El Race Touareg de Sainz se traga la tierra
El Volkswagen Race Touareg es un coche pensado para convertirse en el primer diésel en vencer el Dakar, la prueba más dura del mundo. Este vehículo es capaz, gracias a un chasis excepcional, de rodar sobre dos ruedas a punto de volcar sin que el piloto apenas lo perciba ninguna sensación

Aparece corriendo como si le persiguieran todos los peligros. "Stop, stop", grita al aire de Túnez. Obediente, paro el Race Touareg II y entonces uno de los ingenieros alemanes de Volkswagen me explica que debo ir más despacio, que no es un juguete y que no se me ocurra volver a pasar por un simulacro de hierba de camello y dunas fuera del recorrido que habían preparado. "Don't worry", le digo sin entender la causa de tanta preocupación y sigo disfrutando de una de las mejores experiencias de mi vida... ejem, ¿deportiva?
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El día había empezado a las cinco y media de la mañana en el lujoso Hotel Residence de Túnez. El amanecer aún era una utopía en esta parte de África y el sueño permanecía como compañero de fatigas. Tres Touareg de serie de la nueva generación esperaban en la puerta. El SUV de Volkswagen ha mejorado, y confirma su posición entre los todoterreno de lujo. Este prodigio de la tecnología es cómodo, suave y divertido, como tuve ocasión de comprobar en el viaje de algo más una hora hasta llegar a la playa de Cartago. Ya de día, las nubes amenazaban una tormenta que no llegó. Hacía frío al lado del Mediterráneo, pero al ver las dos unidades del Race Touareg del Dakar sólo existe la emoción.
Llega el momento. Primero hay que probar el Race Touareg II, el coche con el que Carlos Sainz ha ganado cinco etapas en el último Dakar, una máquina de 1,2 millones de euros. Me calzo los guantes que me regaló el bicampeón del mundo de rallys en el Lago Rosa y un casco. Todo es distinto a un vehículo de serie, esto es un coche de competición. El alemán que después pasará miedo, nos explica los conceptos básicos. Cambio secuencial, pero "por favor, pisad el embrague", seis marchas, no frenar fuerte... Todo desaparece cuando el Touareg ruge. Al principio me cuesta disfrutar, pero después este monstruo del desierto se convierte en una delicia. El recorrido es en línea recta hasta el final de la playa y volver. Unos pocos kilómetros. Al bajar me queda la sensación de no haber aprovechado el momento, carpe diem, ya saben. Pero hubo otra oportunidad. Ahí, ya sin copiloto, entré por las dunas y la hierba de camello fuera del recorrido oficial y comprobé cómo el coche engulle los obstáculos con su impresionante sistema de amortiguación. Fue entonces cuando, según me contó el fotógrafo porque no lo noté, el Touareg que conducía se quedó con dos ruedas en el aire a punto de volcar y el ingeniero alemán se bajó de su coche y corrió hacía mi gritando "Stop, stop", como si en ello le fuera la vida.
