Fórmula 1 | GP de España

Fue el acabose

Fernando Alonso ganó en casa.
Juan Mora
Importado de Hercules
Actualizado a

Asombro israelí. Esta contracrónica comienza en un vuelo con destino a Tel Aviv. Sus pasajeros suelen ser gente madura, con aspecto severo, que hacen el viaje con frecuencia, a decir de la tripulación. Esta vez iban a tener una singular compañía. Muchos padres con hijos. Todos con gorra y camiseta azul y amarilla. Los israelitas pueden estar acostumbrados a coincidir con gigantes, que el Madrid de baloncesto viaja mucho a Tel Aviv, pero lo último que pueden esperar es encontrarse un avión tan serio lleno de forofos, porque hacía escala en Barcelona y ayer corría Alonso. "Si ustedes se apasionan cuando juega el Maccabi, pues nosotros lo mismo cuando corre Alonso", les decíamos.

Marea azul. De Montmeló al circuito hay un paseo de media hora. Se hace inmerso dentro de una marea azul. Si usted quiere pasar desapercibido tiene que ponerse la gorra o la camiseta. Mejor las dos cosas. De lo contrario le pueden mirar raro. Gentes de rojo también se ven. Son los ferraristas. Los tenderetes de Renault y Ferrari hacen el agosto. Por cierto, el próximo año, con Alonso en McLaren, tendrá que cambiar el color de la marea. Tenderá a gris o a rojo (por aquello del nuevo patrocinador), con tintes de azul por parte de quienes porten la bandera asturiana. En eso vamos a salir perdiendo. El azul y el amarillo quedan muy bien, pero no sé cómo combinarán con los otros colores.

¡Ay, mis oídos! Este año habrán quitado potencia a los motores, pero les aseguro que rugen como nunca. Deben saber que presenciar una carrera en directo deja dos experiencias inolvidables: la sensación de velocidad en los coches (inapreciable en televisión) y el indescriptible rugir de los motores. Pues este año tuve que ponerme tapones en los oídos desde la primera hasta la última vuelta, y no será porque mi audición haya mejorado (todo lo contrario, como puede dar fe mi otorrino). Los tímpanos, literalmente, me reventaban.

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La incertidumbre. Alonso reposta la última vez a falta de 26 vueltas. En cada una de ellas va metiendo tiempo a Schumacher. Es algo evidente a simple vista. Cuando Alonso acaba la larga recta, Schumacher aún no aparece en ella. ¿Será que Alonso va a tres paradas y corre sin apenas combustible? ¡Pues entonces las cuentas no salen! En las gradas aparece la incertidumbre. Se echa de menos no estar ante la tele para saber qué dice Pedro de la Rosa. Comienzan a solicitarse datos, vía mensaje, a quienes se han quedado en casa. Pero en esto la carrera va finalizando. ¿Cómo va a parar si ya quedan ocho vueltas? ¡Alonso va a ganar! ¡Sí! ¡Gana, gana, seguro!

La locura. Llega entonces el acabose. A cada vuelta el paso de Alonso se saluda con un griterío que ¡apaga el ruido de los motores! Es como si de las mismas entrañas de la Tierra saliera un estrepitoso rugido que anunciara un nuevo orden universal. Las 130.000 gargantas, efectivamente, lanzaban un presagio. Alonso es el campeón del nuevo siglo. Hermanado y catapultado por una afición que no conoce límites para seguirle. Hasta capaz de coger un avión donde vaya usted a saber cuántos agentes de El Mosad (armados, por supuesto) viajarían.

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