Laia, la bella sonrisa del trial mundial
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Sentada en un sofá del hospitality de Red Bull, GP de Valencia, F-1, vaqueros, camiseta de verano a la moda y gafas Ray Ban de aviador, Laia Sanz sólo parece especial en su belleza. Algo subjetivo en cualquier caso. Lo bueno viene después, cuando descubre su sonrisa. Entonces la sospecha se hace evidencia. Esta chica ya tiene pinta de alguien capaz de hacer cosas extraordinarias. De hecho, su hogar es la victoria y sólo una vez se fue de casa. Cuando en 2007 no logró su octavo título consecutivo provocó más sorpresas que al haber ganado siete seguidos hasta ese momento.
La niña Sanz con dos años iba encima del deposito de la moto de su padre y montaba en bici. Un día le quitó la moto, una Cota 25, a su hermano Joan mientras dormía. Tenía cuatro años. El tiempo sólo lograría agrandar su sonrisa. Dice que lo que más le gusta es ganar a los chicos, por la cara que se les pone después, cuando miran desde abajo al primer escalón del podio. En un año en el que nuestro deporte se ha construido de momentos extraordinarios, Laia se ha vestido la bandera del motor para reconciliarse con la victoria. Y además sueña con el Dakar. Ella, una chica con esa magia propia de los..., perdón, las más grandes.
