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Todo es más grande en Texas

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Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

Autor: Juanma Rubio

Todo es más grande en Texas

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En 1976, año bisiesto, nació Kevin Garnett y murió Agatha Chrisite; Rocky ganó el Óscar a la mejor película, el Mobilgirgi Varese ganó al Real Madrid la final de la Copa de Europa (81-74) y Nadia Comaneci (con 14 años) cambió la historia del deporte en los Juegos Olímpicos de Montreal con aquel 10 en barras asimétricas que dejó boquiabierto hasta al marcador electrónico, que enseñó un 1 porque no estaba preparado para una puntuación que hasta ese momento se consideraba inalcanzable para un ser humano. En la NBA, Boston Celtics ganó la final a Phoenix Suns y Kareem Abdul-Jabbar fue MVP en su primer año en los Lakers con 27,7 puntos y 16,9 rebotes por partido. Los Jazz estaban en Nueva Orleans, los Kings en Kansas City y los Clippers eran todavía los Buffalo Braves…

Y no hubo ningún equipo texano en playoffs. Por última vez y en circunstancia que no se ha repetido en los siguientes 38 años. Por entonces sólo doce equipos jugaban las eliminatorias (16 a partir de 1984), San Antonio Spurs y Houston Rockets jugaban en la Conferencia Este y Dallas Mavericks no era ni el proyecto que nació en la expansión de 1980. Desde entonces siempre ha habido al menos un equipo texano en las eliminatorias por el título y sólo siete veces ha habido solamente uno, cuatro de ellas los Spurs. Y diez veces han estado presentes los tres. Una verdadera declaración de firmeza competitiva, especialmente si se considera el potencial que ha tenido la Conferencia Oeste históricamente, más después de la era Jordan y en los últimos tres lustros. Y en una tendencia que no hace sino reafirmarse: de esas diez veces en las que los tres han jugado playoffs, seis han sido desde 2004: seis en once años. Desde 2000 (jugaron sólo los Spurs y cayeron en primera ronda ante los Suns) ha habido como mínimo dos y al menos uno en segunda ronda. 

Dice el viejo axioma americano que todo es más grande en Texas, everything’s bigger in Texas. Es el segundo estado más grande sólo por detrás de Alaska, mayor que los diez más pequeños juntos. En tanto espacio, claro, todo fue siempre más grande: las granjas, los ranchos, las fábricas. Además es también segundo en número de habitantes, muchos de los cuales perpetúan una tradición localista que les hace ser primero tejanos y después estadounidenses. Así que Texas tiene tres franquicias en sus tres grandes núcleos urbanos (Houston, Dallas, San Antonio), por delante -entre las que tienen más de una- de las dos de Florida y Nueva York y sólo por detrás de California y su superior masa de población en grandes núcleos urbanos (Los Ángeles, Sacramento, Oakland, San Francisco, San Diego…). En California hay cuatro franquicias (Lakers, Clippers, Warriors y Kings) que no replican, más allá del brillo dorado de los Lakers, la sostenibilidad competitiva de los equipos tejanos, situados en ciudades que por lo demás no alcanzan en cantidad y calidad la pulsión mercantil y el atractivo como lugar de residencia de Los Ángeles, Nueva York, Chicago o incluso Miami.

Texas, el Nuevo Reino de Filipinas para los colonos españoles, es un bastión de un Oeste en casi permanente escalada competitiva. Los Spurs y su milagro en perpetuo movimiento suman diecisiete presencias en playoffs seguidas con cinco títulos y han estado por encima del 50% de victorias desde 1997. Los Mavericks ganaron el título en 2011, como colofón a un histórico periodo desde que Mark Cuban asumió el mando (2001-2012), en el que no faltaron a playoffs ni bajaron de ese 50% de triunfos. Mientras, los Rockets han sido los que más altibajos han tenido desde sus títulos en formato back a back (1994-1995), ganados a lomos de Olajuwon mientras Michael Jordan jugaba al béisbol. Y lo más llamativo es que los tres equipos han encontrado su propia autovía competitiva en formatos de franquicia muy distintos. Un contraste del que la próxima temporada se podrá hacer de nuevo balance tras otra temporada, densa, dura y crucial: todas los son en la NBA.

Las tres deberían estar de nuevo en los playoffs 2015, salvo catástrofe Spurs y Rockets y con muchas papeletas los Mavs. El caso de San Antonio ha sido escrutado al milímetro tras el quinto anillo en quince años de un proyecto sostenido (Peter Holt-R.C. Buford-Gregg Popovich-Tim Duncan) que precisamente alcanzó la perfección en las finales ante Thunder (en el Oeste) y Heat. Este verano se ha limitado a alargar la vida del núcleo duro y renovar de forma rápida y limpia a jugadores instrumentales de su presente como Mills y Diaw. Poco ruido y muchas nueces a las puertas de una temporada en la que, a diferencia de lo sucedido antes de las cuatro o cinco últimas, nadie profetiza su colapso por saturación del cuentakilómetros. 

