Su pasión por el desierto le ha costado la vida
Estaba ya resignado a quedarse en casa por la falta de presupuesto, pero el ofrecimiento de KTM le permitió volver a participar en la carrera que le había enamorado tiempo atrás.

Hace menos de un mes, un gigantón australiano estaba en su casa viendo la televisión cuando sonó el teléfono. Al otro lado, Jordi Arcarons le preguntaba si estaba libre para disputar el Dakar. Andy Caldecott no se lo creía. No tenía dinero para competir en esta edición y estaba resignado a seguir trabajando en la tienda de bicis de su propiedad, pero en un instante se veía montado en una KTM oficial del equipo Repsol.
Su compañero sería el joven Jordi Viladoms y sustituía a Jordi Durán. Destino. Andy estaba ilusionado con esta carrera, amaba el Dakar. Era su sueño, como el de tantos, desde que en Keith, la pequeña ciudad australiana donde nació hace 41 años, viera imágenes de los héroes por televisión.
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Caldecott era muy conocido en su continente como piloto de motos todoterreno y ganó cuatro veces el Australian Motorcycle Safari, fue nombrado como el tercer mejor piloto de raids del mundo en 2003 y terminó en cuarta posición el Campeonato del Mundo de Rallys Cross Country en 2004. En 2003 llegó a África y consiguió participar por primera vez en esta leyenda amiga de la tragedia. Sus amigos hicieron una asociación para ayudar al piloto y recabar fondos. No pudo acabar. Ganó la etapa que terminaba en Tan Tan, pero un día después se rompió uno de sus tobillos y a pesar de todo llegó a la meta.
Hace un año ganó dos etapas y fue sexto en la general de motos. Se impuso en Er Rachidia. Ayer murió dentro de un sueño, pero los sueños sólo merecen la pena si se puede vivir para contarlos y este último mohicano ya no podrá narrar sus hazañas en el desierto a su hija de tres años ni al hijo que espera su mujer.
