La “lucha infinita” de Carolina
Desde Huelva, asaltó los cielos del bádminton asiático junto a Fernando Rivas. Oro olímpico, tres mundiales... y tres graves lesiones de rodilla.


“Mi vida ha sido una lucha infinita”, dice a veces Carolina Marín (Huelva, 15 de junio de 1993). Y por eso eligió esa frase para titular el documental sobre su carrera que estrenó en 2024. La lucha de la niña que comenzó en un deporte desconocido por estos lares, el bádminton, con 8 años porque vio jugar a una amiga dejando de lado el flamenco y los trajes de faralaes para trasladarse (lágrimas de su madre, Toñi, mediante) al Centro de Alto Rendimiento de Madrid con sólo 14 años. “Fue un mal trago, no estábamos seguros, pero a mí me convenció con lo primero que nos dijo: ‘Mamá, papá... dadme esta oportunidad. Y yo pensé que no estaba echando a mi hija a la calle, sino que le estaba proporcionando una opción de progresar. Y si iba mal, pues siempre podría volver. Creía que a la semana tendríamos que buscarla”, contaba su padre, Gonzalo, en un reportaje en AS.
Y allí encontró a Fernando Rivas, el genio exigente que modeló su carrera hasta ganar un Mundial ya en 2014. Como si un torero chino triunfara en Las Ventas, una española asustaba con sus gritos y su juego a las hordas de jugadoras asiáticas hasta convertirse en una diosa en ese continente. Cuando algún ministro de India o Indonesia llegaba a España, su primera petición solía ser ir a conocer a Carolina al CAR.

















Rivas, antes de los Juegos de Río 2016 en los que Carolina conquistó el oro, decía a este periódico: “Yo a mi hija no le haría pasar por esto”. Esto era un régimen estricto de preparación que la llevó a ser la más grande. Trabajos en hipoxia (simulación de entrenamiento en altura) para lograr más resistencia. Entrenamientos con torniquetes en las extremidades. Mediciones de cualquier parámetro biológico. Sesiones con sparrings masculinos en condiciones de calor extremo. Análisis de millones de datos de rivales... Todo para ser la mejor. Un peaje que Carolina estuvo dispuesta a pagar. “Me han exprimido más allá de mi propio límite y gracias a ello lo hemos podido conseguir”, contaba ella recientemente de un equipo que, además de Rivas, la blindó. Anders Thompsen (entrenador también), María Martínez (psicóloga), Carlos de Santos (fisioterapeuta) y Guillermo Sánchez (preparador físico).
Una historia que queda condensada en una palabra que Carolina lleva tatuada en su cuerpo: resiliencia (dícese, según la RAE, “de la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o situación adversa”). Y es que, por la cabeza de la andaluza nunca estuvo la opción de rendirse, como nunca lo estuvo en el deportista que idolatra, Rafa Nadal.
Porque llegaron las lesiones. Una rotura del ligamento cruzado de su rodilla derecha en 2019. Se sobrepuso. Y en 2021, poco antes de los Juegos de Tokio, cedió el cruzado de la izquierda. Volvió en abril de 2022 en los Europeos de Madrid y lo ganó (hasta ocho títulos acumuló). No sin dudas. Con dolores que le obligaron a tocar “muchas teclas” hasta encontrar unas plantillas especiales y con mucha batalla psicológica y visitas al diván. En 2020, además, había sufrido un palo enorme con la pérdida de su padre, Gonzalo, tras un accidente.
Pero nada pudo con ella. “Puedo porque pienso que puedo”, se repetía siempre. “Para mí, no es sólo una frase. Ha sido algo muy útil en momentos difíciles en los que ha habido mucha presión mediática o externa. Me ayuda a enfocarme en lo que está en mis manos”, contaba el año pasado en el Congreso AS Deporte en Positivo.

Porque la vida le tenía prevista otra prueba difícil a la campeona del pueblo (la deportista española más popular según un estudio de ADESP, por delante de Aitana Bonmatí o Alexia Putellas). En las semifinales de París, cuando ganaba a la china He Bingjiao por 21-14 y 10-8, apoyaba mal con su pierna derecha después de un remate y se quedaba en el suelo, inmóvil, llorando sin parar, en uno de los mayores dramas jamás contados. “¡Me he roto!”, chilló en medio de un silencio atronador en el pabellón y mientras a miles de españoles se les escapaba una lágrima. Tocaba sufrir otra vez, e intentar levantarse para reaparecer en los Europeos de Huelva, pero no ha sido posible.
La Princesa de Asturias del Deporte (premio que recibió en 2024) se aplicó otra vez a fondo para continuar. “La vida me ha puesto pruebas muy difíciles. No sé si la vida ha sido justa o injusta conmigo. Me veía en Tokio ganando mi segunda medalla de oro olímpica, sin ninguna duda, pero... Después de esas dos roturas, intentas sobreponerte. Parece que cuando Carolina supera dos lesiones, también tiene que superar una tercera. Como si fuera una superheroína. Pero Carolina es una humana y siente y padece”, recordaba hace poco con su carácter habitual.
Al final, tocó priorizar la salud (“No quiero llegar al punto de necesitar una prótesis”), seguir recibiendo cariño y sacar adelante su legado, una academia en la que crear más ‘carolinas’. “Intentaré encargarme de que no se deje de hablar del bádminton en mi país. No habrá otra Carolina, pero ojalá otro español o española consiga lo que yo he conseguido”. El punto y final no está escrito.
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