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La caída sin fin de Tsitsipas

El griego, dos veces finalista de Grand Slam y campeón de las Finals en 2019, continúa con un declive que, por numerosos motivos, le ha apartado de los mejores del mundo.

La caída sin fin de Tsitsipas
Geoff Burke
Jaime Dávila
Redactor en Más Deporte
Hijo de Alberto y Margui, nació en Valladolid en 1999, se crio en Toledo y se graduó de Periodismo y Comunicación Digital en el CEU de Madrid. Desde 2019, cumple en AS el sueño con el que creció desde que era bien pequeño. Escribe, sobre todo, de NFL, tenis y golf, y ha cubierto la Super Bowl, los Premios Laureus o la Copa Davis, entre otros.
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La generación de tenistas masculinos nacidos en la década de los 1990 ya lleva un tiempo con la etiqueta de ‘maldita’ sobre ella, repleta de talentosos jugadores que, o bien no han terminado de explotar, o han sido opacados por la camada previa (el Big Four) y la posterior (Carlos Alcaraz y Jannik Sinner). De hecho, esta generación de los 90 apenas acumula dos títulos de Grand Slam, los US Open de Dominic Thiem y Daniil Medvedev, mientras que sus coetáneas en el circuito femenino suman ya 30 grandes, una diferencia sideral. Como con el austriaco y el ruso, también se tenía altas expectativas en nombres como los de Alexander Zverev, Andrey Rublev, Casper Ruud, Alex de Miñaur, Matteo Berrettini, Taylor Fritz, Nick Kyrgios o Denis Shapovalov. Algunos siguen peleando por altas cotas, otros no tanto, y uno de los casos más llamativos es el de Stefanos Tsitsipas, que tras mirar a la cara a los mejores durante años, lleva ahora un tiempo afrontando una dura caída a los infiernos.

Nacido en Atenas en 1998, el griego de 27 años era una de las mayores promesas de esta generación de los 90, y de hecho ha sido uno de los más exitosos y mediáticos de su camada. Ganó las NextGen ATP Finals en 2018 (venció en la final a De Miñaur, y por el camino dejó a Rublev, Frances Tiafoe, Hubert Hurkacz y Jaume Munar), y al año siguiente, en su debut en el torneo, conquistó las ATP Finals. En su palmarés, además, figuran dos finales de Grand Slam (Roland Garros 2021 y Australia 2023, en ambas derrotado por Novak Djokovic), cinco semifinales en grandes, tres títulos de Masters 1.000 (Montecarlo en 2021, 2022 y 2024) y cuatro subcampeonatos, un ATP 500 y siete 250, y llegó a ser tercero del ranking mundial. Con un vistoso revés a una mano, una derecha letal y muy buenas cualidades físicas gracias a su 1,93 de altura, Tsitsipas apuntaba a proyecto de grandísimo tenista.

Nada más lejos de la realidad, este pasado domingo, el heleno se despidió del Masters 1.000 de Miami al sucumbir ante Arthur Fils por un estrepitoso 6-0 y 6-1 en apenas 55 minutos, una paliza que evidencia el crudo momento que atraviesa Tsitsipas. Es actualmente 51º del ranking mundial, su peor clasificación desde abril de 2018, y el desplome de Stefanos preocupa. Desde que alcanzara las semifinales de Roland Garros en 2024, el ateniense ha perdido siete de los once encuentros de Grand Slam que ha disputado, siempre con la segunda ronda como mayor techo en un grande, y también desde esa fecha ha caído en nueve de sus doce duelos disputados ante rivales del top-20 mundial. En 2026, sin embargo, está tratando de reverdecer Tsitsipas, que ha sumado esas tres victorias ante top-20 (Fritz, Medvedev y De Miñaur), aunque el balance del griego este curso se mantiene en un escaso 11-7.

