Ratonera: el divertido juego de mesa que acababa en un battle royale entre ratones donde solo podía quedar uno vivo
Recordamos a Ratonera (Mouse Trap), un entretenido juego de mesa para niños donde el objetivo era sobrevivir y evitar ser atrapados por una enrevesada trampa.
Aunque no ha llegado a ser tan popular como Monopoly o Risk, Ratonera es un divertidísimo juego de mesa que tiene más de medio siglo de vida. Creado en 1963, este juego de tablero fue muy llamativo porque, al margen de tirar dados para mover a las fichas con forma de ratones, los jugadores eran los artífices de su propio destino cruel, donde iban construyendo la trampa para ratones entre todos... que inevitablemente los atraparía excepto al último jugador en pie.
Así era Ratonera, un juego de tablero donde no había meta, y llegar antes a la zona final aceleraba tu derrota
Pese a que desde su versión original han existido varias revisiones con diferentes reglas e incluso modelos de la trampa para ratones, Ratonera siempre ha tenido una misma premisa básica: sé el último ratoncito en pie. En este interesante juego de tablero, que llegó a España de manos de MB, el objetivo no era llegar a la meta como en el juego de la oca o en el parchís, sino sobrevivir. Irónicamente, cuanto más nos acercamos hacia la “rotonda” o bucle final que hay al final del terreno de juego, más nos condenaremos, ya que aquí es donde se encuentra la trampa que nos encerrará y nos hará perder.
Se trataba de un juego en el que no había estrategia ni toma de decisiones más allá de tirar los dados y que el azar decidiese. Como tal, estaba pensado como un juego simple para niños a partir de cinco años, y que así desarrollasen destrezas básicas como la lectura y comprensión de instrucciones sencillas. Tras cada tirada, se avanzaba por el escenario, y si caíamos en una casilla de “añade una pieza”, se debía ir ensamblando, paso a paso, la cómicamente enrevesada trampa para ratones. Se trataba de una máquina de Rube Goldberg, lo cual aumentaba drásticamente el valor humorístico del juego. Al estilo de los dibujos animados, era un dispositivo excesivamente sofisticado para un cometido muy simple, que hacía caer una reja sobre la pieza de ratón de uno de los jugadores.
En otras palabras: los jugadores eran, en cierta manera, los arquitectos de su propia destrucción. Mientras que caer en una casilla de “añade una pieza” hacía que inevitablemente hubiese que contribuir al montaje de la ratonera, esto no evitaba que pudiésemos caer en ella en un futuro. En última instancia, todos los jugadores llegaban al círculo final del tablero, y si la trampa no había sido ensamblada, existían casillas de “añade una pieza” para asegurarse de que quedaba eventualmente lista. Hecho esto, a base de tiradas de dados se decidía el desenlace: la casilla del queso es donde caería la trampa, y había una casilla con una manivela para activar el artilugio. El ganador sería, en todo caso, el último jugador cuyo ratoncito quedase sin ser capturado: una battle royale por el queso en toda regla.
El legado de Ratonera en los juegos de mesa y sus diferentes versiones
Con el paso de los años, han surgido versiones alternativas del juego clásico. Entre ellas, hay algunas donde sí hay condiciones de victoria al uso —como por ejemplo hacerse con varias porciones de queso antes que los demás jugadores— o incluso una versión aún más infantilizada donde se simplifica el tablero. Esta última edición era una evolución que abreviaba la experiencia, pero que también diluía parte de su identidad original.
En definitiva, aunque no se trataba de un juego sesudo ni mucho menos, la primera edición de Ratonera era una opción interesante para que los más pequeños de la casa pudiesen pasar ratos divertidos con familia y amigos. No destacaba por su profundidad o por su factor competitivo, sino por el espectáculo visual que ofrecía ver cómo la trampa cobraba vida pieza a pieza, junto con la tensión in crescendo que suponía ver cómo el roedor que controlábamos iba acercándose más y más hacia su aciago final.
Para muchos, el recuerdo más nostálgico del juego no era ganar o perder, sino el momento exacto en el que la máquina se activaba y todos contenían la respiración esperando ver cómo un ratón quedaba atrapado. Se trataba de una experiencia simple a la par que inolvidable, propia de aquellas tardes de merienda, alfombra y amigos de la infancia. Una época más sencilla en la que el entretenimiento no necesitaba más que imaginación, un tablero de cartón y unas pocas piezas de plástico para dejar huella y crear recuerdos bonitos.
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