Taconazo de Di Stéfano y caída de Pazos
La Liga 53-54 fue la primera de Di Stéfano en el Madrid. El Barça había ganado las dos anteriores (con la Copa, o sea que hizo sendos dobletes consecutivos) y aquella se presentó emocionante. Era un duelo Madrid-Barça por un lado y Kubala-Di Stéfano por otro. A cinco jornadas del final, llegaron apretados, con el Madrid dos puntos por encima pero Kubala pichichi, con 20 goles, seguido de Di Stéfano, con 18. Ese domingo, 21 de marzo, el Barça tendrá un tropiezo fatal en El Sardinero. Tras ir ganando 1-3 en el descanso acabó perdiendo 4-3. Mientras, el Madrid ganaba 6-0 al Jaén y se iba a cuatro puntos del Barça (36-32), y Di Stéfano, que hizo dos de la media docena al Jaén, empataba con Kubala a 20.
En esas condiciones se llega el 28 marzo a la jornada vigésimosexta, a cuatro del final. El Barça recibe al Oviedo, el Madrid viaja a Valladolid. El mismo día se pone la primera piedra del Camp Nou, del que se dijo que se edificaba porque ya no cabían en el viejo Les Corts tantos como querían ver a Kubala. El Barça recibe ese día al Oviedo, al que barrerá 9-0, con dos de Kubala, los mismos que marcaron Duró y Tejada. Moreno, Basora y Maristany completaron la goleada.
El Madrid, por su parte, tenía en el viejo Zorrilla una gran ocasión. El Valladolid había sido un gran equipo no mucho antes, siete de sus jugadores habían estado en una convocatoria de la Selección, pero había perdido al mejor de todos ellos, Coque, y al lateral Lesmes II, traspasado precisamente al Madrid. Andaba en la parte baja. Ganando ese partido, el Madrid mantendría su ventaja de cuatro puntos sobre el Barça a cuatro jornadas del final. Sería suficiente.
El Valladolid sale con: Saso; Matito, Lesmes I, Losco; Ortega, Lasala; Domingo, Lolo, Morro, Rabadán y Tini. El Madrid va con: Pazos; Navarro, Oliva, Lesmes II; Muñoz, Zárraga; Atienza I, Olsen, Di Stéfano, Joseíto y Molowny.
En el 14, Di Stéfano marca uno de sus más extraordinarios goles, que es portada en Marca, pero al que, leídas las crónicas de la época, no se concedió en su día la importancia justa. Fue en un córner que sacó Atienza I, peinó Olsen y Di Stéfano remató de tacón, en postura difícil, un recurso genial e imaginativo para un balón difícil. Algún gol más marcó Di Stéfano de este estilo. Uno al Espanyol y sobre todo otro a Bélgica, en 1957, con España, a pase de Miguel, el más bello y difícil de todos. También les marcó de tacón uno al Atlético y otro al Peñarol, entre otros, pero más simples. Desviando un balón raso que le pasaba entre los pies.
El de Valladolid fue cogiendo más vuelo con los años. La foto circuló. Del de Bélgica nunca hubo foto, L’Équipe hizo una reconstrucción muchos años más tarde, con el propio Di Stéfano, cuando le dieron el Balón de Oro de los Balones de Oro, en 1986. El caso es que la foto de Valladolid, la que ilustra esta página, se vio tanto que alcanzó caracteres de leyenda. Con el tiempo, ha habido tanta gente que le ha dicho a Di Stéfano que le vio marcar ese gol que él me ha comentado alguna vez:
—¡Parece que lo marqué en Maracaná! ¡Y en aquel campo no cabían más de 20.000! A ese gol siguió el 0-2, en pase adelantado de Di Stéfano a Joseíto, en el 17. En el 30, pase de Lolo a Rabadán, duda de Pazos en la salida y gol. En el 37, saque rápido de banda de Di Stéfano, a Joseíto, con la defensa descolocada; el pase de este lo transforma Atienza I en el 1-3. Así se llega al descanso.

Taconazo de Di Stéfano en la visita del Madrid al Valladolid de la temporada 1953-54.
Y así sigue el partido, 1-3, hasta el 75. Entonces llegarán tres minutos decisivos en la vida de Pazos, que, por una de esas cosas que el fútbol produce de mucho en mucho, va a encajar tres goles seguidos, de Lolo, Rabadán y Morro. El Madrid, que se veía campeón en el minuto 75, vuelve derrotado. La victoria del Barça por 9-0 no ayuda a Pazos, y tampoco las declaraciones de su entrenador, Enrique Fernández:
—Tres balones bombeados, tres goles.
Pazos me recordaba, muchos años después, que Di Stéfano se sentó junto a él en el autobús de regreso y le animó:
—Te culparán todos, seguro. Pero no ha sido tu culpa. Perdimos todos, como ganamos todos cuando ganamos…
Pero la opinión pública no lo tomó así. De repente surgió el rumor de que Pazos tenía amores con Queta Claver, una belleza de la época. Pazos era grande, bello, de fuertes pectorales, bien marcados por sus llamativos jerséis. Pero nada que ver con Queta Claver. Sin embargo, el bulo cogió una fuerza tremenda. Era un clamor: Pazos estaba en brazos de Queta Claver y al Madrid se le iba a escapar la Liga por eso. La primera Liga que podía ganar desde antes de la guerra. Hasta el gol de tacón de Di Stéfano pasó a segundo plano. Pazos y su inventado amorío eran la comidilla. Y no le ayudó nada que Enrique Fernández, el entrenador, le relegara para los cuatro últimos partidos, sustituyéndole por Juanito Alonso. Aquello pareció una confirmación.
Con Alonso y sin Pazos, el Madrid ganó los dos partidos que le quedaban en casa, pero perdió las dos salidas, a Vigo y a Sarriá. Pero ganó la Liga, con cuatro puntos de ventaja sobre el Barça y Di Stéfano fue pichichi con 29 goles, contra los 23 de Kubala.
Pero a Pazos le quedó una cruz. Bernabéu, de acuerdo con él, le cedió la temporada siguiente al Hércules, que estaba en Primera. Hizo una gran campaña, el Hércules acabó sexto. Pero seguía la comidilla, en muchos campos le incomodaban con eso. Mientras, Juanito Alonso se había afianzado en la portería del Madrid, que repitió título de Liga y ganó su primera Copa de Europa.
Bernabéu, con dolor de su corazón, dejó libre a Pazos, que se fue al Atlético, donde jugó de la 55-56 a la 61-62. Cuando ya pasados los treinta le apretó Madinabeytia, el Atlético le dio la libertad y fichó por el Elche, con el que compartiría, siempre en Primera, el mejor periodo en la historia de ese club, desde la 62-63 a la 68-69. En total, contando con dos en el Celta, en sus inicios, completó 18 temporadas en Primera. Ahora vive en un chalé edificado sobre lo que fue el viejo Altabix. Un gallego de Cambados atrapado por el sol y las palmeras de Elche. Y todavía, con más de 80 años cumplidos, recuerda aquella tarde como el día crucial de su vida:
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—¿De dónde saldría aquello? ¿Ya, qué más me daría confesarlo si fuera verdad? Yo nunca tuve nada que ver con Queta Claver. No me quejo de cómo me fueron después las cosas, pero pude haber sido el portero de las cinco Copas de Europa del Madrid…
Y tiene, enmarcada y colgada en la pared, la carta de despedida que le firmó Bernabéu cuando dejó el club.
