Yo digo | Manuel Franco

La aventura del desierto acaba en el mar

La aventura del desierto acaba en el mar
Manuel Franco
Redacción de AS
Actualizado a

Al llegar la luz del sol, el Dakar se volvió azul. Quizá la peor de las noches que he pasado en el Dakar fue la de Tambacounda. El tiempo que pude dormir debería contarse en minutos y es posible que no lleguemos a los cuarenta. A las cuatro y media ya estaba desayunando en el vivac, un lugar de haimas o cañas donde se hace casi todo en esta carrera, desde comer a dormir. Hay quien pregunta cómo se renueva el cuerpo en el Dakar. El desierto y la sabana son estos días nuestra casa y todo aquí se hace en esa casa. Tras buscar durante horas el Seat Córdoba en el que tenía pensado llegar a la capital de Senegal, el coche debió convertirse en avión donde los chicos de Euromaster y el genial Jordi Mas se encargaron de cuidarme. Al llegar a Dakar acaba el raid y el sufrimiento, aunque no pude ir al hotel hasta la noche y mis pobres pies arden de dolor. El Meridien, donde está la sala de prensa, es un monumento al lujo en mitad de África. Construido por el Rey Fahd de Arabia Saudí, jóvenes europeas exhiben sus cuerpos en sus enormes piscinas y se puede ver a espectaculares senegalesas acompañadas de sesentones franceses en el jacuzzi. Unos pasos más allá del hotel está la playa, el mar. Llegan los pilotos y los abrazos, la emoción y la ternura. Están aquí y eso ya es un regalo de la vida. La aventura del desierto acaba en el mar, del dorado al azul, de la nada a la vida. Así es África, continente de contrastes y sabores, de aventuras, de cambios, de miseria y miserables que no quieren acabar con ella. Fue la llegada a la tierra prometida, allí donde muchos han cumplido el deseo de toda una vida.

Te recomendamos en Más motor