Supe que sería un camino largo, pero que María llegaría a la meta
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Mientras el sol se oculta bajo las montañas en este lejano lugar de Corea, leo las palabras de María. Y se me hiela el alma. Imagino ese momento de verse por primera vez sin uno de sus ojos y cómo bromeó con su madre para tranquilizar a la que le dio vida. En Australia, hace ya varios mundos, tuve la oportunidad de volver a entrevistar al fin a esa chica de la que tanto me habían hablado antes del inicio del año, tantas y tantas cosas... María comenzaba su primera temporada dentro de la F-1. Encontré una madrileña, una chica con ganas de hacer realidad su sueño. Nada menos. Y nada más. Cuando me cruzaba con ella por esos paddock del mundo, siempre saludaba con la manos y a veces esbozaba una sonrisa, de esas de luz. Parecía tímida, pero fuerte, una de esas personas que guarda el cajón de los esfuerzos para cuando hacen falta, que no regala palabras sino hechos.
Una mañana fui a un hospital de Cambridge con el ánimo de dar un abrazo a sus padres y a su hermana, de transmitir algo de calor. Quizá me equivoqué. Sé lo que se siente cuando alguien a quien quieres lucha por su vida. En ese momento, de todas maneras, supe que María se recuperaría, que el camino sería, será largo, pero que llegará a la bandera de cuadros. Ayer en la lejanía de Corea del Sur, volvió a emocionarme con sus palabras. Dice que pensó que nadie la querría jamás, ahora que todos la quieren tanto. María debe abrir las puertas, darse cuenta de que es mucho más fuerte que antes, que siente tantas cosas. A veces, cuando me siento mal, llamo a mi amigo Isidre Esteve, él también sabe mucho de todo esto. Y sus palabras me alegran la vida. Ahora María está en esa tropa reducida de personas mágicas capaces de sanar. Porque se han salvado. Lo mejor está en el porvenir. Dios te salve, María.
