Mucho sueño de camino a Marruecos

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Poco, muy poco tiempo habré dormido la noche antes de llegar a África, el edén de aquellos a los que les ha picado el virus, el lugar donde todos quieren estar, todos a los que les ha atrapado el hechizo de un lugar maravillosamente trágico. Anoche aproveché para escribir hasta tarde y a las cinco de la madrugada ya estaba despierto, esperaba Er Rachidia. El último día antes de la aventura real en el continente olvidado. Atrás habrá quedado Portugal y una larga ducha en el hotel de vacaciones de verano de Portimao, aprovechando al máximo las gotas del líquido elemento. Y es que, a partir de ahora nunca se sabe cuando será la próxima vez que el agua tibia recorra mi cuerpo, ni cuando podré, de nuevo, dormir en algo parecido a una cama.
El día de ayer nos llevó a conocer los caminos del Algarve, los bosques y los pinos, las primeras caminatas de las muchas que vendrán y Carlos Sainz pasando con su Touareg a pocos centímetros de este enviado especial como si se comiera las pistas mientras el público portugués celebra el espectáculo. Había mucha gente ayer en las colinas lusas viviendo momentos únicos en su vida. La comida tuvo que ser en el mismo polideportivo que se viste de sala de prensa hasta que hoy los jóvenes vuelvan aquí a jugar al baloncesto y las mujeres mayores a hacer gimnasia de mantenimiento. En la recordada España me llegan críticas constructivas de quien me conoce como nadie y los periódicos y los aparatos de radio inundan Casa Manolo, el mejor restaurante del lugar de la sierra madrileña que me vio crecer. Ya hay nervios en este Dakar, parece que se vislumbra África más allá del sol europeo, la civilización volverá a perderse entre lo más auténtico del ser humano.
