios de descanso resulta más eficaz que imponerse rutinas rígidas. El bienestar se sostiene mejor desde el equilibrio que desde la exigencia constante.

Asimismo, se han de valorar los avances parciales. Registrar el progreso por escrito o en una nota del móvil ayuda a reconocer pequeños logros y a comparar con el punto de partida, no con lo que aparece en redes. Ese registro refuerza la motivación y mantiene el foco en el proceso. Y también se deben replantear los objetivos cuando sea necesario. Adaptar los propósitos a la realidad personal, laboral o familiar no significa fracasar, sino ajustar el camino para que el cambio sea viable y saludable. Si nuestras circunstancias cambian, también deberán hacerlo nuestros objetivos.

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En la mayoría de los casos, el malestar asociado a la presión de los propósitos disminuye cuando se ajustan las expectativas y se adopta una mirada más flexible. En cualquier caso, si aparecen síntomas persistentes de ansiedad, bloqueo o desánimo, es recomendable consultar con un profesional para valorar el contexto emocional y recibir orientación especializada.

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