Puro JRPG para hacernos soñar

60 horas en el mundo de Dragon Quest XI: ¿el mejor de la saga?

Sergio Melero sermella

Antes del Análisis de Dragon Quest XI para PS4, os ofrecemos este completo texto después de 60 horas de juego con la versión final. ¿De los mejores JRPG de la generación?

El mundo del JRPG, siempre unido a la evolución del videojuego desde los primeros compases de su historia, ha sufrido grandes cambios en su planteamiento. Sagas como Final Fantasy han explorado en sus títulos más importantes diferentes mecanismos interactivos —con desiguales resultados—, con la intención de redefinir sus reglas para adaptarse al cambiante sector del videojuego. Por otra parte, otras franquicias como Dragon Quest han coqueteado con diferentes planteamientos dentro de sus Spin-offs (Monster Joker, Builders o Heroes mediante), reservando sus títulos mayores para ofrecernos experiencias conservadoras en cuanto a los pilares fundamentales de la saga se refiere.

Tras varias decenas de horas explorando el mundo de Dragon Quest XI: Ecos de un Pasado Perdido, mientras suena la partitura de Koichi Sugiyama, podemos constatar sin temor a equivocarnos que Square Enix sigue con la misma idiosincrasia en la saga dirigida por Yūji Orii. Ojo, queremos afirmar también que la versión occidental del juego que nos ocupa corrige, dilata, cambia y pule elementos del original (lanzado en Japón el 29 de julio de 2017) con la voluntad de ampliar el espectro de usuarios interesados en el undécimo capítulo de la franquicia. Con todo ¿estamos ante uno de los mejores Dragon Quest a nivel particular, y con uno de los posibles exponentes de la historia del JRPG hablando de manera más general?

60 Horas de emocionante aventura

Hemos decidido plantear el análisis de Dragon Quest XI a través de la redacción de dos artículos por varios motivos de peso. A día de hoy, hemos recorrido el mundo del juego y disfrutado de sus particularidades a lo largo de más de 60 horas, y tenemos la sensación de no estar cerca aún de la parte final.

Deseamos ir degustando Dragon Quest XI de forma natural —sin prisa pero, ojo, tampoco sin pausa debido a la enorme responsabilidad que significa ofreceros nuestra visión de esta importante aventura— , resolviendo sus entresijos, disfrutando de sus misiones secundarias y minijuegos; analizando los cambios que produce personalizar la experiencia. El argumento, no demasiado complicado aunque lleno de sorpresas y momentos memorables, nos pone en la piel de un Héroe aparentemente normal que, tras ser declarado peligro público a pesar de ser el elegido para restaurar la paz en el mundo, emprende una aventura junto a personajes de un carisma sin igual (especial mención para el peculiar Servando o la implacable Verónica).

La saga se caracteriza por la importancia de la evolución de los personajes, del equipo que vayamos desbloqueando, comprando o creando en nuestra forja mágica fantástica portátil (muy en la línea del Pote de Alquimia en Dragon Quest VIII), y de los combates contra enemigos finales. Por defecto, hemos notado que Dragon Quest XI no cuenta con las barreras de nivel tan habituales de la saga, haciendo que si combatimos con naturalidad (eso sí, sin evadir demasiadas contiendas), potenciando los parámetros y habilidades de nuestros personajes mediante el tablero (una versión muy Light de árbol de esferas de Final Fantasy X) avancemos sin demasiados problemas. No obstante, si queremos endurecer la experiencia, podremos hacer que los enemigos con menos nivel que nosotros no nos aporten tanta experiencia, restringir el uso de consumibles, bloquear la compra en tiendas, hacer más difíciles los combates o provocar que los personajes sufran ridiculitis (con bochornosos resultados), entre muchos otros.

A partir de ahí, el jugador se enfrentará a una aventura con mayúsculas, que rescata las características fundamentales de la saga y las condensa en una experiencia equilibrada, rica en matices tanto estéticos como jugables, y con un planteamiento que anima a seguir avanzando en aras de conocer a los carismáticos protagonistas de la aventura, sucumbir al Síndrome Stendhal que nos producirán las ciudades más bellas del juego, o explorar parajes realmente variados (selvas, bosques, verdes llanuras, desérticos paisajes o heladas cumbres borrascosas) y, en general, disfrutar de algo muy especial y, a la vez, familiar. Dato; resulta sorprendente apenas llevar 20 horas y haber visitados cuatro comarcas, cinco ambientaciones bastante diferentes y un sinfín de situaciones tan divertidas como emocionantes.

Porque los combates por turnos, ahora con la posibilidad de mover a los personajes alrededor de los enemigos para aportar dinamismo (que no estrategia) a los enfrentamientos o mantenerlos como antaño, siguen arrojando una sensación clásica mientras se adornan del nuevo aspecto gráfico del juego. Mención especial para los nuevos hechizos de área, los ataques combinados entre protagonistas o el diseño de las animaciones de todos los enemigos, cuidadas hasta la extenuación.

