Liebres: fabricantes de récords

Ángel Cruz
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Como todos sabéis, las liebres son atletas que ayudan a otros a hacer marcas de relieve o récords mundiales en las pruebas de mediofondo o fondo. Ellos mismos tienen alta calidad y con frecuencia están muy bien pagados. Para ser una buena liebre se requiere, esquemáticamente, ser un buen atleta y tener un sentido extraordinario del ritmo.

Las primeras liebres, que se sepa, se pudieron contemplar el 5 de octubre de 1930, en el Estadio Jean Bouin. El francés Jules Ladoumègue batió el récord mundial con 3:49.2, en una pista de 450 metros. Las liebres fueron Séraphin Martin, plusmarquista mundial de 800 metros con 1:50.6 (la prueba de que las grandes liebres deben ser atletas de mucho nivel), y un periodista llamado Jean Keller. Entonces estaba vigente una norma que decía que la liebre debía acabar la prueba, pero ni Martin ni Keller llegaron a la meta. Sin embargo, el récord fue homologado. La norma ya no rige en la actualidad.

Pero el uso de liebres se popularizó, sobre todo, con motivo del asalto, con éxito, a la barrera de los cuatro minutos en la milla. La carrera, que forma parte de la mitología del atletismo, se celebró el 6 de mayo de 1954, en Oxford. Roger Bannister ganó con 3:59.4 y sus marcapasos fueron los también británicos Chris Chataway, que terminó segundo, y Chris Brasher, que finalizó sexto. Éste tiró hasta las 880 yardas y luego tomó el mando Chataway, con Bannister detrás.

Otro ejemplo de que las liebres deben ser atletas de élite, porque Chataway batió meses después el récord mundial de 5.000 metros y Brasher fue campeón olímpico de 3.000 metros obstáculos en Melbourne 1956.

Y otro ejemplo más. El keniano William Tanui, oro olímpico en los Juegos de Barcelona 1992 se convirtió en liebre codiciada cinco años más tarde y tuvo mucho que ver en el récord mundial que el marroquí Hicham El Guerrouj batió en la milla el 7 de julio de 1999 en Roma, donde terminó la carrera de 1.609 metros en un tiempo de 3:43.13, plusmarca mundial vigente. El también keniano Robert Kibet fue el primer marcapasos, hasta las 880 yardas. Tanui tomó el mando en el mil y aguantó hasta las 1.320 yardas. Se retiró. Por sus méritos como liebre percibió 15.000 dólares, la cifra más alta, que se sepa. Y es que, si el esfuerzo de la liebre conduce a un récord mundial, el acuerdo económico se duplica.

También hay liebres camufladas y se me vienen a la memoria dos casos, que presencié en directo. En los 10.000 metros de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 venció el marroquí Khalid Skah, en una carrera polémica. Perdió vuelta el también marroquí Hammou Boutayed, pero al ser doblado resucitó y ayudó a su compatriota. Los jueces intentaron retirarle y Skah fue descalificado, pero, tras la reclamación magrebí, se le reinstaló en lo más alto del podio. Cuando se le entregó el oro recibió una sonora pitada.

En los Mundiales de Sevilla 1999 los protagonistas también fueron marroquíes. Tiró como una bala Adil Kaouch, haciéndole la carrera a Hicham El Guerrouj, que venció finalmente con la mejor marca hecha jamás en 1.500 metros en un campeonato: 3:27.65. Por detrás, el keniano Nohan Ngeny (3:28.73) y los españoles Reyes Estévez (3:30.57), Fermín Cacho (3:31.34) y Andrés Díaz (3:31.83). Todo perfectamente legal, pero quizá poco deportivo. Reyes Estévez se encolerizó.

En el atletismo español también han existido y existen buenas liebres: Antonio Páez, que tuvo el récord español de 800 metros fue el mejor de todos e intervino en reuniones internacionales, no sólo españolas. Marc Roig es un experto actual en estas lides e hizo de marcapasos a la keniana Florence Kiplagat en la medio maratón de Barcelona de este mismo año, y también ayudó a la maratoniana gallega Alessandra Aguilar. Rafa Iglesias y Manuel Penas hicieron de liebres de Carles Castillejo…

Y también hay liebres que acaban ganando las carreras, algo que no es usual, pero que se ha producido en determinadas ocasiones. He aquí algunas de ellas:

Oslo 1981, carrera de 1.500 metros en los Bislett Games: Se reunieron casi todos los mejores corredores del mundo, con la ausencia notable de Sebastian Coe. La liebre era el estadounidense Tom Byers y en el grupo de atletas estaban nada menos que los británicos Steve Ovett (plusmarquista del mundo) y Steve Cram, el alemán Thomas Wessinghage, el estadounidense Steve Scott, el neozelandés John Walker y el español José Luis González.

Byers pasó en 57.52 (400 m) y 1:54.83 (800) y el grupo perseguidor a unos cincuenta metros por detrás. En esa constelación de grandes mediofondistas el interés dejó de ser hacer marca y el objetivo pasó a ser ganar la prueba. Nadie quería perder. De forma que la liebre llegó primera a la meta, con 3:39.01, con segunda plaza para Ovett (3:39.53) y tercera para González.

Los Ángeles 1994, maratón: El keniano Paul Pilkington debía ser la liebre hasta la mitad de carrera y pasó en 65:15, con un minuto de ventaja sobre el resto, que marchaba a un minuto de distancia. Como vio que nadie le seguía, decidió continuar y venció con 2h 12:13… y de pasó se llevó 27.000 dólares y un coche de regalo. Cuentan que un periodista estadounidense se dirigió al segundo clasificado, el italiano Luca Barzahi, para advertirle de que la liebre seguía viva, pero el transalpino no sabía inglés, de forma que llegó a la meta pensando que era el vencedor y levantando los brazos en señal de alegría.

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Berlín 2000, maratón: El keniano Simon Biwott era el marcapasos y tiraba, entre otros, de Fabián Roncero, a la sazón plusmarquista español. Éste se retiró y Biwott decidió seguir. Y venció con un tiempo importante: 2h 07:42, cinco segundos por delante de otro español: Toni Peña.

Las liebres son casi necesarias para batir los récords mundiales en las pruebas de mediofondo y fondo, pero, eso, casi necesarias. En los Juegos de Londres 2012 el keniano David Rudisha batió el tope mundial con 1:40.91, sin liebres de ningún tipo. Era la primera vez que sucedía en un campeonato en esta distancia al aire libre desde que el cubano Alberto Juantorena batiese las plusmarcas en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 (1:43.5) y en la Universiada de Sofía 1977 (1:43.4).