Calor, espectáculo y aficionados a remojo
El Dakar atrae a miles de atónitos seguidores.

La reunión de aficionados a remojo tiene explicación. La temperatura en el noroeste de Argentina ronda los 40 grados y no es habitual que casi medio millar de pilotos (aquellos chalados con sus locos cacharros) atraviesen la plácida llanura chaqueña. Consideren que la mayoría del tiempo los únicos paseantes por la zona son los pumas (sin laca), los flamencos (sin quejío) y los zorros (sin maletín).
El asombro de los vecinos recuerda al de las tribus africanas que una vez al año veían pasar junto a su choza un atronador desfile de marcianos con casco. La curiosidad brota en cualquier raza y latitud. El espectador, desértico o al bañomaría, observa el espectáculo con interés y con la secreta esperanza de obtener algo, ya sea una tuerca o una participante femenina, que hay trece en la carrera y mucho soltero en la comarca. Tampoco falta, seguro, quien sueña con convertirse en héroe, ayudando al piloto herido o averiado, proeza que le hará protagonista del noticiero local y personaje más popular entre las muchachas del pueblo (volvemos a las urgencias de la soltería).
El coche (BMW X3, habitual en los barrios altos y entre las señoras de postín) pertenece al eterno Peterhansel y atraviesa una de las bañeras que salpican la región, lagunas también conocidas como esteros (de ahí el nombre de la provincia, Santiago del Estero).
Fiesta.
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No parece probable, no obstante, que los arrugados espectadores conozcan la identidad de los pilotos. Tampoco era conocido el nombre de los titiriteros que visitaban las aldeas ni el de los americanos que atravesaban Villar del Río y todos ellos eran recibidos con un pasillo de alegre muchedumbre.
Lo importante es la fiesta, la cita, el baño comunal y la tertulia. Esa congregación de la que igual sale un amigo que una novia. En resumen, ¡Que viva el Dakar!