Y es que Dragon Quest XI, en cuanto a su faceta artística, nos ofrece una espectacular puesta en escena que evidencia el presupuesto de la obra; el más abultado hasta la fecha en la saga. Texturas semi-realistas en los escenarios, efectos de luz que ensalzan el paso del día a la noche, una densidad poligonal en los personajes que permiten un soberbio uso del Cel Shading, y un rendimiento en PS4 Pro a 4k Reescalados sólido y gratificante, que mantiene con soltura los 30fps. Toriyama brilla en todo su esplendor, y los lugares que visitaremos nos mostrarán, a cada paso, el gran trabajo del departamento de dirección de arte.

Una producción de gran calado emocional

Antes de ceder protagonismo al futuro análisis del juego nos gustaría expresar algo importante: para definir Dragon Quest XI resulta de gran ayuda describir las sensaciones que nos han producido cada uno de sus apartados.

En el artístico, la obra nos ofrece el planteamiento visual más avanzado de la saga, cuyo preciosismo hace que los diseños de personajes de Akira Toriyama brillen mucho más allá de lo que lo hacen en la saga Heroes. En lo jugable, los —simpáticos por momentos, temibles en según que situaciones— enemigos del juego nos obligarán a desarrollar las artes de cada personaje, combinar feroces ataques gracias a los nuevos estados de inspiración, y calibrar nuestro equipo para obtener un buen equilibrio entre magia, defensa, sanación y letalidad física.

Lo más mágico de este JRPG es que nos devolverá sensaciones muy particulares. Visitar nuevos pueblos y ciudades mientras la gente se prepara para el festival que tantos meses llevan esperando, sentir el olor de los estofados típicos de la zona, de los embutidos que chasquean con violencia mientras se fríen a la parrilla o de las frutas tropicales de temporada, mientras se están cocinando en las casas del lugar todo tipo de dulces y pasteles. Visitar las posadas para tomar descanso y, de paso, descubrir algún que otro tesoro, entrar en los comercios para completar ese traje especial que cambia la apariencia de nuestros personajes, y un largo etcétera.

Olvidaos de puertas que no llevan a nada, solo a un menú donde seleccionar si queremos vender o comprar. Olvidaos de poblaciones calcadas las unas de las otras, sin mucho interés más allá de servir como zona de paso para la próxima mazmorra. En Dragon Quest las cosas no son así, se saborea cada pequeño matiz de este JRPG para, tras los momentos de calma, embaucarnos en una nueva aventura en aras de rescatar algún habitante perdido en una misteriosa cueva, en unas peligrosas ruinas, resolviendo misiones secundarias (posiblemente demasiado sencillas) mientras el argumento principal (no exento de risas, emoción y algún que otro giro sorprendente) avanza de forma fluida. Mención aparte para la excelente localización al castellano del juego, culpable de que sigamos la aventura con interés, emoción y soltando más de una carcajada.

Es posible que su diseño quede algo desmerecido dentro del conjunto total —estamos hablando de las mazmorras— y que la casi imposibilidad de atrancarse porque no sabemos cómo dar el siguiente paso en la aventura (como sucedía en Dragon Quest VII), reste profundidad y desafío al conjunto global. No obstante, aún nos quedan muchos pasos por recorrer, aventuras que librar, momentos que —como algunos de los que ya hemos vivido— nos trasladen a nuestra infancia donde disfrutábamos de series como Las aventuras de Fly, Dragon Ball o El Dr. Slump. Porque conseguir eso, en formato videojuego, es algo que sólo Dragon Quest puede lograr con eficacia.

Dragon Quest XI: Ecos de un pasado perdido

Dragon Quest XI: Ecos de un pasado perdido, desarrollado y distribuido por Square Enix para PC y PlayStation 4, es una nueva entrega de la mítica saga de rol que conmemora su 30 aniversario. Sigue el peligroso viaje de un héroe perseguido que debe resolver el misterio de su destino con la ayuda de un carismático grupo de personajes. Ellos se embarcarán en una búsqueda a través de continentes y vastos océanos en la que aprenderán sobre la amenaza que se cierne sobre el mundo.

Un joven a punto de participar en la ceremonia de mayoría de edad de su pueblo, viaja hasta la Roca Sagrada junto con su amiga de la infancia. Tras una serie de inesperados acontecimientos, el intrépido aventurero descubrirá que es la rencarnación de un legendario héroe de una era olvidada.

El joven héroe se adentrará en un viaje a través de un mundo desconocido para desentramar los misterios de su pasado... pero le espera una bienvenida nada cálida. Tras revelarse su identidad ante el rey, el héroe es señalado como el “Engendro Oscuro” y un implacable ejército intentará darle caza. 

Huyendo de sus perseguidores, el héroe reúne una banda de atrevidos aventureros que creen que él es realmente el Luminario renacido. El héroe y sus nuevos compañeros se embarcarán en una misión que les llevará a atravesar varios continentes y vastos océanos mientras van descubriendo más detalles sobre la amenaza que se cierne sobre el mundo.

Dragon Quest XI: Ecos de un pasado perdido