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Bundesliga: fue la última, ahora es la primera

La Liga alemana, locomotora en tiempos de coronavirus, no arrancó hasta la temporada 63-64 por los recelos al profesionalismo sin límites.

Konietzka, del Borussia Dortmund, marca en Bremen al Werder el primer gol de la jornada inaugural, 24 de agosto de 1963.
TELL / PICTURE ALLIANCE / DPA

La vuelta de la Bundesliga anima a otros grandes torneos, entre ellos al español. No es raro que Alemania tome la cabeza, hace años que lo hace en muchas cosas. La paradoja es que esta Bundesliga, primera en volver, fue la última en nacer.

El sistema de Liga fue un invento inglés, como todo en los orígenes del fútbol. Nació en fecha tan lejana como 1888 impulsada por el creciente profesionalismo. Los jugadores querían ganar más y también había más gente ávida de ver fútbol. Los amistosos ya no tiraban, la Copa ofrecía pocos partidos y surgió la idea de enfrentar a los mejores, todos contra todos, a ida y vuelta. Más tarde, otros países transitaron el mismo camino: amateurismo, profesionalismo y Liga. En España nació para la 28-29. En Italia, un año después. En Francia, en 1933.

En Alemania duró más el culto oficial al deporte amateur, primero por mentalidad clásica, luego porque el nazionalsocialismus veía mal el profesionalismo. Los jugadores cobraban compensaciones encubiertas, pero el sistema se resistía a dar ese paso. Se jugaban campeonatos regionales (llamados bezirkligas en la República de Weimar, gauligas en el periodo nazi) cuyos ganadores que se enfrentaban entre sí hasta dar un campeón nacional. En los años de Hitler, las gauligas se multiplicaron como los panes y los peces a medida que Alemania se ensanchaba en procura de lebensraum. Llegó a haber 16.

Alemania no tenía todavía Liga cuando ganó el Mundial de 1954 en aquella inolvidable final del “Milagro de Berna” ante la Hungría de Puskas, Kocsis y Czibor. El gestor de aquel equipo campeón, Sepp Herberger, era un apóstol de la creación de una Liga nacional. Había sido un estimable jugador que compensaba su pequeño tamaño (le apodaron Ardilla), con genio, ingenio y constancia. Fue varias veces internacional. Colgadas las botas, entrenó a su último club hasta que fue ayudante del seleccionador, Otto Nertz. El fracaso en los Juegos de Berlín hizo que este cayera. Le sucedió Herberger a título provisional. Sobrevivió al pinchazo en el Mundial 1938, en el que estrenó una selección fruto de Anschluss, mezcla de alemanes y austriacos que no funcionó.

Aunque había pertenecido al partido nazi, Herberger salió de la guerra con simple nota de “simpatizante” y mantuvo el cargo. Alemania se partió y el lado oriental, la RDA, creó su Liga en 1949. Herberger, que ya desde los treinta venía abogando por una Reichsliga, pensó que su nuevo prestigio le reforzaría y se volcó en la causa. Argumentaba que el modelo regional limitaba el crecimiento, que había que aceptar el profesionalismo sin límites (para entonces había un bajo techo salarial), que existía el peligro de que Italia se llevara sus valores. Paradójicamente, el Mundial ganado por él fue utilizado en su contra. Le decían: si somos campeones del mundo será que lo estamos haciendo bien.

Sepp Herberger con un grupo de seleccionados, entre ellos un jovencísimo Uwe Seeler, de pantalón corto.

Insistió tras el Mundial de Suecia, en el que Alemania fue cuarta. La anfitriona había hecho su selección condicionada por Italia, que solo a duras penas cedió a los siete suecos que jugaban en el calcio, con la condición de que si hubiese un Suecia-Italia no pudieran alinearse. Así era entonces: los jugadores que salían de su país quedaban a entera disposición del club comprador, y era gracia de estos que pudieran o no jugar en la selección de origen. En general, se les daba por perdidos.

