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Lopetegui en el cajón

MR. PENTLAND

Míster Pentland fue justo lo que la mayoría llevamos dentro: un entrenador. El precursor y más innovador. Este rincón tratará de su gremio. De los inicios, las trayectorias y las anécdotas de sus sucesores. Modestos y profesionales. Españoles y foráneos. De club o seleccionadores. Bienvenido. Pase y tome asiento.

Autor: Alfredo Matilla

Lopetegui en el cajón

Ahora que ya ha prescrito puedo confesarlo. La entrevista por la que más elogios he recibido de un entrevistado nunca se ha publicado. Mi trabajo más satisfactorio, por las respuestas en mayor grado que por las preguntas, está guardado en un cajón. Hace unos días, sin quererlo, me encontré de nuevo con él gracias al único lado positivo que tiene el maldito síndrome de Diógenes. La tinta de esas notas aceleradas permanece impoluta aunque ya han pasado diez años. Los folios, doblados, arrugados e ilegibles, están más amarillentos que blancos. Permanecen más ordenados en mi mente que en el cubo de la basura, adonde ya los he mandado. Recién nombrado en su cargo como director de ojeadores del departamento de Internacional del Real Madrid, Julen Lopetegui me concedió un café en el Hotel Wellington de Madrid para conocernos en persona y para resolver algunas dudas. Fue una hora entretenidísima, sin grabadora pero con pluma, de la que no publiqué jamás ni una sola línea. Cosas del periodismo.

Hablamos tanto de fútbol, de su esencia y de la base; y tan poco de la actualidad, de que si Messi o Cristiano, de los chascarrillos y de la polémica del fin de semana; que recién llegado al diario no me atreví a vender ese trabajo voluntario y silencioso por miedo al rechazo. Temía el típico “¿pero cómo no le has preguntado por esto?”. También ayudó a mi decisión final el hecho de que hablar con el ahora seleccionador era, a esas alturas, algo secundario. Y que incluso él mismo me confesó al final de la charla, en la que se mostró “encantado”, que dados los continuos off the record y la inminente publicación en Realmadrid.com de una entrevista con él a modo de presentación, lo mejor era que no sacara nada en su boca. Y así lo hice. Desde ese septiembre de 2006 no he vuelto a coincidir con él, convirtiendo aquel encuentro en el ideal de entrevista que siempre persigo y casi nunca consigo.

Aquella mañana Julen, sin más testigos ni fotógrafos, reconocía que su pasión era la cantera, como luego demostró en el Castilla y en las categorías inferiores de la Selección. Hablaba de las veces que necesitaba ver a un chaval para saber que sería profesional y qué exigía para dar el paso de atarlo. De sus viajes a la Copinha de Brasil para analizar de cerca a Neymar, al que llegó a traer a Valdebebas a entrenar. De cómo se convivía en el Madrid con tantos gallos juntos en el mismo corral (coincidió con Portugal y Mijatovic). También se deshacía en elogios con un tal Marcelo y el Pipita Higuaín dos meses antes de que llegaran. De cómo era el Madrid cuando él jugaba y de cómo se lo había encontrado ahora. De su entrega por la profesión de ojeador. De su suerte por poder viajar de acá para allá viendo futbolistas junto a sus ayudantes de lujo, Rafa Monfort y Antonio Vilches. Del ejemplar trabajo de Carlos Bucero con la cantera, que curiosamente ahora se ha convertido en su representante. Llegué a casa con la sensación de que había perdido una oportunidad maravillosa de compartir con los lectores un buen rato y, sobre todo, de promocionarme como aprendiz en esos días en busca de un contrato. Sin embargo, tenía la certeza de que había ganado un conversador y quién sabe si una fuente.

Lo

Desde entonces volví a hablar con él tres o cuatro veces por teléfono. No se llevaba eso del whatsapp. Siempre para confirmar algún dato, para ver qué tal le iba por el club o para aclararnos algo. Sin tensiones ni temores. De forma muy distendida y agradable. Suele pasar que cuanta más cercanía y más cariño le tienes al interlocutor, más respetas sus silencios y menos comprometes la relación. Hasta que el 12 de marzo de 2008 le llamé por última vez para decirle que cambiaba de aires, que tuviera suerte en el futuro y que para lo que necesitara estaría por El Sardinero. Desde aquel hasta luego únicamente he sabido de él a través de amigos comunes o por los medios de comunicación. Nunca nos hemos vuelto a llamar. Ni tan siquiera a cruzar. Yo sé de él por la tele y, quizás, él de mí por sus lecturas del periódico o de nuestra web. Un error por mi parte por haberme obsesionado en abrir nuevas vías y en no mantener las ya abiertas. Y un acto reflejo y comprensible por su parte: por el estrés, por su exitoso y rápido crecimiento y porque, no me engaño y me río, yo simplemente sería uno más... Aunque suene despechado.

Por eso, hace unas semanas, cuando lo vi en persona en un encuentro informal con otros colegas de profesión al que me podría haber sumado, decidí echarme a un lado, como el que antes prefiere mantener el recuerdo que soportar la realidad. Preferí no acercarme a saludar, a pesar de las ganas que tenía de darle la enhorabuena por su cargo y de recordarle que Víctor Ruiz está de dulce. No acudí hacia él por temor a que no me recordara. No por ego ni porque aquel café lo pagara yo. Más bien por no comprobar que el idealismo está caduco. También actué así por el vértigo a no estar a la altura de nuestra única conversación o de echar abajo otro referente al que sigo admirando. De ahí que me alegre cada día más de no conocer Messi, a Bunbury o a Enric González. Además, me comporté de esa manera por pánico a tener que preguntarle en algún momento, por las exigencias del guión, por el Balón de Oro o por Casillas. Y, sobre todo, por el pavor a tener que volver a la redacción a escribir algo menor sobre él, con todo lo bueno que podría enseñarnos y yo ya sabía, que esta vez sí estaría mucho mejor guardado con llave.