No me acostumbro a que viva la muerte

Aparecen las montañas del Atlas decoradas de nieve que aquí, en el horizonte de Ouarzazate, no parece de verdad cuando las palabras del maestro Pérez Reverte se muestran como lecciones ante mis ojos. "El año que novicio fui espantome, quíseme retirar, pero no hay cosa que el tiempo y la costumbre no la dome", se puede leer en 'Corsarios de Levante', el último libro de las aventuras del Capitán Alatriste. Quizá sea verdad lo que dice Íñigo Balboa, pero al llegar al campamento desde Ait Ben Haddou, un delicioso kasbahs cercano a la ciudad al que se llega por la misma carretera en la que un niño marroquí dispara a Cate Blanchett en 'Babel', un escalofrío me recorre el espíritu.
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Algo sucede, los rostros se pintan de pena y algunas lágrimas aparecen en la sala de prensa. El sol de Marruecos se hiela por unos momentos. Ha vuelto. Ella, la dama negra que cree poderlo todo, aparece de nuevo en el Dakar. Un piloto se ha dejado la vida en el desierto. No le conocía, pero sí conozco a muchos y todos son iguales en su diferencia, todos sueñan con llegar a Dakar, con ver por primera vez ese lago que llaman rosa después de haber ganado a la naturaleza, a las dunas y los vientos malignos que pueblan estas tierras olvidadas. Lo siento Arturo, no me acostumbro a que siga viviendo la muerte.
Las montañas rodean esta ciudad que se está vistiendo de turismo, donde se rodaron películas como 'Gladiator' en los mayores estudios de cine de África, y en la que se venden rosas del desierto y cuadros pintados por el sol. Un marroquí espera en la montaña a que la estrella que nos permite vivir dibuje sus obras de arte. Es un espectáculo sorprendente. Todo puede pasar en África, hasta que un soñador se deje la vida y viva para siempre en el recuerdo.
