Un busto de Puskas en Valdebebas

Alfredo Relaño
Actualizado a

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Un busto de Puskas en Valdebebas

El Madrid inauguró ayer un busto de Puskas en Valdebebas. Me gusta. El Madrid de estos días que no encuentra su camino, que tiene algunos ramalazos que me hacen pensar en el Anzhi, hace muy bien en hurgar en lo mejor de su pasado. El principal campo de la Ciudad Deportiva, el que utiliza el Castilla, se llama Alfredo Di Stéfano. Ahora Puskas tiene un busto allí. Falta un detalle para con Gento, el único hombre que ha ganado seis veces la Copa de Europa. Jugó dieciocho temporadas en el Madrid y ganó doce ligas. Estuvo en el acto, en AS va una foto de él besando a la viuda de Puskas, su viejo camarada, con el que hizo ala tantas veces.

 

Este lunes, Maldini pondrá en Fiebre Maldini un buen resumen del último gran partido de Puskas, un Madrid-Feyenoord de la Copa de Europa 65-66. Para entonces el comandante ya marchaba hacia los cuarenta años, le sobraban muchos kilos y rara vez jugaba. Ese día lo hizo por una cadena de lesiones, pero marcó cuatro goles.

 

 Aquel partido lo vi yo, de eso puedo presumir. Y otros cuantos antes. Era el tiempo en que de regreso del colegio a nuestras casas, la pandilla remoloneábamos por la Plaza del Niño Jesús, junto al Retiro, donde vivía él. A veces le veíamos, sentado en la terracita de un bar, bromeando con camareros y parroquianos. Un día me atreví a acercarme y prendí una breve conversación con él que se acabó cuando me atreví a preguntarle cómo es que perdieron la final del 54 con Alemania, siendo mejores:

 

-Muy fácil, chico. Porque ellos marcaron un gol más.

 

No le gustaba el recuerdo. Metí la pata, me di cuenta al momento. A Puskas el fútbol le negó ese Mundial, cuando él y su selección eran los mejores del mundo, sólo que a él le lesionaron en el primer partido de la fase de grupo, precisamente contra Alemania, y no reapareció ante la final, también con Alemania. Aunque marcó un gol y dio un tiro en el palo, no se libró tras la derrota de las sospechas de haber impuesto su presencia, pese a no estar en plenitud. ¡Pero eso yo entonces no lo sabía!

 

Puskas fue el único jugador que hizo dos carreras completas, sucesivas, con cualquiera de las cuales hubiera sido reconocido como un grande. La primera, en Hungría, con el Honved (antes llamado Kispest) y la Selección Húngara, aquella que con un 3-6 le quitó a Inglaterra el invicto en Wembley, hace ya sesenta años. Aquel fue el legítimo ‘Partido del Siglo’ y como tal se le conoció. Llegó al Madrid con 31 años, tras uno y medio parado. A finales de 1956, cuando los tanques de la URSS  irrumpieron en Budapest para sofocar las ansias de liberación del país, el Honved está fuera, en una gira de partidos que incluye su visita al Athletic de Bilbao en la segunda Copa de Europa. Varios de los jugadores, entre ellos Puskas, decidirán no regresar. Dejó en la selección húngara 85 goles en 84 partidos.

 

Tras pasar año y medio en La Riviera, escribiendo en periódicos y contratándose para amistosos, Bernabéu decidió ficharle para el Real Madrid. Tenía 31 años y quince kilos de más. Carniglia, el entrenador del Madrid, se resistía a la contratación. Cuando se hubo hecho, Antonio Calderón, el gerente, se lo comunicó a Carniglia, que reaccionó, molesto, con estas palabras:

 

-¿Ah, sí? ¿Y qué hacemos con su barriga?

 

Un busto de Puskas en Valdebebas

A lo que Calderón replicó:

 

-La barriga se la quita usted, que para eso está.

 

Puskas fue recibido con reservas en el primer entrenamiento. El equipo había ganado las tres primeras copas de Europa de forma consecutiva. La llegada de Puskas podía alterar el ecosistema. Pero cuando acabó el entrenamiento, Di Stéfano sentenció:

 

-Este Pancho maneja la bola con la zurda mejor que yo con la mano.

 

Y fue aceptado por todos.

 

Se quitó bastantes  kilos, aunque no todos, y varios los fue recuperando poco a poco después. Jugó nueve temporadas en el Madrid, hasta casi cumplir los cuarenta. Dejó 236 goles en 261 partidos. Gordo y todo, tenía un sprint corto, de diez metros irresistible, y con esa ventaja sacó un partido colosal a su pegada, potente y precisa. Lo del peso le importó tan poco que dio su nombre a una marca de salchichas envasadas, tipo ‘frankfurt’, pero con un deje a chistorra extraño para la época. En mi familia, hablábamos tanto de él, con mi hermano y mis primos, que mi abuela, que no estaba ya en sus mejores luces, nos dijo un día:

 

-A ver si me presentáis un día a ese tal Puskas, que tengo curiosidad por conocerle…

 

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Años más tarde, cuando yo ya era periodista, y no aquel muchacho torpe que le recordó el peor día de su vida, me contó cómo lo había conseguido. Iba cada mañana, antes de la escuela, al campo de fútbol. Ponía una escalera apoyada en la portería, y chutaba una y otra vez, para colarla por el peldaño de abajo, por el segundo, por el tercero, por el cuarto, por el quinto, por el de arriba… Así estaba hora y media, desde una posición y otra. Iba una y otra vez por el balón, porque casi nunca tuvo alguien que se lo devolviera.

 

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