No hay whisky para tanta pena escocesa
El Cardo naufraga ante una Irlanda quirúrgica en ataque y se queda sin opciones de sumar su primer título del siglo. El Trébol aún puede ser campeón.


No hay whisky suficiente para ahogar las penas de una Escocia que acumula decepción tras decepción en el baúl de los recuerdos recientes. La última, este sábado en Dublín, con una derrota ante Irlanda (46-21) que acaba con sus opciones de ganar el Seis Naciones por primera vez desde que es Seis Naciones. El que saliera vencedor de este choque sería quien se sentara en la ‘silla caliente’ a esperar el desenlace de Le Crunch, el duelo que disputarán a las 21:00 Francia e Inglaterra en París. Un rol, el de campeón en diferido, que le corresponderá finalmente al Trébol. Si el Gallo vence, será campeón; si se impone la Rosa, el trofeo rebosará Guinness hasta altas horas de la madrugada. Por lo pronto la Triple Corona ya está asegurada.
Lo de Escocia ya se ha escrito de todas las formas posibles. Es una película de la que el aficionado fiel se sabe hasta los diálogos. Queda si acaso recurrir a la genética, entregarse incluso a la quiromancia, para explicar la inoperancia sistemática de este equipo cuando se encuentra a las puertas de la gloria. El reloj se detuvo en 1999 y desde entonces a ese lado del Muro de Adriano solo se respira miseria. 26 ediciones consecutivas ya sin tocar metal más allá de alguna Copa Calcuta y otros trofeos de valor, pero subalternos al fin y al cabo.
Lo de esta ocasión fue tan mérito del rival como demérito suyo. Cierto es que Irlanda, como acostumbra cuando divisa el azul caledonio enfrente, fue un dechado de precisión ofensiva en una primera mitad de la que salió con tres ensayos, que podrían haber sido más de no mediar varias defensas agónicas de los visitantes en el tramo final. Si dejó algún error sin castigar fue simplemente porque el Cardo cometió demasiados.
Tuvo respuesta inmediata al posado tempranero de Crowley, en una obra de arte trazada por Ben White y Finn Russell, que con un tempo exquisito llevaron de lado a lado a Irlanda hasta que le hicieron hueco suficiente a Graham para colarse hasta la cocina, pero a partir se deshizo como un azucarillo cada vez que concedió a la jauría verde el privilegio de jugar en su campo. Sheehan, a la salida de un maul en 22, y Baloucoune, un gamo explotando el espacio ofrecido por una de las muchas melés en las que el Trébol fue minando los ánimos de su oponente, abrieron una brecha considerable antes del descanso.
Escocia jugaba con todo el peso del escenario en contra. A remolque, desprovista del aliento de su afición, sabedora de que se hallaba ante su mejor bala en un cuarto de siglo y ante un equipo que no se le ha dado precisamente bien en la historia reciente. Eran demasiados enemigos contra los que luchar. Russell restauró la fe en un ataque bien trabajado, desbordando por el cerrado a la defensa irlandesa, y durante un rato se jugó a tumba abierta. Uno de esos tiroteos que suelen sonreír al caos controlado escocés. No ocurrió el giro de guion esperado. Murray culminó un trabajo espléndido de la delantera local en la 22 contraria y también hubo respuesta a un posado posterior de Darge. Esta, de O’Brien para rematar una combinación quirúrgica de Crowley y Frawley.
El mismo, en una carrera franca provocada por un error de Tuipulotu cuando Escocia jugaba ya a la desesperaba, fue responsable del último clavo en el ataúd del Cardo, que quizá haya tocado su techo al mando de Gregor Townsend. Con Mundial a la vista en 2027, no parece el momento propicio para experimentos con gaseosa, pero al duda volverá a flotar tras esta nueva bofetada de realidad, mientras Irlanda prepara los festejos por si la noche confirma el que sería su séptimo entorchado de la década. Ellos llevan años viviendo el sueño que nunca llega para el Cardo.
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