El Dakar, caravana de sueños
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Es uno de los pocos lugares en los que se habla de sueños sin complejos. El Dakar es una carrera, una lucha del hombre contra la naturaleza y una leyenda, pero también un lugar, un campamento itinerante de ilusiones y esperanzas compartidas. El Dakar es la magia en el mundo del motor, un desafío que une continentes, que demuestra a los europeos que África existe y está ahí al lado, que un poco más abajo de la vieja Europa, la miseria encuentra su hogar y durante un tiempo vive en los medios de comunicación en las páginas de deportes, aquéllas que se dedican a hacer felices a la gente. Esta carrera en la que la vida se echa a la lotería y a veces se pierde llega a los pueblos y ciudades olvidados, haciéndoles vivir durante unos días y les hace crecer, y lleva medicinas a los hospitales, y hace carreteras, y construye casas para los que nada tienen, y les lleva alimentos para todo un año en diversas acciones humanitarias e incluso algún humilde periodista les lleva una sonrisa para que se queden con ella.
Ahora, cuando la tragedia se ha hecho dueña de esta carrera, hay quien propone desde su cómodo sillón que los sueños terminen, que el Dakar no pase nunca más por España, que casi un millón de personas se queden sin ver en directo la gran caravana de los sueños. Protagonismo mal interpretado, tanto como inoportuno. Si hubiese visto sus sonrisas al llegar, las de todos aquellos que ganaron la carrera de su vida al ver las aguas rosadas del mítico Lago Rosa, la propuesta sería otra. Ellos, los pilotos, los verdaderos protagonistas, los Roma, Esteve o Coma, pero también los Naval, Puertas o Rentero, pese a los del sillón, seguirán soñando.
