Una jornada imponente en Valladolid
Este blog se llama ‘Me gusta el Fútbol’, por lo que algunos desavisados podrían pensar que dedicar este espacio al Rugby contravendría el título y el espíritu. Bueno, mirado literalmente, contravendría el título. Pero Fútbol y Rugby son ramas de un mismo tronco y no me siento mal por traer aquí mi experiencia de este fin de semana.
Me avisó Juan Mora:
-El fin de semana, la final del Rugby entre el Quesos Entrepinares y El Salvador va a llenar Zorrilla. Habrá veintitantos mil espectadores. ¿Te vienes conmigo?
Le dije que sí, que iría con él. Me asaltaron la memoria las mejores imágenes que recuerdo del Rugby. Los primeros partidos en TVE, cuando Carlos Piernavieja glosaba a “Williams, zaguero de Gales…”, que siempre desagobiaba a los suyos con una patada limpia desde la línea de veintidós. Carlos Piernavieja (internacional en cinco deportes, en aquellos años heroicos) fue el primer vate del rugby en nuestro país. Con él viví aquellas primeras emociones.
Recuerdo haberle preguntado entonces a mi padre por qué el Rugby no había cuajado en España. Mi padre formó parte de aquella juventud de antes de la guerra que aspiraba a una España que superara el casticismo garbancero y que vio como buenas todas las influencias del deporte, aquella corriente que nos venía de fuera:
-Este es un país seco. Jugar al rugby en un país tan seco es muy duro.
En esos años, yo jugaba mucho al fútbol y andaba siempre raspado. Viendo a los jugadores del Cinco Naciones (hoy Seis Naciones por la, a mi juicio, aún no justificada presencia de Italia) rebozarse en el barro casi sentía envidia.
Tantos años después, este domingo disfruté de la apoteosis del Rugby en Valladolid. Los dos grandes equipos de España son de esa ciudad, en la que en cada familia hay algún tipo de nexo con uno de los dos equipos, cuya raíz está en sendos colegios de la ciudad. En Valladolid o eres ‘escocés’ (del VRAC, o Quesos Entrepinares) o eres de El Salvador. SilverStorm. Puedes no ser de ninguno, pero no es lo común.

A José Ignacio Tornadijo, cabeza de la SER Deportes, se le ocurrió hace poco más de un mes que la final de Copa, a la que llegaron ‘escoceses’ y ‘chamizos’, vallisoletanos todos, podría jugarse en el Nuevo Zorrilla, el gran estadio de fútbol de la ciudad. Lo soltó en su programa, animado por Fernando ‘Canas’, el gran prócer del Rugby en la ciudad. Entre ambos plantearon como un desafío llenar el anillo más bajo, unas diez mil localidades.
El alcalde, el socialista Óscar Puente, la cazó al vuelo y se puso al frente de la manifestación. Reclutó de inmediato a Pedro Sánchez para la causa, y luego se afanó en llevar al Rey. Envió a la Casa Real un par de misivas con respuestas frías (esto es un eufemismo), pero aprovechó la visita de la Reina Madre a Valladolid por la causa del Banco de Alimentos para darle la brasa. Así consiguió que acudiera el Rey al partido.
Desde que Alfonso XIII fue a un España-Italia en Montjuïc hasta el partido de Valladolid, ningún Rey de España había acudido a un partido de Rugby. Éste lo habrá agradecido, sin duda. Una estruendosa ovación saludó su presencia. Alguien, a mi lado, me comentó lo que todos estábamos pensando:
-¡Qué diferencia con su papelón en la final de fútbol, con el Barça y el Athletic!
Y, en efecto, qué diferencia. Pero no la única. Fue una pena que RTVE no diera el partido, no ya por la Monarquía, cuyas cuitas van por otro lado, sino por el valor que el Rugby supone en todos. He empezado por decir que el Fútbol y el Rugby son ramas de un mismo tronco. Es hora de decir que el Rugby ha conseguido ser el santuario de los valores deportivos que alumbró el Siglo XIX. A su alrededor, todos los deportes se han ido encanallando. El Rugby sigue fiel a unos principios que le hacen admirable.
Valladolid, sin ningún entrenamiento previo, fue testigo de eso. Todo el campo vendido, sin localidad asignada, y cada cual encontró su sitio. Silencio expectante en cada golpe de castigo o transformación. Moderada cuanto fiel animación a cada equipo cada vez que metió al otro en apuros, cosa que ocurrió pocas veces, en honor a la verdad. Felicitaciones al final, entre vencedores y vencidos, en una bella liturgia.
Mi padre ya no vive hace muchos años. Ahora tendría 103. Imposible. Pero le recordé, eché en falta que hubiera visto esa forma de estar en el deporte, que su (y mi) querido fútbol abandonaron hace tiempo. El masajista en el campo mientras se juega. El profundo respeto al árbitro. El afecto del público por el rival. Ese silencio ‘maestrante’ ante cada tiro a palos.
No fue un gran partido de Rugby, pero honró al Rugby.
Me desagradó, tengo que decirlo, el mamoneo del hiperdesarrollado palco. Estuve tras ‘ello’, en la cabina de la SER. Hacía más de diez minutos del final del descanso cuando todavía volvían a su asiento ‘estupendos y estupendas’ que habían ido allí a pintar la mona. Faltaban cinco minutos para el final cuando, con marcador apretado, ese mismo tipo de gente se iba marchando. En la Gloria estén.
Esfumados de una vez, asistimos, sin ellos, a un ritual magnífico. Felipe VI bajó y dio la Copa, ante una ciudad feliz, sin exageraciones. El lunes habría de amanecer con los problemas de siempre. El deporte no da soluciones, pero da alegrías. Tras el partido, las aficiones de uno y otro se mezclaron, como los dos equipos. Comieron judías con chorizo en las carpas aledañas, bebieron cerveza, que al Rugby viene a ser lo que el vino a la Misa. Se abrazaron, entre sí y con aficionados o jugadores de otras partes de España. Todos felices, porque el Rugby había vivido su mejor día en España.
Juan Mora y yo volvimos en un AVE. Petado, como el de ida. En el fondo de la tarde bullía la inquietud de lo que harían o dejarían de hacer el Atlético ante el Granada y el Barça ante el Valencia. Pero los dos, Juan y yo, teníamos la sensación de haber vivido algo diferente.
Y, si se me permite decirlo, superior.