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Mucho más llamativo es el contraste entre los modelos de Mavericks y Rockets como fuerzas emergentes. En realidad casi antitéticos. Estrellas contra profundidad, personalidades fuertes fuera de la cancha o dentro de ella: Carlisle y Cuban contra Harden y Howard. La pasada temporada, los Rockets ganaron 54 partidos y fueron cuartos del Oeste y quintos de la liga. Los Mavericks, 49 y octavos, décimos de un top-ten global que, otra vez, incluía a los tres equipos de Texas. A los primeros les faltaba la profundidad de los segundos, que a su vez no tenían el diferencial individual de los Rockets con un Dirk Nowitzki todavía imponente pero ya en el tramo crepuscular de su carrera. Generalmente es más difícil ganar partidos en playoffs sin grandes estrellas que sin una inmaculada estructura colectiva, si bien los campeones acostumbran a tener ambas cosas. Unos y otros cayeron en segunda ronda pero, contra pronóstico, fue mucho más saludable la imagen de los Mavericks ante San Antonio Spurs (4-3) que la de los Rockets ante unos Blazers (2-4) que partían como víctimas de un rival que en octubre era aspirante wild card para algunos analistas. 

No sería raro que en la nueva temporada, los dos equipos frenaran exactamente en el mismo lugar: unos por falta de profundidad y armonía, otros por la ausencia de egos impulsores en los momentos decisivos. Ambos van a ganar muchos partidos a partir de estructuras radicalmente opuestas. Los Rockets siguen metidos en la revolución que inició en los despachos Daryl Morey para superar los traumas de la fallida era Ming-McGrady. Giros copernicanos muy arriesgados que valieron las imprevistas llegadas de James Harden y Dwight Howard pero que han hecho aguas por primera vez este verano en la búsqueda del tercer soldado: ni Carmelo ni sobre todo un Chris Bosh que casi tenía billete de avión para Houston cuando la salida de LeBron atronó en Miami pero que plantó a los Rockets en el altar y después de un flirteo que había amasado espacio salarial con las muy baratas salidas de los muy caros Lin y Asik. Los Rockets perdieron también a Chandler Parsons, que se fue precisamente a Dallas demasiado sobrepagado para los planes iniciales de Morey, que recuperó a un Trevor Ariza que se había ido cuatro años antes y víctima de la misma política acrobática y agresiva que ahora le devuelve a un equipo que necesita como el comer su capacidad de cubrir campo en defensa y de anotar triples liberados en ataque. Los Rockets no serán en definitiva muy distintos al colectivo ligero articulado sobre el dúo ultrapesado que forman Dwight Howard y un James Harden al que Kevin McHale permite unas ausencias defensivas que no tenía en sus años en Oklahoma City. Basta con revisar sus minutos emparejado con Kobe Bryant en los playoffs de 2010. 

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Esa inestabilidad -en positivo y en negativo- diseñada para competir a zancadas, choca con la reconstrucción a partir de la clase media que ha vivido Dallas Mavericks, que optó por rehacerse desde la cima justo cuando fue por fin campeón, en 2011. En lugar de agotar un proyecto que había tocado techo, retuvo a Nowitzki como fundamento de su identidad y removió todo lo demás. Primero hizo espacio económico y planes para unas grandes estrellas que dijeron sistemáticamente que no (LeBron, Howard, Deron Williams, Chris Paul, Chris Bosh…); Después evitó caer en el pánico a base de utilizar esa masa salarial en rellenar un roster híper profundo, con pocos reyes pero muchos alfiles. A la fuerza, pero sin dejar nunca de competir a partir del libreto de un entrenador como Rick Carlisle que está entre los mejores de la liga, marca una de las diferencias fundamentales con (por ejemplo) los Rockets y es la razón principal por la que los Mavericks fueron el rival más incómodo para los Spurs en los últimos playoffs.

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Esa necesidad hecha virtud de los Mavericks será aún más profunda ahora con el regreso de Tyson Chandler y la llegada de Chandler Parsons, Jameer Nelson, Greg Smith, Richard Jefferson, Raymond Felton o Al-Farouq Aminu. Química, profundidad y eje Ellis-Nowitzki al servicio de un excelente ideólogo que cuenta con una vasta red de mimbres que resulta incluso excesiva para algunos analistas. Todo lo contrario a Houston y lejos, como lo están todos los equipos de la NBA, del proyecto/milagro de San Antonio. Y finalmente sólo una certeza: los tres equipos texanos volverán a ser, animadores o favoritos, nombres propios en la nueva temporada. Queda ver cuánto y hasta dónde y si, al final y una vez más, todo es más grande en Texas.