Aquel gol de Katalinski en Fráncfort
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No crean que España se ha clasificado siempre con facilidad para el Mundial. Hubo veces que no fue así. De hecho, hemos faltado a seis, y si bien al de 1930, el primero, no fuimos porque no nos apuntamos, y el de 1938 nos pilló en guerra civil, a los de 1954, 1958, 1970 y 1974 no fuimos porque nos eliminaron antes. La última vez fue por culpa del gol de Katalinski, cuyo nombre quedó para siempre en el depósito de desdichas de nuestro fútbol, en aquella época en que tanto abundaron.

Kubala era el seleccionador. Optimista, expansivo, líder, creó un gran ambiente, los jugadores le querían porque era avanzado en métodos, cariñoso con ellos, les daba gran información… La prensa le respaldaba y la afición también. Pero ganó más batallas que guerras. Entró cuando ya estábamos eliminados para el Mundial 1970 y tras elevar el ánimo y ganar importantes amistosos no consiguió meternos en la Eurocopa de 1972. Nos eliminó la URSS: 2-1 allí y 0-0 en Sevilla. Primera decepción.
El siguiente objetivo era el Mundial de Alemania, en 1974. El sorteo nos mete en un grupo con Yugoslavia y Grecia. Empezamos con pinchazo, un 2-2 con Yugoslavia en Las Palmas, y eso gracias a un gol de Asensi en el segundo minuto del descuento. La decepción es enorme, llueven las críticas y Kubala habla entonces del pecado latino, que consiste, en sus palabras, en “presentar antes del partido a la selección como un dragón de dos cabezas y cuatro colas, y echarla por tierra después si no gana”. Y tenía razón. Luego mejoramos, ganando 2-3 a Grecia en Atenas y 3-1 en Málaga. Queda la visita a Yugoslavia, donde nos jugamos el bigote: 0-0 en Zagreb, jugando bien, muy bien, con un tiro al palo que luego tendremos que lamentar. Dos victorias, dos empates. No está mal, después de todo. A Yugoslavia le queda visitar Grecia y la situación, contados puntos y goles, está así: España irá al Mundial si Yugoslavia pierde, empata o gana por un gol de diferencia. Yugoslavia irá al Mundial si gana por tres o más goles. Y si gana por dos, habrá que desempatar.
El Grecia-Yugoslavia se televisa en directo en España, coincide con la hora de comer. Empieza ganando Yugoslavia 0-2 y a nosotros se nos hacen los dedos huéspedes pensando en un tongo. Al descanso se llega 2-2. Luego, 2-3 y en el 90, cuando ya nos veíamos en el Mundial, 2-4, lo que desata la ira nacional contra el portero griego, Kelesidis, distinto del que había jugado los dos partidos contra nosotros, Konstandinou.
Hay que desempatar. Se fija el 13 de febrero, en Fráncfort, la misma ciudad en la que se ha de jugar el partido inaugural del Mundial otro día 13, el de junio, y que enfrentará a Brasil, campeón de 1970, precisamente con el ganador de ese desempate.
Las vísperas son solemnes. Se suspende una jornada de Liga y Kubala concentra en Eurovillas, a las afueras de Madrid, a 22 jugadores, como si fuera un Mundial. La prensa, la radio y la tele se vuelcan en esta concentración, que culmina con un amistoso en el Calderón, ante el Atlético, a puerta cerrada, de noche y con el Atlético vestido de Yugoslavia: pantalón blanco y camiseta azul. Que no faltara un detalle. A la hora de la verdad, de puerta cerrada, nada. Hay mucho aficionado ávido en las puertas, y como tenían pase muchos enchufados se formó un motín y hubo que abrir. Entraron 20.000 personas, lo que da idea del interés que había. La megafonía pide una y otra vez silencio, y más o menos se cumple. Sólo se rompe con aplausos. En la primera mitad salen los mismos que jugarán en Fráncfort: Iríbar; Sol, Benito, Jesús Martínez, Uría; Juan Carlos, Claramunt, Asensi; Amancio, Gárate y Valdez. Amancio marca tres golazos y España se va al descanso 3-1. Luego salen los suplentes y el partido acaba 5-3. Buenas impresiones. Se confía mucho en Amancio, que a sus 34 años todavía brilla, y eso que el Madrid está en crisis: esa temporada cayó Miguel Muñoz.