La caída sin fin de Tsitsipas
Isabel Infantes

Dolió, además, sobremanera su eliminación a las primeras de cambio en Dubái, donde defendía los 500 puntos de campeón del año pasado, y eso propició su desvanecimiento en el ranking. En la pasada edición del torneo se vivió el último gran momento de Tsitsipas, que ganó a un muy buen nivel con una curiosidad: compitió con una raqueta totalmente negra, porque, a pesar de tener contrato con Wilson, estaba probando una Babolat que le dio muy buenos resultados, por lo que para este 2026 firmó con la marca francesa, que le proporciona la Pure Aero 98 con la que tan a gusto estuvo. El descontento de Stefanos con sus armas fue uno de los muchos motivos de la caída del griego, que en estos dos últimos años también ha sufrido problemas físicos, de agotamiento mental o con su equipo. Un cóctel perfecto para que todo explote.

“Pensé en retirarme”, aseguró Tsitsipas a finales de 2025 en una entrevista con la BBC en la que hizo balance de su peor curso como profesional, el cual cerró con un pobre balance de 22-18. El momento crítico se produjo tras su eliminación en segunda ronda del US Open a manos de Daniel Altmaier, contra quien se agravaron unos problemas de espalda que llevaba arrastrando prácticamente toda la temporada. “Tenía mucho miedo tras mi derrota en el US Open. No pude caminar durante dos días. Fue entonces cuando reconsideré el futuro de mi carrera. Me pregunté: ¿podré jugar otro partido sin dolor? Mi mayor preocupación era si podría terminar un partido”, reconoció Stefanos, que tras aquella prematura eliminación no jugó un partido ATP más en el resto de año (completó dos de Copa Davis y uno de Six Kings Slam). Paró con el objetivo de curarse y volver con fuerza, porque, como dijo ya esta temporada, “no estaba disfrutando del tenis”.

Mi mayor victoria para 2026 sería no tener que preocuparme por terminar los partidos. Me he comprometido. Lo más importante es creer firmemente que puedo volver a mi nivel anterior. Haré todo lo posible para lograrlo”, añadió el de Atenas sobre sus propósitos para esta temporada en la que, aunque ha tenido buenos destellos, le está costando arrancar mientras continúa su caída en el ranking. Tsitsipas es consciente de que ha dejado de ser un rival temido para la gran mayoría del circuito, y a la vista está por los nombres de quienes le han eliminado en los últimos siete Grand Slams: Emil Ruusuvuori, Thanasi Kokkinakis, Alex Michelsen, Matteo Gigante, Valentin Royer, Altmaier y Tomas Machac. Una muestra más de la caída en el peso del nombre de Tsitsipas, que este año ni siquiera aparece en el cartel promocional del Masters 1.000 de Montecarlo a pesar de ser campeón tres veces del mismo.

Su padre, un asunto delicado

A todo ello se sumó, además, la inestabilidad en un equipo que siempre había estado comandado por su padre, Apostolos, con quien mantiene una relación de contrastes por su complicado carácter. En agosto de 2024, Tsitsipas anunció que su progenitor ya no era su entrenador, y poco después explicó esta decisión. “Vi que muchas cosas no cuadraban. No tenía la misma energía que antes, tal vez cometía más errores de lo habitual y yo ya tenía pensado hacía años tomar mi propio camino, pero era difícil dejarle. A mi padre le dolió mucho que le dejara, es difícil romper con él. Aun así, sigo en contacto con él, es mi padre, pero como entrenador se había convertido más en una relación de negocios”, contó el heleno, que en mayo de 2025 anunció con ilusión su colaboración con un grande de los banquillos: Goran Ivanisevic.

