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André Gomes es buenísimo

MR. PENTLAND

Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento.

Autor: Alfredo Matilla

MR. PENTLAND

André Gomes es buenísimo

André Gomes es buenísimo

LLUIS GENE

AFP

André es uno de los nombres propios de este cierre de mercado y André fue el gran protagonista de mi última presencia en un campo de fútbol...

No me quito de la cabeza a André Gomes. Éste es un blog centrado en los entrenadores. Lo sé. Pero tiene su sentido que hoy hable del portugués, un buen futbolista devaluado hasta límites insospechados por su escasa agresevidad con y sin balón. Tras lo visto en Can Barça, entiendo el estrés que debe estar pasando Valverde a estas horas a la espera de que el centrocampista acepte alguna propuesta de las que tiene encima de la mesa y, además, quiero intentar saber qué se le pasa por la cabeza a Allegri y a otros entrenadores: querer quitarle un marrón semejante al Barça con el objetivo de apropiarse de él, con orgullo y talonario, suena a suicidio. André es uno de los nombres propios de este cierre de mercado y André fue el gran protagonista de mi última presencia en un campo de fútbol. En concreto, en el Barça-Alavés de la pasada final de la Copa del Rey.

A la despedida oficial del Calderón asistí con los dos hombres de mi vida, mi querido padre y mi admirado hermano. Para sorprenderles compré las entradas en una zona privilegiada, por lo que vimos el partido junto a la centrada zona del estadio que la Federación asignó a su comité de entrenadores. Allí estaba Oltra, bien majo, y la vieja guardia de los banquillos liderada por Zambrano. Me senté entre mis dos familiares, mi hermano a mi derecha y mi padre a la izquierda, de tal suerte que Juan Carlos Garrido, exentrenador del Villarreal y del Betis, estaba hombro con hombro con el patriarca de mi casa. Para sorpresa, él me reconoció de primeras de la misma forma que yo le reconocí a él pese a su pelado. Y eso que no nos habíamos visto en la vida y que la foto que acompaña a los artículos de AS, su presunto referente visual, lleva años sin renovarse escondiendo mis canas. Pronto avisé a mis socios de tribuna de la presencia del prestigioso entrenador. No esperaba un saludo efusivo por su parte, la verdad, pero tampoco la mirada de desprecio que me dedicó. No entendía nada, sobre todo cuando hizo debutar a mi primo Javier Matilla en Primera y debería haber cierta camaradería y complicidad. Me tuve que poner a buscar en la red qué había escrito yo de él.

Pronto entendí todo. El 19 de diciembre de 2013 escribí en este mismo rincón un post titulado ‘Juan Carlos Garrido (J.C.G.): un Mourinho a la española’ que el valenciano debió leer atropelladamente o del que alguien le tuvo que informar sin la debida precisión. Pese a contar en el artículo sus obsesivas manías en busca de la perfección, en el texto también se destacaba por encima de todo su progresión, su valía y su facilidad para encontrar el talento en las canteras. Se ve que no le gustó. Las otras veces que había plasmado su nombre (sin altercados) en un folio fue cuando el técnico dirigía al Villarreal y yo cubría al Racing en Santander. Contrasté en esa búsqueda por internet que al contrario que le sucede a Sabina, a Garrido no le sobraban los motivos.

Al contrario que le sucede a Sabina, a Garrido no le sobraban los motivos

La cercanía entre unos asientos y otros en la gran final de Copa me impidió explicarle a mi padre lo que allí estaba pasando, ya que me animaba una y otra vez a que le saludara para iniciar una conversación. Mi padre, a su forma, quería decirle que su sobrino fue un día uno de los jugadores de los que más presumió. Que en mi casa le estábamos agradecidos. Y que dónde entrenaba ahora. Obviedades protocolarias a las que yo podría haber añadido un dato inolvidable: el día que alineó a mi primo por primeva vez en el Bernabéu (6-2) fue un 21 de febrero de 2010 y tanta era la ilusión que me hizo la noticia, confirmada por mensaje a mediodía, que viajé ese mismo sábado desde Santander. Aunque me había sacado el carnet tres meses antes, aunque llovía a mares y pese a que el coche nuevo no había pasado de Torrelavega.

Mi padre, ya con el partido a punto de empezar, no se pudo contener. Es así de sociable. Saludó a Garrido y se presentó amablemente, recibiendo como respuesta unas palabras cariñosas y un regalo inesperado en forma de frase lapidaria: “¿Ése es su hijo, no? No entiendo por qué siempre escribe tan mal de mí”. Alex tardó diez segundos en hacerme llegar que acababa de confirmar que sí, que me había reconocido, y que no parecía tener muchas ganas de que habláramos. Entonces no pude parar de reír. Qué piel más fina, pensé. Pero lo peor vino después. En vez de gritarme y sacarme los colores, de restregarme algo en cara como desahogo, de darme un puñetazo por escribir cuatro (dolorosas) verdades o, mejor, de resolver el malentendido pacíficamente, me echó en cara a André Gomes.

Primero fue un amago. Con Iniesta y Theo ya haciendo de las suyas en el césped, a cada opinión sobre el juego del Barça que yo compartía con mis familiares, él replicaba en alto a modo de lección táctica sin mirarme. Creí que me estaba obsesionando. Después, confirmé que no. Harto de que los de las primeras filas se levantaran cuando Messi cogía el balón en ¡medio campo!, obligando a los demás a hacerlo lo propio y ver el resto de la hilvanada jugada de pie, decidí intervenir mediado el primer tiempo. En una jugada sin importancia, André Gomes vino a la medular a recibir entre líneas, y el personal volvió a agitarse sobre el asiento, nublando la vista al resto. Entonces me salió del alma un inofensivo quejido, ahondando en el populista descrédito que ya se estaba labrando el barcelonista: “¡Siéntense, por favor! El que lleva el balón es André Gomes y no Messi”. Más de uno sonrió. La mayoría no hizo caso ni escuchó. Garrido, siempre atento, explotó: “¡André Gomes es buenísimo!”, gritó molesto. Como queriendo ridiculizarme al rumiar otra frase sin verbalizarla: “No tienes ni puta idea”.

La anécdota ha vuelto a desempolvarse estos días en los que André vuelve a ser noticia. A veces, cuando la recuerdo, incluso me alegra el día. En ese momento supe que la relación entre Garrido y yo no tenía solución. Si a mí no me gusta André a él parece sí. Si para mí Senna era un referente vital y deportivo, a él le cazó El Día Después diciéndole a Roig en la previa de aquel Madrid-Villarreal de 2010 que “Senna no está para este equipo”. Distintas formas de ver la vida. Ahora el brasileño es el embajador del Submarino tras haber sido indiscutible dos años más de lo que predijo en Primera y de quedarse hasta en Segunda para ascender. André Gomes, aunque tiene más futuro que pasado, está sentenciado en Barcelona. Garrido entrena en el Raja Casablanca tras pasar por el Al-Ahly y el Al-Ettifaq. Y este blog sigue vivo y ha hecho piña con unos cuantos pese a ser, supuestamente, tan lenguaraz.

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