El día que Niki Lauda derrotó a la muerte

Necesitaba que la emoción inundase de agua sus mejillas quemadas, pero desde hacía un año Niki Lauda no podía llorar. El mito austríaco había ganado el Gran Premio de Alemania en 1977, sólo un año después de comprobar lo frágil que es la vida y cómo nuestra existencia puede cambiar en apenas unos segundos. Lauda era el vencedor en Hockenheim, mientras Jody Scheckter y Hans Stuck lo admiraban a su lado, en el podio. Era uno de esos días en los que se miraba al ganador con admiración y no con envidia. En los fríos archivos de la estadística esa victoria quedará reflejada como la número cien de los neumáticos estadounidenses Goodyear, pero en la memoria de los sentimientos siempre será el triunfo de la superación del ser humano, un ejemplo para todos aquéllos que piensan que tras la desgracia la vida no merece la pena. Sólo un año antes de esa exhibición en Hockenheim, Niki Lauda había sufrido uno de los más espectaculares accidentes de la Fórmula 1. Era el primer día de agosto de 1976 en el viejo y peligroso circuito de Nurburgring. Al llegar a la curva Bergwerk el Ferrari de Lauda impactó contra los raíles. El austríaco hizo que volviese a la pista, pero ya entonces las llamas rodeaban el monoplaza italiano. Tres pilotos se encontraron el coche en mitad del asfalto. Mientras Edwards pudo evitarlo, Lunge chocó contra el fuego del Ferrari y también lo hizo Ertl frontalmente. Lauda conoció ese día, con toda su crudeza, el olor de la muerte. Su rostro quedaría para siempre impregnado de esa visita que le hizo la dama negra, pero le ganó la batalla como sólo los campeones saben hacerlo. Cuarenta días después, de forma increíble, corrió el Gran Premio de Italia. Y sólo un año más tarde volvía a ganar en Alemania. El piloto austríaco nunca quiso quitarse las marcas que el fatal accidente dejó en su cara, y desde entonces una gorra roja adorna su cabeza. El campeón del mundo quiere que los jóvenes comprueben cuando le vean que se puede ganar también a la muerte.
