Limosnas en la tierra de los olvidados
Me miran desde una valla metálica, como las de los campos de concentración, con sus ojos blancos y su piel negra, con su corazón ardiendo de emoción, esperando algún regalo. Regreso a mi tienda y vuelvo para ofrecerles lápices y cuadernos. Se vuelven locos y este lugar, como por arte de magia, se pinta del color de las sonrisas, mientras vuelvo con la cara mirando al suelo, entristecido por no tener un obsequio para todos. Esta carrera tiene un hechizo que impide odiarla. Quizá sea cierto que estamos aquí, el primer mundo, ofreciendo migajas y compartiendo aquello que nos sobra con los que sólo tienen una sonrisa para ofrecer, pero sin la visita del Dakar a estas tierras jamás habría existido esa sonrisa.Fue en Kayes, en plena sabana de Mali. En Bamako, la capital, tuve que ir cuatro veces a por la ración de cena, una por cada uno de los miserables que se acercaron pidiéndome un trozo de pan. Sólo es dar limosna, no compartía nada. Kayes es el regreso a la realidad del Dakar. Las enfermedades tienen rota a África. La colonización no trajo la forma de curar los males de la naturaleza y en estos sitios donde las sonrisas iluminan el cielo, a mí me gustaría tener el talento y la inteligencia para haber sido médico.
