Aniversario

30 años de Street Fighter II, el juego que redefinió la lucha

Este mes, el legendario título de Capcom alcanza las tres décadas de existencia. Miramos hacia atrás y recordamos su importancia para el género.

Si os contáis entre los que lo jugaron en su día, fuese en la versión arcade original o mediante alguna de las adaptaciones consoleras inmediatamente posteriores, quizá el dato os hará sentir un poco más viejos. Pero es cierto, Street Fighter II cumple 30 años en febrero de 2021, aunque eso no cambia que todavía hoy se mantenga como una de las obras más recordadas y laureadas del medio.

Consolidando todo un género

Para ser justos, aunque para algunos esos treinta años pueden haber pasado volando, lo cierto es que cuesta recordar una época en la que la lucha no estuviese dominada por Street Fighter II y sus imitadores. Del mismo modo en el que DOOM marcó un antes y un después para los First Person Shooters sin ser estrictamente el primero —ni siquiera en el historial de Id Software—, hablar de cómo era la lucha antes del juego de Capcom requiere hacer un ejercicio de arqueología porque todos los nombres previos, incluyendo el del propio primer Street Fighter, han quedado como la prehistoria de un género que todavía no tenía una identidad uniforme.

Creado por un equipo interno de Capcom, Street Fighter II: The World Warrior (título de la versión inicial) fue el resultado de intentar refinar los fundamentos del primer juego y aumentar el número de luchadores disponibles —originalmente se limitaba a Ryu, con opción de elegir a Ken para multijugador— pero también un feliz accidente que mutó gracias a la aparición de algunas mecánicas de forma no intencionada: tanto la elaboración como el cancelado de combos, conceptos clave del género en la actualidad, fueron descubiertos durante el testeo por unos desarrolladores que en vez de quitarlos, los dejaron e incluso empezaron a construir más posibilidades en torno a ellos a medida que programaban las revisiones.

Esta profundidad semioculta, unida a la clara mejoría gráfica, el excelente trabajo con las animaciones —vitales para hacer cada impacto satisfactorio—, la posibilidad de rejugar el modo arcade con varios personajes que tenían sus propias técnicas y diálogos y la pegadiza banda sonora compuesta en gran parte por Yoko Shimomura (en la actualidad más conocida por su trabajo en sagas roleras como Kingdom Hearts o Final Fantasy), pronto propulsaron a Street Fighter II hacia el estrellato.

A la recreativa original siguieron versiones con más personajes (de ocho a doce en Champion Edition) y ajustes de cierta importancia en el combate (como la mayor velocidad de Hyper Fighting). Fue un auge intenso también replicado en el formato casero, con SNES en particular logrando un éxito sin precedentes: la versión original superó los 6 millones de copias vendidas, cifra que se duplicó tras la llegada de Street Fighter II Turbo y The New Challengers en los años siguientes.

El legado de Street Fighter II

Como era de esperar, semejante éxito no se limitó a revisiones y también propició un buen número de secuelas —aparte de películas y otros productos derivados— que aún hoy, 30 años más tarde, mantienen a la saga como una de las más reconocibles del medio. Personajes como Ryu y Chun-Li o términos como Hadōken trascienden al género y son parte indisoluble de la cultura jugona al margen de consolas o épocas. Pero su influencia va incluso más allá. Su estreno fue un cambio de paradigma, invitó a ver la lucha no solo como un intercambio de golpes entre dos personajes, sino también un duelo de conocimientos y destrezas entre dos jugadores.

Sea de forma directa o por resultado de osmosis social, es rara la saga que no tiene parte de sus raíces ligadas a Street Fighter II, llámese Dead or Alive, llámese Tekken o llámese BlazBlue. Aun limitado y quizá poco equilibrado a ojos modernos, el juego puso las bases de una escena competitiva que ahora se traduce en docenas de torneos a lo largo de todo el globo y miles de retransmisiones a través de internet. Así que este mes, con aniversario o sin él, vale la pena pararse un par de minutos, echar mano a alguna de las muchas versiones disponibles, y valorar tanto lo mucho que significó como lo divertido que puede seguir siendo a pesar de todos estos años.