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Susurros del campo

CON EL AVAL DE LA REVISTA TROFEO CAZA

Este blog es un viaje a esas jornadas de caza y conservación, esperamos que seáis nuestros compañeros de cuadrilla.

Autor: Rocío de Andrés

Susurros del campo

El celo del corzo

Las noches calurosas de verano, esas en las que las altas temperaturas te impiden dormir a “pierna suelta”, son las que el jabalí llena de ilusiones a tantos amantes del campo y calma el desasosiego producido por el obligado parón entre temporadas de caza. El corzo es también parte de esa espera.

El celo del corzo

Las noches calurosas de verano, esas en las que las altas temperaturas te impiden dormir a “pierna suelta”, son las que el jabalí llena de ilusiones a tantos amantes del campo y calma el desasosiego producido por el obligado parón entre temporadas de caza. El corzo es también parte de esa espera.

Es más, podríamos afirmar que el corzo representa para muchos cazadores lo que la misma temporada de mayor. Poco más de 15 años es el tiempo desde que el corzo forma parte de la parrilla de caza en nuestro país. De ahí hacia atrás era sólo considerado por una escasa fracción de cazadores.

La demanda de corzo es cada día mayor, tanto de caza como de conocimientos sobre la especie. Conocimiento como tal o para la aplicación a la buena gestión. Ahora, nos encontramos inmersos en su periodo de celo.

En primer lugar, habría que decir que los machos bajan la guardia, pero no así sus hembras o las crías de éstas, por lo que la única ventaja competitiva que tenemos es que al menos se mueven. Y es precisamente ese movimiento el que se revuelve contra el cazador en época de celo, al no fijarse los corzos donde uno los ve.

Muchas veces divisamos a la pareja en plena carrera y cuando queremos llegar a distancia de tiro, ya no están en donde los vimos o siguen moviéndose sin parar. La característica del celo es la movilidad, así que tendremos que tomar decisiones en cuestión de segundos y no pensar mucho las cosas.

Claro que tendremos oportunidades de esas de manual en que el corzo y la corza están embelesados dando vueltas al único matorral de un inmenso prado y lo único que tendremos que hacer es esperar un descuido para atizarle, pero lo normal será verlos salir a la siembra o el claro el uno tras la otra y tal cual salen se esconden para no volver.

La segunda ventaja es que en el celo se mueven a lo largo de todo el día. Por supuesto siguen concentrando sus esfuerzos en los momentos del alba y del ocaso, pero los calores les hacen andar en movimiento muchas más horas. Además, contamos con una ventaja adicional al menos en las zonas más secas, y es que necesitan reponer líquido, lo que los lleva a entrar al agua.

Cuanto más calurosa sea la jornada, antes pueden entrar a beber y no es raro que lo hagan a las cinco de la tarde, cuando aún quedan unas cuantas horas de luz y aprieta con fuerza “Don Lorenzo”. Luego buscaran un lugar fresco y a esperar la tarde.

Si en nuestras salidas encontramos un ‘corro de cópula’, que no es otra cosa que el surco en la hierba que dejan al perseguirse en el celo alrededor de un matorral u obstáculo, puede ser una buena opción para realizar una espera en el mismo, puesto que los corzos son animales de costumbres y territoriales.

Respeto a los reclamos, tengo que reconocer que no he tenido mucho éxito en su uso (mi hijo de 10 años, en cambio, ya es todo un experto).

No sólo hay que saber usar el butolo, también hay que saber dónde y cuándo usarlo. La teoría, que repito no he usado con mucho éxito, dice que lo primero que hay que hacer es no usarlo fuera de la época de celo para evitar ‘enseñar’ a los corzos que pito es igual a hombre.

Si nuestros corzos están oyendo “Piiiiiiiii, piiiiiiii” durante toda la temporada aprenderán que no hay que fiarse (tontos, no son). Así que el que quiera usarlo en el celo, debería abstenerse en su territorio de pitar cada vez que sale al campo.

Respecto a dónde usarlo y cómo, habría que decir que el butolo es efectivo para atraer a un macho que no esté acompañado de una hembra o que esté con una que haya salido del celo, y por ello atrae de forma preferente a corcitos del año con ganas de estrenarse más que a machos adultos.

Y si me paro a pensar en una tarde calurosa de verano, a la vera de un agua, con las chicharras pidiendo tregua al sofocante calor y las moscas cebándose conmigo, mientras la familia y amigos se solean en la piscina, es un reto que no todos los cazadores aguantan por muchas facilidades que nos den los corzos en celo, pero el mal de los corzos es así… ¡Bendita locura!

¡Salud y buena caza!