Jornada en Elche y velada en Almansa
Salí a las dos y media, por tren, con Matallanas. No pude ir antes por una reunión de PRISA. Por delante habían ido Pedro Pablo, Manolete, Roncero y Vispe. En Alicante hicieron un reportaje con Asensi, que quiere lanzar la idea de un fut-golf, o sea, el golf con hoyo más grande, en el que quepa una pelota de fútbol y con el pie en lugar de los palos. Me resulta llamativo. En breve lo colgará Vispe en ASTV. Luego, malditos, se fueron a comer un arroz sin igual a Matola, muy cerquita de Elche, con Sepulcre, Escribá, Albacar y Riverita, los invitados al acto de la noche.
El acto que llamamos ‘Encuentro con los Ases’ consiste en reunir en algún auditorio a los personajes más destacados del club para que se sometan a las preguntas de los aficionados. Me gusta. Resulta fenomenal como promoción de AS pero no es sólo eso. Aprendemos mucho en cada sitio, palpamos lo que hay, conocemos gente, o refrescamos conocimientos y, sobre todo, escuchamos lo nuestro. Metidos en Madrid, al fin y al cabo un poblachón manchego en el que nos encontramos la pequeña tribu del fútbol y del periodismo en unos pocos sitios, necesitamos de cuando en cuando saber que hay otros mundos y que también están en este. En la mesa yo hago de moderador, los mediáticos del periódico se sientan en primera fila, por si conviene agitar el debate o se les pregunta por algo y junto a ellos se colocan veteranos del club, con la misma intención.
Llegué a al Palacio de Congresos media hora antes del inicio, así que sólo pude disfrutar un ratito de la conversación de los veteranos. Estaba Marcial, el único futbolista que he visto (fue en un Barça-Atlético, jugando él para el Atlético) marcar dos tiros libres, uno con cada pie. Ambos tocaditos y uno a cada escuadra, con Artola volando inútilmente. Estaba Lico, el primer jugador al que vi sacar largo de banda hasta el área, como un córner, que me dijo que lo aprendió de Liz. Estaba Vavá, Pichichi nacional con aquel Elche que llegó a meter cuatro jugadores en la Selección. Conocí a Quirant, el futbolista que más partidos ha jugado en la historia del Elche. Subió de Tercera a Primera en dos temporadas, con César de entrenador-jugador, y luego vivió toda la gran época, hasta que cedió el testigo al gran Canós, uno de los internacionales. Estaba Bonet, que pasó del Elche al Madrid y triunfó hasta una lesión por entrada de Migueli en la final de Zaragoza le apartó del fútbol. Estaba Botella, una promesa colosal a la que un desdichado accidente de tráfico apartó del fútbol justo cuando empezaba…
Y estaba el salón abarrotado. Entusiasmo pero con prudencia, mensaje ético en cada una de las respuestas de cada uno de los interpelados, una hora y media de charla, y alborozo final cundo Manolete anunció los fichajes para el curso que viene y cuando Roncero hizo arrancar al auditorio con el grito de “¡El año que viene, Elche-Real Madrid!”
Y a esperar el ascenso. Yo conocí al Elche en Primera División cuando empecé a interesarme por el fútbol, así que lo tengo en mi paisaje familiar. Vi un buen Elche que se transformó en otro me atrevo a decir que aún mejor. En el primero tenían fuerte presencia los paraguayos, particularmente Romero, un interior izquierda sensacional. Aquel era el equipo de Quirant, con Pazos (que no pudo venir, lástima) de portero, y con una delantera que llamaban ‘del CLERO’ por la inicial de cada uno de los nombres: Cardona, Lezcano, Eulogio Martínez, Romero y Oviedo.
Salimos hacia las nueve, en una furgoneta de ocho plazas alquilada. Siempre procuramos dormir en casa, así que hacemos lo que las cuadrillas de los toreros después de la corrida: todos a la furgoneta en cuanto es posible. Suele conducir Pedro Pablo. Salimos, todo hay que decirlo, como chorlitos, sin hacer ninguna comprobación, ninguna consulta, ninguna llamada a Tráfico. ¡Y cuidado que habíamos visto un paisaje nevado al venir al tren, por toda la zona de Albacete-Chinchilla-Almansa! Pero fuimos unos chorlitos.
Íbamos tan felices cuando empezó la nieve. Luego, más nieve. El carril de la izquierda, tupido, en el de la derecha, dos roderas por las que circulábamos a cincuenta, detrás de otra furgoneta de aire profesional. Pedro Pablo se temía lo peor (la responsabilidad del conductor), yo predicaba optimismo, dando valor a eso de que un optimista es un pesimista mal informado. Seguimos dale que dale, con Pedro Pablo rezongando, hasta que la Guardia Civil nos desvió, justo a la entrada de Almansa:
-No se puede seguir. La carretera está cortada.
Así que a Almansa. Vispe lo venía pronosticando:
-Nos quedaremos en Almansa, el pueblo de Bernabéu.
Y recordó cuando tiempo atrás nuestro amigo Salazar fue a Almansa a dar una charla sobre Bernabéu y defendió que no era de Almansa, sino de Montealegre, el pueblo de al lado.
-¡La que se lio!
