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El cromosoma vasco del Betis

Eusebio Ríos y, detrás, su hijo Roberto.

El club verdiblanco tiene una una historia muy conectada con el País Vasco.

Ese Betis tan andaluz, que no distinguimos si viste de Andalucía o si es Andalucía la que viste de Betis, tiene su historia muy entrelazada con el País Vasco.

En 1932, cuando cumplía 25 años, el Betis eligió al Athletic para celebrar sus Bodas de Plata. Los bilbaínos acababan de ganar la segunda Copa en propiedad, lo que quiere decir que de nuevo había logrado tres consecutivas. Era el Athletic de Míster Pentland, lo más de lo más en la época. Llegó como líder en la Liga, tras un empate en Valencia. El Betis estaba en Segunda. El partido se jugó el Día de Reyes, en el campo del Patronato, y los verdiblancos se impusieron 2-1. El no va más. Buen bajío. Ese año el Betis subió a Primera, antes que el Sevilla, que lo perseguía desde los inicios del campeonato, en 1929.

La fascinación por el fútbol del Norte la había inyectado en el club de las trece rayas Ignacio Sánchez Mejías, célebre matador que fue presidente del club en 1928 y 1929. Cuando lo dejó por falta de tiempo siguió influyendo. Además de matador de toros fue piloto, estudioso de los avances agrarios, mecenas del deporte y amigo de los poetas de la generación del 27. Su muerte inspiró a García Lorca una de las dos mejores elegías en castellano, en rivalidad con las coplas de Jorge Manrique a la memoria de su padre.

Durante su presidencia quiso fichar al navarro Lazcano, del Madrid, y a los donostiarras Marculeta y Bienzobas, de la Real. Sobre su idea madre de que el Norte producía los mejores futbolistas, y tirando hacia figuras más asequibles, se construyó un Betis que en 1935 ganó su primera y hasta hoy única Liga. Tenía seis vascos: Urquiaga, Areso, Aedo, Larrinoa, Unamuno y Lecue. Más Saro, nacido en Valladolid pero criado en Guecho. Un 0-5 en Santander valió el alirón. El entrenador fue Patrick O’Donell, irlandés, en armonía con la devoción norteña por los técnicos británicos.

Tras la guerra el Betis lo pasó mal. Llegó a desesperarse en Tercera. Regresó a Primera de la mano de un guechotarra, Antonio Barrios, jugador de la preguerra en el Arenas, que haría una larga y provechosa carrera como entrenador. En el Betis estuvo en tres periodos. El primero, ese del regreso a Primera. Incorporó, entre otros, a un tal Eusebio Ríos, viga maestra del club durante muchos años.

Eusebio Ríos, vizcaíno de Portugalete, se hizo jugador en el Indauchu y bien podría haber sido el sucesor de Garay en el Athletic, pero el destino le llevó al Betis, donde jugó diez años, fue capitán y leyenda, y llegó a internacional. Formó parte de un Betis histórico, clasificado para la Copa de Ferias, primera participación europea del club. Luego, tras el paso como técnico por varios clubes (entre ellos el Athletic) regresó al Betis, donde trabajó en la detección de talentos. Entre ellos, su propio hijo, Roberto Ríos, sobre el que volveré.

Entre un Ríos y otro, el Betis consiguió su segundo título nacional, la Copa de 1977, precisamente ante el Athletic de Bilbao, con un vizcaíno en el banquillo, el mítico Iriondo, y el meta donostiarra Esnaola. La final tuvo un desenlace inolvidable a los penaltis, con Esnaola e Iribar tirándose el uno contra el otro, en la segunda ronda, como viejos pistoleros. Ganó Esnaola, ganó el Betis. Era la primera Copa del Rey, tras tantas del Generalísimo. La única Liga del Betis había llegado durante la República. Dos patas para la leyenda rebelde del beticismo.

Dejé colgado a Roberto Ríos, el hijo de Eusebio. Subió al Betis cuando su padre era técnico. ¿Enchufe? No. Jugó allí cinco temporadas, viviendo la alegría de un ascenso, como su padre. Fue internacional Sub-19, Sub-21 y lo sería en 11 ocasiones en la ‘A’. En la 97-98 le fichó el Athletic. Era nacido en Bilbao, así que, aunque se había criado como jugador en el Betis, no había obstáculo. El Athletic andaba necesitado de un central y pagó la cifra récord por un jugador español en la época, 2.000 millones de pesetas. El doble de lo que el Madrid pagó un año antes al Valencia por Mijatovic, un goleador contrastado.

Lopera tuvo una forma desagradable de alardear: “Le hemos cobrado al Athletic mil millones de central y mil de vasco”. Incluso, insinuó que sería negocio “fichar pollitos vascos y criarlos”. Aquello amenazó con averiar aquella relación. Pero aún se dio el caso notable de Beñat, rescatado por el Betis cuando estaba en el Conquense, y luego repescado por el Athletic.

Hoy no hay vascos en el Betis, pero sí un cierto reflejo amortiguado de esa búsqueda del fútbol del Norte: los cántabros Quique Setién y Sergio Canales. El equipo del Guadalquivir siempre llevó aguas del Cantábrico. España está cosida por hilos invisibles.

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