Hubo de pasar el Mundial de 1962, en el que Alemania cayó en cuartos, para que su reclamo fuera atendido. Por entonces Italia ya asaltaba a Inglaterra (Hitchens, Law, John Charles y Baker) y a España (Luis Suárez, Del Sol y Peiró), y empezaba a hurgar en el mercado alemán con Haller y Schnellinger. Bastantes clubes respaldaban la lucha del viejo Sepp.

La asamblea del 28 de julio de 1962 fue dura. Todavía había muchas resistencias: la tradición, el troquel federal del país, los recelos hacia el profesionalismo desbocado y, sobre todo, los clubes medios o bajos, que verían las oberligas (como se llamaban ahora las viejas gauligas) empobrecidos sin los grandes. El presidente del Stuttgart amenazó con un motín: “Si los que quieren que sigamos viviendo en la Edad Media del fútbol torpedean la Bundesliga, tenemos ya tomada nuestra decisión: una Liga salvaje”. Varios clubes importantes le respaldaron. La postura de fuerza funcionó, y se aprobó por fin la creación de la Bundesliga para la temporada siguiente, la 63-64.

De entre los 74 clubes participantes en las cinco oberligas, 46 aspiraron a entrar. Hubo que seleccionar 16, elegidos con un criterio racional, muy alemán, con parámetros que tuvieron en cuenta los presupuestos y los resultados de los diez últimos años, dando más importancia a los años recientes. Los elegidos fueron Borussia de Dortmund, Colonia, Eintracht Braunschweig, Eintracht Frankurt, Kaiserslautern, Karlsruher, Hamburgo, Hertha Berlín, Meidericher, Münich 1860, Nuremberg, Preussen Munster, Saarbrüken, Schalke 04, Stuttgart y Werder Bremen.

El Bayern se quedó fuera. Cabía por baremos, pero la organización decidió que en la primera edición ninguna ciudad tuviera dos equipos, a fin de que hubiera las más posibles, y el Münich 1860 tenía mejor puntuación. El Bayern ascendió en dos años, ya con Maier, Beckenbauer y Müller, que fueron peana de su gloria.

La primera jornada anunció un éxito fulminante, con 300.000 espectadores, una media de 37.000 por campo. El primer campeón fue el Colonia, en el que aún quedaba un superviviente del “Milagro de Berna”, Schaeffer, También estaban ahí Weber y Overath, que serían finalistas del Mundial 66.

El Colonia, campeón de la primera edición, antes de saltar al campo en el último partido.

Herberger, que hacía años que había dejado de ser la Ardilla para convertirse en el Viejo Zorro, dejó la Selección en manos de su segundo, Helmut Schöen, ya en 1964. El provisional de 1936 había durado 28 años. Su tarea estaba hecha. Los clubes alemanes empezaron a convertirse en los cocos, frecuentando las finales de los campeonatos europeos y también los títulos. La temida fuga masiva de jugadores no se produjo, salvo la excepción del Borussia Moenchengladbach, cuyo gran equipo de inicios de los setenta desmanteló España llevándose a Netzer, Stielike, Bonhof, Simonsen y Jansen, estos dos últimos daneses. Era entonces un club de pocos posibles. Su estadio era tan pequeño que solía jugar como local la Copa de Europa en Düsseldorf. Luego hubo salidas relevantes escalonadas, como Breitner, Schuster, Klinsmann, Matthaus, Magath, Kroos… Pero casi todos los grandes jugadores alemanes han hecho lo mejor de sus carreras en Alemania. Y sobre el poderío de su selección no hace falta extenderse.

Hasta la 74-75 no se creó una Segunda División. En la 91-92, tras la reunificación, la Bundesliga se abrió a su mitad Oriental y dio entrada a los dos primeros de su liga 90-91. Aún ahora, solo hay dos, y otros dos en segunda, de la vieja RDA. Son 4 de 36, señal de que el desequilibrio económico entre las dos zonas subsiste. Ningún equipo ha conseguido mantenerse los 57 años. El último superviviente de los fundadores era el Hamburgo, que bajó hace dos años. El supercampeón es el Bayern, con 28 títulos, a los que suma otro de la época anterior.