En Almansa fuimos rebotando en busca de hotel. Todo lleno. Pies fríos y mojados de andar por la nieve. Pedro Pablo esperaba que unos conocidos suyos nos pudieran dar cobijo, pero no tenían dónde. Yo apostaba por ir al Pincelín, a comer unos gazpachos manchegos, calentarnos y organizarnos. Mientras, Roncero se puso en contacto con ‘Madridismo sin Fronteras’. O sea, llamó al presidente de la Peña Madridista de Almansa, a ver si nos podía localizar alguna cama o algún techo.
Cuando entramos en Pincelín había un tipo muy simpático, náufrago también de la nevada. Un gallego locuaz e inteligente que en ese momento estaba hablando por teléfono con su señora:
-¡No te lo vas a creer, pero en este mismo momento está entrando en mi salón Tomás Roncero!
Nos sentamos, nos sirvieron los gazpachos (Manolete y Vispe eran debutantes en esta comida y se entusiasmaron, se trata de un guiso de caza y torta, en nada relacionable por lo que conocemos habitualmente como gazpacho), el gallego y su sobrino, con el que viajaba, se sentaron con nosotros. Ellos habían terminado de cenar. Habían reservado hotel y se las prometían muy felices.
Y en eso apareció José Jiménez Sáez, el salvador. El presidente de la Peña Madridista de Almansa, que nos anunció que tenía una casa con seis camas. Abrimos los ojos como platos. Entendí que era la casa de la madre o de la suegra, en la que habían ido quedando vacías las habitaciones de la prole, pero que estaban perfectamente equipadas para los periodos de vacaciones, en los que se juntaba otra vez la familia. Para más perfección, su casa está a cien metros de la estación. Nos aconsejó, y así lo hicimos, reservar un tren que salía de Almansa hacia Madrid a las ocho de la mañana. Llamamos al AS a Marisa, la imbatible secretaria de noche, y al poco rato teníamos los billetes en el fax del Pincelín.
-¿Y la furgoneta?
-Vendrán a por ella a la estación de Almansa, apuntó Pedro Pablo con la tarea resuelta.
Como estábamos tuiteando, empezaron a llamar radios. Se me ocurrió poner que Manolete y Roncero tenían que compartir cama y aquello fue el no va más. Nuestro salvador entró en Onda Cero y resultó que le desagradaban muchos artículos míos, porque es mourinhista, así que aun concedo más mérito a que me alojara. El amigo gallego resultó haber sido compañero de pupitre de Sepulcre, con lo que nos contó nuevas cosas del Elche. Era un tipo magníficamente relacionado e informado, además de un excelente conversador. No se le cambió el humor ni cuando se enteró de que habían ocupado ya su habitación reservada en el hotel, por demorarse tanto en ir. Daba igual: José Jiménez se ofreció también a alojarle a él. Se sumaron a la mesa los amigos de Pedro Pablo, cuyo hijo David es defensa central del Almansa. La madre decía:
-Es muy bueno, puede suceder a Varane en el Madrid.
-¡Caray! ¡Pero si Varane tiene su misma edad! ¿No será más fácil que suceda a Cata en el Atleti?
Hasta las tres no acabó la charleta. En el Pincelín, uno de cuyos camareros sostenía peligrosamente la tesis de que Bernabéu es del pueblo de al lado, fueron pacientes. Lo de Bernabéu tendría su base en que en realidad habría nacido en una casita de campo muy cerca de Almansa, pero perteneciente al término municipal contiguo, Montealegre, sólo que al ser Almansa mucho más grande habría servido siempre como referente de la familia para todo. Pero nuestro héroe y salvador zanjó la cuestión asegurando que tenía copia de la partida de nacimiento, en la que se fijaba éste en Almansa, con calle y número que ocupó la familia Bernabéu en esos años, en paralelo con la casita del campo.
El amigo gallego, con el que intercambiamos teléfonos, resultó ser un nacionalmadridista a la altura de Roncero, al que regaló unos guantes de bandera de España, con su pollo y todo. Apareció más gente. Aquello era un poco película de Almodóvar o Berlanga, con guión de Azcona. Ya casi nos habíamos olvidado de dormir cuando Pedro Pablo nos lo recordó. Y nos fuimos todos, gallego y sobrino incluidos. La casa era confortable, estaba templada, ideal. Dormimos tres horitas, con los pies calientes y los gazpachitos distribuyéndose discretamente por el sistema sanguíneo.
A las siete y media nos levantamos. Manolete y Tomás tenían buena cara, nada acusaba que hubieran existido desavenencias durante la noche. Todos estábamos de excelente humor. El gallego se despertó feliz en su sofá, al ver a Roncero nada más abrir los ojos:
-¿Qué, Roncero? ¿Hay algo nuevo en el Madrid?
Al momento apareció José Jiménez, que madrugó más aún, para venir de su propia casa a recogernos. Nos acompañó a la estación, se quedó las llaves de la furgoneta. El gallego se echó a la carretera e hizo bien: ya estaba limpia.
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A las once y poco estábamos en Madrid, agradecidos a la fortuna de llevar a Roncero entre nosotros. Unas cosas con otras, fue mucho mejor que los regresos habituales, en los que toda la aventura es parar donde nos dé la una y veinte, para que Manolete entre por teléfono en El Larguero desde cualquier páramo con sus ‘bacalás’.
‘Madridistas sin Fronteras’, recuérdenlo. Si un día se quedan tirados, acudan a ellos. Son infalibles.
