Isabel Arias, escritora: “Es difícil concebir una vida sin amor, pero me parece todavía más difícil imaginar una vida sin amistad”
La autora publica ‘Amigos, nada más’, una historia entre amistades complejas y amores a destiempo, que desafía los convencionalismos del género romántico.
Isabel Arias publica hoy Amigos, nada más (Planeta) una historia entre amistades complejas y amores a destiempo, que desafía los convencionalismos del género romántico. Ambientada en Madrid —con viajes a escenarios tan reconocibles como Nueva York, Roma, París o Budapest—, la autora aborda con inteligencia y sin dramatismos temas como la enfermedad, la autoimagen, la soledad o los prejuicios sociales.
Se trata de una lectura cálida y reconfortante, muy conectada con debates actuales sobre la capacidad de afrontar los traumas y las situaciones difíciles a través del humor y del amor en todas sus formas. Sobre ello charlamos con la autora, quien vive en Madrid y compagina la escritura con su profesión en el ámbito del derecho. Apasionada de los libros y los viajes, desde hace años escribe guías de viaje en las que descubre historias peculiares y curiosidades que suelen pasar desapercibidas.
En su libro plantea una pregunta incómoda: ¿cómo de gruesa es realmente la línea que separa la amistad del amor? ¿Cree que necesitamos esa frontera para sentirnos seguros?
Creo que muchas veces nos empeñamos en definir las cosas cuando no siempre existe una definición clara. Hay personas que se sienten inseguras si no tienen claro qué es exactamente lo que están viviendo. Pero, en el fondo, pienso que la vida consiste en disfrutarla y vivirla sin hacer daño a nadie, desde luego, y que no es necesario etiquetarlo todo.
¿Puede existir una intimidad emocional profunda sin que necesariamente haya una relación de pareja? Es una idea que todavía genera cierta incomodidad, especialmente cuando se trata de una amistad entre un hombre y una mujer.
Totalmente. Es un tema que siempre me ha interesado y que desde hace tiempo he querido tratar en una novela, porque no está del todo normalizado. Al final, no deja de ser una amistad. Nadie se plantea nada extraño entre dos amigas o entre dos amigos, pero cuando se trata de un hombre y una mujer, muchas personas tienden a pensar que hay algo más, algún interés adicional por alguna de las dos partes. Y puede ser simplemente una amistad, igual que la que existe entre dos mujeres o dos hombres.
¿Por qué cree que el entorno necesita poner etiquetas para validar una relación?
Precisamente porque no está tan normalizado. Estamos muy habituados al modelo tradicional de relación hombre-mujer, y cuando algo se sale de ahí, descoloca. Entonces la gente necesita ponerle un nombre para entenderlo o validarlo.
¿Cree que el amor romántico ha eclipsado otras formas de amor igual de importantes, tanto en la narrativa como en la vida real?
El amor romántico tiene una importancia fundamental, desde luego. Es difícil concebir una vida sin amor, pero me parece todavía más difícil imaginar una vida sin amistad. Una persona puede tener una vida plena y feliz sin pareja, pero es muy complicado pensar lo mismo sin amistades, porque al final son un apoyo esencial.
Su protagonista, Elena, atraviesa una pérdida de cabello y, con ella, de autoestima. ¿Le interesaba mostrar cómo el cuerpo puede convertirse en otro campo de batalla emocional?
Totalmente. Es una experiencia personal, porque a mí me pasó: perdí todo el cabello hace unos años y fue un golpe muy fuerte. En la novela hablo del pelo, pero podría ser cualquier otro complejo o trauma: una cicatriz tras un accidente, una inseguridad física… Todos tenemos nuestros propios conflictos. Lo que intento transmitir es que la vida no se reduce a eso y que, muchas veces, a los demás les importa mucho menos de lo que creemos. Si una amiga suya no tuviera pelo y llevara peluca, probablemente le daría igual. Pero cuando le pasa a uno mismo, es muy duro de llevar.
La novela aborda temas difíciles, parte de la fragilidad de la protagonista, pero se define como un cozy romance. ¿Qué le permite este tono que no le permitiría un enfoque más dramático?
Me gusta escribir historias reconfortantes, que dejen al lector con una sonrisa y con la sensación de que, pese a las dificultades, siempre es posible encontrar un resquicio de luz. Mi madre siempre decía que, por muy oscuro que se ponga todo, al final siempre amanece. Y es verdad. Intento escribir historias inspiradoras en ese sentido.
¿Cuáles son sus referentes literarios?
Me gusta mucho la literatura francesa, porque suele ser pausada y esperanzadora. Son novelas en las que quizá no pasan grandes cosas, pero que invitan a reflexionar. En España soy muy devota de los libros de Máximo Huerta, que además es amigo, y de Marta Rivera de la Cruz, aunque ahora no esté escribiendo. Sus novelas son inspiradoras, reconfortantes, de las que te abrazan un poco.
Compagina la escritura con el derecho, dos mundos que parecen opuestos. ¿Cómo convive con ambos?
Precisamente porque el derecho es tan estructurado y encorsetado, la literatura se convierte para mí en una vía de evasión maravillosa. Es un espacio donde todo puede suceder y donde desarrollo una creatividad que en mi trabajo habitual no tengo tanto margen para explorar.
Y para terminar, ¿le tiene miedo a la inteligencia artificial?
No, la verdad. Creo que es muy difícil sustituir la creatividad humana. Es posible que en tareas más automáticas tenga aplicaciones muy interesantes y útiles, pero en la literatura lo veo complicado. El sentimiento humano es muy difícil de reemplazar por una máquina.
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