Nadal sobrevive y es la roca que mira a Federer
Rafael Nadal derrotó a Fernando Verdasco en cinco sets y se enfrenta mañana a Federer en la gran final del Open de Australia (09:30 h., Cuatro). Dicho así, parecería otra victoria más de Nadal. Pero fue un combate inolvidable entre dos amigos: el partido más largo en la historia del Open.


Es 4-4 en el quinto set y, en el Rod Laver Arena de Melbourne, el panel verde del Rolex a pie de pista dibuja la una en punto de la mañana, de la madrugada australiana. Angustiosa madrugada... que va a vivir un momento especial.
A ese sudoroso 4-4 en el quinto set se ha llegado tras un asalto de cinco horas que ha ardido con servicios de Verdasco a 221 o 222 km/h. Han explotado 20 aces en el cuadro de Nadal, como una veintena de directos a la mandíbula. Han diluviado más de 90 golpes ganadores de Fer, Fernando, sobre la figura oscura de Nadal. Pero el gran guerrero de Manacor no ha caído. Una marea furiosa amenaza con devorarlo. Pero ahí sigue Nadal: una isla bronceada, casi perdida, pura roca volcánica que se niega a ser tragada por el mar.
Princesa.
Hasta ahí, hasta ese 4-4, Fernando Verdasco ha luchado como un héroe de cuento para recuperar a su princesa. ¿Podría ser que, después de todo, Verdasco jugara con este desgarro, precisamente porque una princesa balcánica le ha roto el corazón? ¿Podría ser que Verdasco estuviera mandando un mensaje al mundo y al entorno de la bella Ana Ivanovic... "Ella tiene que ser la número uno. La princesa. Pero aquí estoy yo, Fer, Fernando Verdasco, echando a Murray de Australia y achicando al número uno del mundo"...? Podría ser. 4-4, quinto set. Es semifinal de Grand Slam en Australia. La hora de la verdad, si alguna vez hubo una.
Es 4-4 y sirve Nadal, con cara de desesperación. La hemos visto tantas veces: Wimbledon, Pekín, Nueva York... 0-30. Verdasco, a dos puntos de servir para ganar el partido y montarle un safari a Federer, lujoso gato suizo, en la final del domingo.
Pero se repite ese momento especial de Wimbledon, Pekín, París y Nueva York: el momento ansiado en el que tú crees que has atrapado el bronceado corazón de Nadal. El momento en el que te dispones a escalpar la cabellera del gran guerrero... y de súbito, justo en ese mismo momento, comprendes que no. Comprendes que Nadal sigue en pie y golpeando: de 0-30 a 30-30. La roca sigue alzándose sobre la marea. No va a sumergirse. Nunca. Puedes no explicártelo, pero la primera sensación es de admiración inevitable: "¿Qué clase de hombre es éste, que resiste 20 aces y 90 tiros ganadores, que sigue galopando como un poseso, que devuelve tiros asesinos uno tras otro, después de soportar un castigo homicida...?". Verdasco y cualquier jugador o persona normal (no digamos Federer), podría pensar para sí un estremecido "Dios Mío, qué es esto, qué hago yo aquí ante este tipo, que no es humano". Y, en el momento, en que lo piensas... has perdido.
Porque Nadal sigue ahí. Es algo íncreíble. Es conmovedor: un reto impasible se convierte en un ataque salvaje. En sí, esta clase de defensa, desesperada, inhumana, tan salvaje como la de Mowgli en la jungla ante el feroz tigre Shere Khan, es el mejor de los asaltos. ¿Quién puede perforar esa coraza bronceada que se desplaza, que galopa, que sigue resistiendo cuando van cinco horas de combate...?
Como Tyson o Joe Frazier, Nadal es tenebrosamente indestructible. Todos podían, pueden perder (Dios sabrá cómo), pero tras ellos siempre dejaban y dejan un rastro de bronce: el coraje sobrecogedor. Tras la última intentona de Verdasco, el 0-30 del 4-4, Fernando vuelve a ver esos ojos sudorosos y desesperados del acerado ingenio de destrucción que tiene enfrente: sirve Verdasco. Nadal, 5-4 arriba en el quinto set, resta para ganar el partido...
Valor.
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Verdasco es valeroso. En Australia y en Argentina, ha demostrado ser nada menos que todo un hombre. Y un sensacional tenista. Pero el tanque de energía física que alimenta la poesía y proezas de su juego ya va en alerta roja. Y, mentalmente, 5-4 abajo, quinto set, Fernando ha llegado ante la misma pared que Federer en Wimbledon, el 7 de julio de 2008. El Muro Nadal, como el muro que hace enfermar a los maratonianos tras una treintena de kilómetros: el mismo muro ante el que Andre Agassi, nuevo amigo de Verdasco, se estrelló en su despedida de Wimbledon, en 2007.
Y, a las cinco horas y 14 minutos de juego, el partido más largo en la historia del Open australiano, Verdasco cae, tras un 0-40 con su servicio que limó con dos buenas voleas. Sentencia el drama una doble falta en el momento clave: pura y dura extenuación mental. La roca de Manacor sigue intacta. Nadal se arrodilla y, bajo los ojos del mito Rod Laver, celebra con delicadeza: Verdasco es un valiente. Pero la roca ya mira a Federer.