“Él quiere volver al top-10 pero no hace nada. Dice todo el rato ‘quiero, quiero’, pero no veo progresos. Nunca había visto a un tenista menos preparado en mi vida”

Goran Ivanisevic

El croata, exjugador, había estado junto con Novak Djokovic en los años más dorados del serbio, que a su lado ganó 12 de los 24 Grand Slams que atesora. El sueño de Tsitsipas, que ya atravesaba un gran bache, era que Ivanisevic fuese quien le tendiese la mano para escapar del socavón, pero, sin embargo, su relación apenas duró dos turbulentos meses en los que unas declaraciones del técnico dinamitaron todo. “Si resuelve algunos problemas fuera del tenis, tendrá una oportunidad y volverá donde debe estar; es un jugador demasiado bueno para estar fuera del top-10. Él quiere volver al top-10 pero no hace nada. Dice todo el rato ‘quiero, quiero’, pero no veo progresos. Nunca había visto a un tenista menos preparado en mi vida. Con esta rodilla estoy tres veces más preparado que él, y eso es realmente malo", manifestó un Ivanisevic al que luego Tsitsipas, en la previa de su ruptura, calificó como “dictador”.

La caída sin fin de Tsitsipas
Stefanos Tsitsipas besa el trofeo de campeón de las Nitto ATP Finals.PETER NICHOLLS

“El único que le puede entrenar es su padre”, concluyó Ivanisevic sobre el griego, y el tiempo le dio la razón al croata, porque Apostolos regresó al cuerpo técnico de su hijo. “Tuve que disculparme con mi padre porque fue un gran error. Hemos encontrado una nueva forma de comunicarnos para que esto no vuelva a suceder y no tengamos más tensiones. Amo a mi padre con todo mi corazón y lo que ha hecho en los últimos años ha sido increíble. Me ha ayudado en los momentos difíciles y ha estado en los éxitos. No me quiero separar de mi familia. Puede que volvamos a tener tensiones y a sentirme agobiado de nuevo, pero la relación con mi padre no la encontraré en otro lugar”, argumentó el excampeón de las Finals sobre el regreso con su padre, con quien tiene mucho trabajo por delante para solventar las numerosas carencias que existen actualmente en el tenis de Tsitsipas.

Un tenis con cada vez más carencias

Porque, como se evidencia con tantas derrotas en los últimos tiempos, el juego de Stefanos Tsitsipas atraviesa también una profunda crisis que va mucho más allá de lo físico o lo anímico. En lo estrictamente tenístico, su propuesta ha quedado expuesta de forma casi sistemática por el circuito, especialmente a través de su revés a una mano. Los datos son reveladores: apenas gana en torno a un 14% de puntos cuando le sirven al revés con primeros saques, cuando históricamente se movía cerca del 23%, y los rivales ya dirigen más del 70% de sus servicios a ese lado. El plan es claro y repetido: castigar ese flanco con bolas profundas, alturas incómodas y slices bajos que le obligan a golpear sin estabilidad ni iniciativa. Esto no solo debilita su consistencia, sino que le desconecta de su gran arma, la derecha, rompiendo su patrón clásico de saque y primer golpe dominante.

A partir de ahí, el efecto dominó es evidente. Tsitsipas, que construyó su éxito ganando muchos puntos en los primeros cuatro golpes, se ve ahora empujado a intercambios más largos en los que pierde control y acumula errores. Parte del problema se acentúa con ajustes recientes en su golpeo: ha incrementado la velocidad media (alrededor de más de 6 km/h en la derecha y más de 4 km/h en el revés), pero a costa de reducir el efecto, especialmente en el revés, lo que se traduce en menos margen y más fallos no forzados. En un tenis cada vez más físico y basado en la repetición sólida desde el fondo, sus carencias estructurales se agrandan, más aún frente a perfiles como Alcaraz o Sinner, que castigan precisamente ese tipo de debilidades.

El resultado es un Tsitsipas previsible, atrapado en un patrón que sus oponentes replican con éxito: cargar sobre su revés, desplazarle, evitar que mande con la derecha y esperar el error. Sin soluciones tácticas ni adaptación efectiva, su tenis ha perdido filo, identidad y la capacidad de imponer condiciones que le llevó a asentarse en una élite de la que ahora anda alejado uno de los tenistas más malditos de la ya maldita generación de los 90.

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