BALONCESTO | LITUANIA 94 - EE.UU. 99

LeBron pone el despertador

Susto para Estados Unidos, que estuvo por detrás en el último cuarto ante una Lituania que firmó un gran partido ante un rival que primero no quiso y después estuvo cerca de no poder.

Decisivo LeBron James.
SERGIO PEREZ
Juanma Rubio
Redactor Jefe de la sección de Baloncesto
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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Estados Unidos jugó con pesadez de estómago, sin terminar de digerir la catarata de elogios que siguió al show de récord ante Nigeria. Estados Unidos jugó con fuego en uno de esos partidos en los que primero no se quiere y después casi no se puede, en los que se vive tan fuera del ritmo de juego que se pasa, visto y no visto, de la apatía a la ansiedad. Estados Unidos se pegó un susto inesperado pero serio, se humanizó y enseñó costuras en un partido en el pasó de la falta de tensión al exceso. Mala cosa y apenas una buena noticia: LeBron James.

 LeBron había pasado de puntillas por los tres primeros partidos, ejerciendo de padrino pero dosificando minutos y tiros, espolón en reserva hasta que se presentara la ocasión. Esta llegó a cuatro minutos del final y con un 86-87 que en algo más de un par de minutos era 90-99 tras nueve puntos de LeBron y un triple de Deron Williams. Balones para la guadaña del rey de la última temporada NBA: un triple, un mate, un uno contra uno por pura fuerza… el martillo está listo y esa es la peor noticia para los rivales: si la cosa se pone seria, LeBron tiene unas cuantas marchas más y una recién adquirida jerarquía que tiene forma de anillo. Estados Unidos jugó para él cuando se vio apurada y ganó. Los últimos playoffs NBA sellaron la catarsis de un jugador que ya no tiembla en los momentos decisivos: 20 puntos (14 en el segundo tiempo), 5 rebotes y 3 robos de balón.

Por lo demás, Estados Unidos tiene más motivos para reflexionar que para presumir de su cuarto triunfo, el menos brillante de largo, en los Juegos. Tiró mal de tres (10/33) y tiró mal desde la línea de personal (19/31). Apenas sacó ventaja de las 23 pérdidas de Lituania, perdió el rebote y dejó a su rival repartir 21 asistencias y anotar casi a placer. 94 puntos, 50 en la zona, son una barbaridad para un equipo que no ajustó como suele la presión en la línea de pase y que concedió muchos puntos fáciles bajo su aro por errores groseros. De eso vivió Jankunas y de ahí sacó petróleo un Pocius de trazos heroicos (14 puntos, 7 rebotes, 6 asistencias). Y en ataque, de la pereza a la aprensión. Poco balón circulando por la zona, muchos tiros fallados, problemas en estático contra las defensas mixtas de Lituania… Durant y Anthony de más a menos y Kobe sin encontrar sus tiros. Estados Unidos ganó esta vez por percusión… y por la aparición final de LeBron, que puso el despertador a tiempo.

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Lituania luchaba por la cuarta plaza y ofreció un partido excelente en un nivel que todavía no había mostrado en estos Juegos. Es un equipo de enorme finura, feliz cuando el rival plantea un intercambio de golpes de poca pulsión defensiva. Con muy poco de Valanciunas, que tenía sobre él los ojos de América, jugó un baloncesto feliz y fluido, impulsado por la salida en tromba de Kleiza (25 puntos, 13 en el primer cuarto) y por el estilo imperial de Jasikevicius, que dirigió la orquesta con un criterio impecable: baloncesto fácil, correr en transición o jugar ataques de abecedario a partir de bloqueo. Lituania sobrevivió al primer cuarto (25-33) y sintió a partir del segundo que quizá fuera el día. Sin nada que perder marchó hasta un inverosímil 84-82 casi en el ecuador del último cuarto.

Lituania: poco más de tres millones de habitantes y el baloncesto como santo y seña: cinco semifinales olímpicas consecutivas y otra caza inacabada pero hermosa del gigante norteamericano, al que casi congela en Sidney 2000, donde ya estaba el genio eterno de Jasikevicius, y al que dio un susto muy serio en esta versión que enseñó lagunas y que casi paga cara su pereza inicial y su juego tan poco fundamentado con el marcador comprimido. ¿Lección aprendida? La respuesta en dos días y ante el mejor ejemplo de equipo al que jamás se debe subestimar: la vieja pero terriblemente competitiva Argentina.

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