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Volando en la nieve con el rey del Dakar

A un lado, la nieve pinta de blanco una montaña adornada por enormes pinos, que parecen recién sacados de aquellos estuches de pinturas de la niñez; al otro sólo existe el vacío. Y junto a mí, Giniel de Villiers mirando al frente con el volante entre las manos, concentrado, tranquilo, como si volar por las montañas de los Alpes fuera algo habitual para él. El ganador del último Dakar es un piloto extraordinario y lo demuestra también en la nieve y el barro de los caminos alpinos.

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El copilotaje con el mejor piloto del último Dakar es un regalo del que algunos salen casi temblando y con los ojos fuera de las órbitas tras un momento que no olvidarán jamás. Al Race Touareg le han puesto neumáticos especiales de clavos y se desliza en la nieve como si fuera su hábitat natural, increíble en un coche nacido para un terreno tan diferente como el desierto.

Mientras la montaña rusa continúa junto a mí, De Villiers pregunta preocupado si va demasiado deprisa. "No, no, que va", digo mientras me arrepiento casi al instante de mi atrevida respuesta. Son cuatros kilómetros, menos de cinco minutos, de choques, de golpes en la espalda y saltos casi imposibles, que parecen eternos mientras duran... y se tornan efímeros al acabar.

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