Lluvia, arena, polvo y resquicios de guerra

Hace frío en el desierto del Sahara, ha llovido por segunda vez en dos años y el aire cálido se ha transformado en un viento helado y húmedo. Son las tres de la tarde en España, una hora menos en este extraño lugar de piedras y arena. Ya estamos en Mauritania, uno de los países más pobres del mundo. Una furgoneta del ejército se acerca, me observan tecleando el ordenador tiritando de frío, saludan y se van. Es el punto de salida del tramo cronometrado de la etapa. Ayer salí de Marruecos en un pequeño avión que parecía un autobús y era zarandeado por el cielo tras el despegue con destino a Smara.
En la furgoneta que nos lleva a un hotel en el que la ducha está dos calles de tierra más allá, me senté al lado de Etienne Lavigne, el director de la prueba. "Vamos, amigo Franco Peral", en un perfecto español afrancesado. Me duermo a las dos de la madrugada. Minutos después, o eso me parece a mí, suena el despertador. Poco después volvemos al aeródromo. Un helicóptero de la organización espera. Subimos rumbo al 'Muro', el lugar que separa la frontera entre el Sahara Occidental ocupado por Marruecos y Mauritania.
El muro impresiona. Siempre quise ser corresponsal de guerra y esto es lo más cerca que he estado de una zona de conflicto. El ejército marroquí domina la zona con varios puestos militares, al otro lado el Frente Polisario y los mauritanos. Entre unos y otros, observando, los Cascos Azules de Naciones Unidas, que lleva quince años en la zona. Olivier Vivot, comandante francés, me pide que tenga cuidado porque estamos en zona de minas. En ese momento un todoterreno intenta cruzar el Muro haciéndose pasar por participante del raid. Es interceptado. Únicamente los pilotos pueden cruzar esta zona de la frontera que se abre una única vez al año, cuando llega el Dakar.
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Seguimos camino hasta el inicio de la especial, allí Sainz bromea con un comisario de la organización: "Cuidado con éste del AS, que además de periodista es concejal en un pueblo cerca de Madrid, eh...". Está de buen humor el campeón.
Volvemos al helicóptero, aunque por segunda vez nos deja en las dunas para ir a buscar una moto caída, y pasamos rozando las minas de hierro de Zouerat. Son las siete de la tarde en España, no he podido hablar con nadie aún y la angustia me puede. Desde mitad del desierto lo consigo con un Thuraya que me prestan. Alivio. Ahora sólo queda escribir estas palabras. No hay luz en Zouerat, sólo arena y polvo.